Horario Parroquial

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Domingo 4° de Cuaresma

El evangelio que acabamos de escuchar reproduce las palabras de Jesús en su encuentro con Nicodemo. Después de que Jesús expulsó del Templo a los vendedores, se quedó algunos días en Jerusalén, donde enseñaba y realizaba muchos signos. De modo que muchos creyeron en él. Entre esas personas que creyeron Jesús se contaba Nicodemo. El evangelista lo describe como miembro del grupo de los fariseos y personaje importante entre los judíos. Él se acerca a Jesús de noche, posiblemente para no ser visto y no sufrir las consecuencias de tener simpatías por Jesús. Nicodemo comienza por reconocer que Jesús es un maestro que enseña de parte de Dios: Maestro, sabemos que Dios te ha enviado para enseñarnos; nadie, en efecto, puede realizar los signos que tú haces, si Dios no está con él (Jn 3,2). Pero Jesús lo instruye y le dice que hay que nacer de lo alto, nacer de nuevo, por medio del bautismo y el don del Espíritu.

Pero luego le explica, y esa es la lectura de hoy, que ese nuevo nacimiento por el bautismo va acompañado de la fe en Jesús, el Hijo de Dios, muerto en la cruz, para manifestar el amor de Dios. Él abre el camino al cielo y a la vida eterna a los que creen en él. Lo mismo que Moisés, levantó la serpiente de bronce en el desierto, el Hijo del hombre tiene que ser levantado en alto, para que todo el que crea en él tenga vida eterna. En esa expresión, “ser levantado en alto”, Jesús hace confluir dos acontecimientos: Jesús debe ser levantado en alto en la cruz, pero también debe ser levantado en alto en su resurrección y exaltación. Los dos acontecimientos se funden en uno solo. En su exaltación y subida en alto, Jesús lleva consigo a los que creen en él para que tengan vida eterna.

Y esto se explica como fruto del amor de Dios. Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Esta frase es la síntesis más apretada del evangelio que yo conozco. Toda la obra salvadora de Dios a favor de los hombres tiene su origen en el amor que Dios nos tiene. Ese amor llega a tal punto que Dios “da”, “entrega” a su Hijo único. Darlo significa enviarlo a este mundo y incluyendo su muerte en la cruz. Pero así Jesús se convierte en causa de la salvación humana, porque quienes creen en él y se unen a él, vencen su propia muerte y alcanzan la vida eterna. Pues la salvación consiste precisamente en vencer la muerte y la disolución, para que la vida culmine en plenitud y en vida para siempre.

Porque la misión del Hijo es la de salvar, no la de condenar a nadie. La condenación es una posibilidad, pero no como obra de Dios, sino como obra de uno mismo contra sí mismo. La fe por la que creemos en el Hijo de Dios es una opción libre. El que cree se salva, el que no cree, él mismo se excluye de la salvación. El evangelista lo explica con el símil de la luz: Quien vive en un lugar oscuro, tiene la posibilidad de dejarse iluminar por el sol, si sale fuera de su guarida y se pone bajo el sol. Si se queda a oscuras dentro de su cueva, no es porque no haya sol que lo ilumine, sino porque no salió para dejarse iluminar. Lo mismo ocurre con la salvación: La causa de la condenación es esta: habiendo venido la luz al mundo, los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. En cambio, el que obra el bien conforme a la verdad, se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios. La principal obra buena según el evangelista es la fe en Jesús; creer en él es acogerse a la luz que es Jesus. La principal obra mala es la renuncia a creer en Jesús, la renuncia a la luz que se nos ofrece, para permanecer en la tiniebla de la desesperanza y del sinsentido de la muerte como destino único del hombre.

Pasemos a la primera lectura. No tiene nada que ver con el evangelio. Pero es importante comentarla, pues se nos propone en este tiempo como advertencia para nosotros. Como ya he dicho, en cuaresma, durante los cuatro primeros domingos, en la primera lectura se nos ofrecen relatos de acontecimientos del Antiguo Testamento; y en el quinto domingo un oráculo importante de algún profeta. En esta ocasión hemos escuchado el relato de la destrucción de Jerusalén por los caldeos y la restauración del pueblo judío, años después, por obra de los persas. En esta lectura se resumen unos cien años de historia.

La historia comienza con el pecado y la rebeldía del pueblo, comenzando por los sacerdotes. Todos los sumos sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades, practicando todas las abominables costumbres de los paganos. Esto no es solo asunto del pasado, pues también hoy, a medida que nos descristianizamos, adoptamos costumbres paganas como el aborto y la eutanasia, la ideología de género y la reingeniería de la familia. La historia sigue con la respuesta de Dios: él envía mensajeros para llamar al pueblo a la conversión. El Señor, Dios de sus padres, los exhortó continuamente por medio de sus mensajeros, porque sentía compasión de su pueblo y quería preservar su santuario. Pero no hubo enmienda, sino burla y desprecio a los mensajeros, hasta que Dios dio curso libre a su ira, no para destruir y aniquilar totalmente a su pueblo, sino para propiciar un nuevo comienzo. Dios envió entonces contra ellos al rey de los caldeos. Incendiaron la casa de Dios y derribaron las murallas de Jerusalén. Llevaron a la población cautiva a Jerusalén, donde vivieron sometidos. Hasta que pasaron los años y llegó el gobierno de los persas. El rey Ciro dio orden de que el pueblo judío, cautivo en Babilonia, volviera a Jerusalén y permitió que se reconstruyera la ciudad y el templo y que se reanudara el culto. Esta fue una experiencia de muerte y resurrección. Y en esa clave hacemos memoria de ella.

Esa es también nuestra experiencia cristiana. Como nos lo explica la segunda lectura: La misericordia y el amor de Dios son muy grandes; porque nosotros estábamos muertos por nuestros pecados, y él nos dio la vida con Cristo y en Cristo. Pero lo más importante es que la obra de Dios se debe a su amor, a su gracia. Por pura generosidad suya hemos sido salvados. Tampoco se debe a las obras, para que nadie pueda presumir. Las obras buenas que debemos hacer no tienen el propósito de ganarnos la salvación de Dios, sino de expresar y manifestar nuestra condición de salvados y de mostrar a Dios el agradecimiento debido a la salvación recibida.

 
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