Horario Parroquial

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Domingo 2° de Cuaresma

Todos los años, en el segundo domingo de Cuaresma, contemplamos a Jesús transfigurado. Esta escena complementa la del domingo pasado. Hace una semana escuchábamos el relato de la victoria de Jesús sobre Satanás, que lo puso a prueba en el desierto. Eso fue un anticipo de la salvación que nos obtuvo por su pasión y muerte en la cruz. La escena de su transfiguración es un anticipo de su resurrección. Es más, esta es la única escena en la vida de Jesús en que aparece visiblemente con la gloria y esplendor propio de la resurrección. Los discípulos testigos quedan envueltos en el resplandor de Cristo transfigurado como anticipo de que también ellos participarán de la gloria de Cristo en su resurrección.

Al final de la escena, Jesús prohíbe a los tres discípulos testigos de la transfiguración hablar de lo que acaban de ver, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos. Y comenta el evangelista que ellos guardaron esto en secreto, pero discutían entre sí que querría decir eso de “resucitar de entre los muertos”. Han pasado veinte siglos, y todavía seguimos planteándonos preguntas acerca de la resurrección de entre los muertos. Hoy nuestras preguntas son: ¿será verdad que Cristo resucitó y que nosotros vamos a resucitar con él? ¿Qué es lo que va a resucitar, si hay tantísimos muertos de los que ya no quedan ni los huesos ni han dejado ningún rastro material? ¿Cuándo va a ocurrir esa resurrección? ¿Cuál es la vida de los resucitados, dónde van a estar, qué van a hacer? ¿No será que todo este discurso de la resurrección es un consuelo para ingenuos?

Los cristianos se han planteado estas preguntas desde el principio. En la Primera Carta a los Corintios, san Pablo dedica todo el capítulo 15, a responder a preguntas como estas, que le habían planteado los corintios recién convertidos al cristianismo. Ellos creían que se trataba de lenguaje figurado. Esa sigue siendo la tentación contemporánea. Pero la fe de la Iglesia es que se trata de acontecimientos reales.

En primer lugar la resurrección de Jesús. Hay dos evidencias: su cadáver desapareció. Por lo tanto, su resurrección fue algo que afectó el estrato físico de su existencia, su cuerpo mortal. También él se apareció. Por lo tanto, su resurrección implica su supervivencia más allá de la muerte. Pero con una existencia distinta a la que tenía antes de morir: él aparece y desaparece, se muestra con aspecto cambiado de modo que puede pasar por un desconocido; acepta comer; se deja tocar, pero puede atravesar paredes. Jesús resucitado sigue siendo tan humano como antes de morir; sin embargo existe de un modo desconocido hasta entonces. Existe en Dios y desde Dios. Podemos decir que con su resurrección, Jesús inaugura un nuevo modo de existir para sí. Y nuestra salvación consiste en que ese nuevo modo de existir no es un privilegio del Hijo de Dios, sino que cualquier persona que viva y muera unida a Jesús lo puede alcanzar. En la escena de la trasfiguración, Jesús, aunque no había muerto todavía, ofreció a sus discípulos una percepción y experiencia visible y anticipada de esa nueva manera de existir en Dios.

Para los cristianos, la esperanza de la propia resurrección solo tiene consistencia en unión con Jesús. Por eso los sacramentos tienen el propósito de unirnos a Jesús. Una expresión frecuente de la vida cristiana es la de “vivir en Cristo”. En el bautismo morimos y resucitamos con Cristo; en la eucaristía comemos su Cuerpo y bebemos su Sangre y llegamos a formar un solo cuerpo con él. Es muy difícil describir una existencia de la que no tenemos experiencia. Pero podemos intuir que cuando resucitemos, sabremos que nuestra existencia habrá encontrado su plenitud en Dios. Muchas personas experimentan en su relación con Dios momentos de plenitud y gran gozo, en los que parece que el tiempo desaparece porque gozan brevemente de la unión con Dios. Estos deben ser anticipos fugaces de la plenitud que esperamos en la resurrección. Y si decimos que resucitamos en cuerpo y alma, afirmamos que somos nosotros mismos, con nuestra historia e identidad, quienes gozamos, en unión con Cristo, de esa plenitud de vida en Dios que llamamos resurrección. Esa es nuestra esperanza. El camino cuaresmal tiene el propósito de ayudarnos a crecer en esa identidad y unión con Jesús para participar anticipadamente de su resurrección en la celebración de la Pascua.

En la primera lectura, la Iglesia nos invita a meditar sobre un episodio dramático de la vida del patriarca Abraham. Dios le pide que le sacrifique su hijo, heredero de las promesas. La petición nos parece cruel, inhumana y hasta inmoral. Uno se pregunta cómo puede Dios dar semejante orden. Los lectores sabemos algo que Abraham no sabía, que se trataba de una prueba y que Dios iba a impedir la realización de la orden. Pero, ¿debía Abraham obedecer una orden inmoral aunque fuera el mismo Dios quien se la daba? En aquel tiempo, era costumbre de los pueblos, en medio de los cuales vivía Abraham, ofrecer en sacrificio a sus dioses al hijo primogénito. Por eso la conciencia de Abraham, deformada por lo que veía a su alrededor, no supo reconocer que la orden era inmoral para cuestionarla. Él, acostumbrado como estaba a ver que otros pueblos ofrecían sus hijos a sus dioses, vio normal que su Dios se la pidiera a él también. Y estuvo dispuesto a sacrificar con su hijo también sus esperanzas de una gran descendencia, porque puso por encima de todo su obediencia a Dios. A pesar del dolor que eso le causaba, no se aferró a las seguridades humanas, sino que puso toda su confianza en Dios.

Si leemos este episodio de la vida de Abraham a la luz del pasaje de la carta a los romanos que hemos escuchado hoy como segunda lectura, comprendemos que debemos ver en el sacrificio de Abraham un anticipo del sacrificio de Cristo. Dios Padre también sacrifica a su hijo único como expresión de su amor por nosotros: El que no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no va a estar dispuesto a dárnoslo todo, junto con su Hijo? Si Dios está a nuestro favor, ¿quién estará en contra nuestra? Nuestra esperanza en nuestra propia resurrección no es una esperanza ilusoria, porque se fundamenta en el amor que Dios nos tiene, hasta el punto que entregó a su propio Hijo por nosotros. Caminemos pues seguros del amor de Dios en este camino cuaresmal para unir nuestras vidas cada vez más a la de Cristo y gozar con él de la vida plena en Dios.

 
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