Horario Parroquial

Misas

Lunes a Sábado:
8: 00 am y 6:30 pm

Domingos y Festivos:

8:00 am, 9:30 am,
11:00 am y 12:30

6:30 pm, 8:00 pm

Confesiones

Lunes, Miércoles, Viernes:
7:45 am - 8: 15 am

Martes, Sábado:
6:00 pm - 6:30 pm

Oficina

Lunes a Viernes

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2:30 pm - 5:00 pm

Adoración al Santísimo

Lunes - Viernes:

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Domingo 3° de Cuaresma

Tradicionalmente, en los domingos tercero, cuarto y quinto de cuaresma, la Iglesia nos ha propuesto para nuestra reflexión tres episodios de la vida de Jesús que solo narra el evangelista san Juan: el encuentro con la samaritana, la curación del ciego de nacimiento y la resurrección de Lázaro. Sin embargo, tras la reforma del leccionario de la misa hace ya más de cuarenta años y con el propósito de ofrecer un repertorio más amplio de lecturas para que tengamos un mayor conocimiento de la Palabra de Dios, la Iglesia nos propone otros pasajes y otras escenas del evangelio. Este año leeremos la expulsión de los mercaderes del templo, el final de la conversación con Nicodemo y las declaraciones de Jesús ante su muerte, siempre según el evangelista san Juan.

La escena de la expulsión de los mercaderes del templo, sobre todo en la versión de san Juan, que hemos escuchado hoy, es un acto simbólico de Jesús que manifiesta el significado de su misión y de su misma vida. El evangelista san Juan por eso lo narra al principio de su evangelio y no al final, como hacen los otros evangelistas. San Juan narra este episodio inmediatamente después del relato de las bodas de Caná.

Jesús llega a Jerusalén y se dirige directamente al templo y arremete contra los vendedores de los animales que servían a los fieles para ofrecer el sacrificio y contra los cambistas que facilitaban la moneda apropiada y apta para hacer las limosnas y ofrendas en el templo. No se trata de una simple expulsión de vendedores de objetos religiosos, sino de expulsión de quienes facilitaban la realización del culto. Con su acción, Jesús de hecho hace imposible que el culto en el templo se realice y se desarrolle. Y cuando las autoridades le preguntan ¿qué señal nos das de que tienes autoridad para actuar así? Jesús responde aludiendo a la destrucción del templo, y a su propia resurrección como nuevo templo. Él hablaba del templo de su cuerpo. Por eso, cuando resucitó Jesús de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho aquello y creyeron en la Escritura y en las palabras que Jesús había dicho. Esta escena de la expulsión de los vendedores del templo tiene su complemento en aquella otra que cuentan solo los sinópticos de que a la muerte de Jesús el velo interior del templo se rasgó de arriba abajo para significar también el final del culto antiguo.

¿En qué consiste entonces este cambio de la forma del culto? ¿Qué significa el cese del culto a Dios establecido en el Antiguo Testamento y la creación de un culto nuevo centrado en Jesús? Ese cambio de la forma del culto está relacionada con la creación de una nueva alianza. El culto del templo de Jerusalén tiene su fundamento en la alianza establecida por Dios con el pueblo de Israel en el Sinaí. Esa fue una alianza quebrantada, suspendida, invalidada de muchas maneras. Tanto el profeta Jeremías como el profeta Ezequiel prometieron que Dios establecería una nueva alianza. Esa promesa se cumplió en Jesús. En la última cena, al bendecir el cáliz dijo: beban todos de él, porque esta es mi sangre, la sangre de la alianza, que se derrama por todos para el perdón de los pecados (Mt 26, 28) o como dice otra tradición: este es el cáliz de la nueva alianza sellada con mi sangre, que se derrama por ustedes (Lc 22,20). Puesto que en el culto se renueva la alianza por medio de sacrificios, el nuevo culto ya no consiste en el sacrificio de animales y en la ofrenda de su sangre. El nuevo culto consiste en la ofrenda voluntaria de Jesucristo en la cruz y en el derramamiento de su sangre, de una vez para siempre. Se estableció así la nueva alianza por la que Dios nos concede el perdón de los pecados y también la vida eterna. Los escritos del Nuevo Testamento interpretan la muerte de Cristo en la cruz como un acto de obediencia a Dios y por otro como un acto de amor a los hombres. El culto cristiano consiste en la actualización y memoria de ese único sacrificio en la celebración de la eucaristía que por eso también llamamos “el santo sacrificio de la misa”. En ese culto participamos los bautizados comiendo el pan que es el Cuerpo de Cristo y bebiendo el vino que es su Sangre y de ese modo entramos en alianza con Dios. En ese culto participamos también los bautizados ofreciendo juntamente con Cristo nuestras propias vidas en obediencia a Dios a través de la coherencia ética de nuestra conducta.

Por eso quizá se nos propone como primera lectura para el día de hoy la proclamación de los Diez Mandamientos. Porque así como Cristo murió en la cruz por obedecer la voluntad de Dios y movido por el amor a los hombres, así también nosotros, nos unimos a Cristo en su sacrificio cumpliendo siempre la voluntad de Dios que consiste precisamente en que nos amemos y sirvamos unos a otros a través del cumplimiento de los mandamientos. Además, hay que pensar que los mandamientos son como el manual para que funcionemos bien como personas y como sociedad. Así como todo aparato trae su manual de instrucciones que nos dice qué podemos y qué no podemos hacer con el aparato para que funcione bien, los Diez Mandamientos son como el manual abreviado para el buen funcionamiento de la humanidad. Dios proclamó los Diez Mandamientos porque ellos se fundan y nacen de la misma naturaleza y finalidad de la humanidad. La naturaleza con la que Dios nos creó tiene una estructura, una finalidad, que se debe respetar. Ese respeto se expresa en las normas morales que regulan la conducta y que nacen y se deducen de la naturaleza humana. Mentir es malo, no porque Dios lo prohíbe, sino que Dios lo prohíbe porque Él nos dio el lenguaje para comunicarnos, y el engaño y la mentira en la comunicación pervierten su propósito. Y así se pueden explicar todos los mandamientos. Obedecer la voluntad de Dios es el culto que tributamos a Dios unidos al sacrificio de Cristo en la cruz.

Cristo crucificado para nuestra salvación es el centro de nuestra fe, de nuestro culto y el fundamento de nuestra esperanza. Nosotros predicamos a Cristo crucificado, que es escándalo para los judíos y locura para los paganos; en cambio, para los llamados, Cristo es la fuerza y la sabiduría de Dios. Si el que no tiene fe considera que la cruz de Cristo es una locura, hay que decir que la locura de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres pues nos revela la verdad del amor de Dios y más fuerte que la fuerza de los hombres pues nos procura la salvación que ningún esfuerzo e ingenio humano puede alcanzar.

 
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