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Domingo 5° de Cuaresma

El evangelista san Juan no relata el episodio de la oración de Jesús en el huerto de Getsemaní. Conocemos ese momento de la vida de Jesús por los evangelistas Mateo, Marcos y Lucas. Según el evangelista san Juan, después de la cena, Jesús se dirige a ese lugar para estar con los discípulos. Allí lo encuentra Judas, que viene acompañado de un destacamento de soldados romanos y de la guardia del templo. Sin embargo, el evangelista san Juan nos transmite unas palabras de Jesús acerca de su muerte, que traen a la memoria las de la oración en el huerto. De igual modo, la Carta a los hebreos, en la segunda lectura de hoy alude a las oraciones y súplicas, con fuertes voces y lágrimas que Cristo ofreció durante toda su vida, a aquel que podría librarlo de la muerte. Lo que en los sinópticos conocimos como un acto puntual, para el autor de esta carta fue una actitud de Jesús durante toda su vida. Nos desconcierta que diga que Jesús fue escuchado por su piedad, pues Jesús pidió ser librado de la muerte y murió en la cruz. Pero es que Jesús fue librado de la muerte, no porque se la evitaron, sino porque la asumió, la venció y así inauguró para sí mismo y para los creyentes la existencia más allá de la muerte en la vida eterna.

Según el evangelista san Juan, Jesús reflexionó sobre su muerte con ocasión de la solicitud de unos hombres griegos, es decir, paganos, que piden ver a Jesús. Es la fiesta de la pascua, cuando los judíos que vivían en el extranjero visitaban Jerusalén. También venían gentiles que veían en el judaísmo una religión más creíble que los cultos paganos. Algunos habían incluso oído hablar de Jesús, y al llegar a la ciudad santa tratan de encontrarlo. Piden el favor a Felipe y a Andrés, quienes se lo comunican a Jesús. Lo desconcertante del pasaje es que cuando Jesús escucha la solicitud de estos griegos, salta a la conclusión de que ha llegado la hora de su muerte. Nos quedamos perplejos. ¿Por qué el deseo de unos griegos de verlo se convierte en señal para él de que ha llegado la hora de su muerte? Lamentablemente el evangelista no lo explica. Debemos deducir una respuesta.

Las palabras de Jesús para la ocasión son solemnes: Ha llegado la hora de que el Hijo del hombre sea glorificado. Yo les aseguro que si el grano de trigo, sembrado en la tierra no muere, queda infecundo; pero si muere, producirá mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde; el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se asegura para la vida eterna. Son tres afirmaciones que se complementan unas a otras. La primera es la constatación de que llegó la hora de su muerte, pero habla de su muerte como glorificación, pues Jesús ve su muerte como acto por el que comunica la salvación a los hombres. La gloria de Dios es que el hombre viva. En la segunda, con el símil del grano de trigo sembrado en tierra que muere como grano para que surja la espiga, Jesús asegura que su muerte no será fracaso o frustración, sino una muerte que genera vida. La tercera afirmación, es una declaración de carácter genérico, pero que aplicada a Jesús significa que solo aborreciéndose a sí mismo en este mundo, es decir, aceptando su mortalidad, sin deseos de perpetuarse en este mundo, alcanzará él también de nuevo la vida eterna. Ahora bien, ¿por qué la solicitud de unos griegos de tener la oportunidad de verlo es la señal para Jesús de que la hora de su muerte llegó? Porque en la solicitud de aquellos griegos, Jesús intuyó la sed de vida eterna de toda la humanidad; en la solicitud de aquellos griegos, Jesús comprendió que debía ofrecer su vida para que todos tengan vida eterna. El mundo esperaba de él el cumplimiento de su misión y esa misión implicaba su muerte.

Así como en el huerto de Getsemaní, Jesús oró ante la proximidad de su pasión y crucifixión, ahora Jesús también declara su temor y su voluntad de pedirle a Dios que le ahorre el trago: Ahora que tengo miedo, ¿le voy a decir a mi Padre: ‘Padre, líbrame de esta hora’? Y él mismo se responde: No, pues precisamente para esta hora he venido. En Getsemaní Jesús pedirá al Padre que pase el cáliz de la muerte en la cruz, pero enseguida añadirá, que no se haga su voluntad personal, sino la del Padre del cielo. Jesús asume su vida y su muerte como obediencia a Dios, en referencia a Dios, como voluntad de Dios. En esta ocasión añade algo más. Jesús pide algo más: Padre, dale gloria a tu nombre. Pero la respuesta que viene como una voz del cielo, centra la atención en Jesús, no en el nombre de Dios: Lo he glorificado y volveré a glorificarlo. Jesús entonces explicará que esa gloria de la que habló la voz es su propia exaltación en la cruz hacia el cielo: Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí. En efecto, cuando Jesús muerto y resucitado alcance su gloria, entonces todos nos volveremos hacia él para encontrar en él la salvación. Jesús alcanza su gloria, cuando su muerte se convierte en poder salvador.

El oráculo del profeta Jeremías, primera lectura de hoy, nos plantea otro tema. El pasaje contiene la promesa de una alianza nueva, que sustituirá la alianza sellada con el pueblo de Israel al salir de Egipto que acabó en fracaso. Esta será la alianza nueva que voy a hacer con la casa de Israel: Voy a poner mi ley en lo más profundo de su mente y voy a grabarla en sus corazones, de modo que ya no haya posibilidad de desobediencia y rebeldía. La ley de Dios, al quedar inscrita en el corazón humano hará que la obediencia a la voluntad de Dios sea libre, voluntaria, fácil, como que va de sí misma. Ya nadie tendrá que instruir a su prójimo. Jesús se presentó a sí mismo como el ejecutor y realizador de esta alianza nueva por medio de su muerte en la cruz. Pero nosotros no vemos todavía que la ley de Dios esté tan inscrita en el corazón de nosotros los creyentes que ya no la desobedezcamos. Al contrario, nosotros también nos reconocemos culpables y pecadores porque incluso después de nuestro bautismo y después de haber recibido el Cuerpo y la Sangre de la nueva alianza, continuamos pecando. La ley grabada en el corazón es el don del Espíritu Santo. En la medida en que nos dejamos llenar de Él, somos capaces de obedecer la voluntad de Dios. Por eso seguimos pecando, porque no dejamos que el Espíritu Santo nos impregne totalmente. Aunque la alianza nos santifica desde ahora, alcanza su perfección en nosotros en la vida eterna por la gracia y el perdón de Dios. Todos me van a conocer, desde el más pequeño hasta el mayor de todos, cuando yo les perdone sus culpas y olvide para siempre sus pecados. En esa esperanza celebramos la pascua de Jesús.

 
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