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Domingo 1° de Cuaresma

Los domingos de cuaresma la Iglesia nos propone en la liturgia de la Palabra, pasajes bíblicos de primera importancia para nuestra fe. Siempre, el primero y segundo domingo de Cuaresma escuchamos el relato evangélico de la prueba a la que se sometió Jesús y el relato de la transfiguración. En los otros tres domingos de cuaresma, este año se leerán pasajes del evangelio según san Juan. En cambio, en la primera lectura, escucharemos pasajes que relatan episodios importantes de la historia del Antiguo Testamento. Normalmente el salmo responsorial y sobre todo la segunda lectura complementarán la primera. Por lo tanto, pienso que es oportuno hacer una breve reflexión sobre el evangelio y sobre la primera lectura a fin de facilitar la meditación sobre los acontecimientos de nuestra salvación que se nos proponen a nuestra consideración.

En el primer domingo de Cuaresma, desde tiempos antiguos, la Iglesia propone la lectura del relato de las tentaciones de Jesús. Antiguamente se leía siempre el relato según san Mateo. En nuestros tiempos, cada año leemos el mismo episodio en la versión que de él ofrecen cada uno de los tres primeros evangelistas. Este año hemos escuchado el relato de Marcos, que es el más breve. Nos dice simplemente que el Espíritu Santo, el mismo que había sobrevolado sobre Jesús en forma de paloma durante su bautismo, impulsó a Jesús a retirarse al desierto, donde permaneció cuarenta días. Allí fue puesto a prueba, por Satanás. Pero san Marcos no nos dice nada acerca de cuál fue la prueba. Afirma además que Jesús vivía entre animales salvajes y ángeles lo servían.

La primera gran pregunta que este relato nos plantea es ¿por qué el Espíritu Santo impulsó a Jesús a retirarse al desierto? Porque si es el Espíritu Santo el que inicia esta experiencia de Jesús, que incluye la prueba de Satanás, debemos pensar que esta experiencia es algo necesario o por lo menos importante en la misión de Jesús. Creo que este relato resume en una escena la vida entera de Jesús. Si la misión de Jesús es la de vencer las fuerzas del mal que agobian y tienen sometido al hombre, Jesús vence y derrota desde el inicio de su misión al adversario del hombre con la fuerza del Espíritu. Jesús, como ser humano, se deja poner a prueba por Satanás, como ocurrió con Adán y sucede con todos los hombres. Pero a diferencia de Adán, Jesús sale victorioso en la confrontación. San Marcos no nos dice cómo fue la prueba, pero nos da a entender que se desarrolló a lo largo de los cuarenta días. Durante ese tiempo, Jesús también convivió con animales salvajes. Quizá Jesús se parece a Adán en el paraíso, cuando, junto con Eva, fue tentado por la serpiente. San Marcos no dice que Jesús ayunara durante su estancia en el desierto, como afirma san Mateo. Nos dice que ángeles le servían. Yo me imagino que le brindaban el alimento de cada día, como al profeta Elías. El relato es demasiado breve y escueto, por lo que hay que imaginar el sentido. Falta una declaración de la derrota de Satanás y la victoria de Jesús. Pero el primer milagro que Jesús realiza en este evangelio de san Marcos es la liberación de un hombre del espíritu impuro que lo tenía sometido. La prueba a la que Jesús se sometió en el desierto, lo capacitó para atar y derrotar a Satanás con el poder del Espíritu Santo. Por eso, inmediatamente después de salir de la prueba, Jesús comienza a anunciar la llegada del reino de Dios. Ahora ya es posible creer para salvarse, porque nuestro enemigo ha sido vencido por Jesús.

En la primera lectura hemos escuchado la narración del final del relato del diluvio. Dios promete y se compromete a no recurrir ya más a la destrucción de la creación a causa del pecado humano. El diluvio había sido causado por el desengaño y frustración que la maldad humana había causado en el corazón de Dios. El relato del diluvio comienza con una declaración tremenda: Al ver el Señor que crecía en la tierra la maldad del hombre y que todos sus proyectos tendían siempre al mal, se arrepintió de haberlo puesto sobre la tierra. Y profundamente afligido, dijo: Borraré de la superficie de la tierra a los hombres que he creado. Al final del relato, Dios ha cambiado su actitud: No maldeciré más la tierra por causa del hombre, porque desde su juventud la inclinación del corazón humano es perversa; jamás volveré a castigar a los seres vivientes como lo he hecho. No es que Dios se resigne a dejar que el hombre sea malo y haga el mal, sino que buscará el modo de que se arrepienta del mal y viva. Dios confirma este propósito con una alianza. El arco iris, que luce cuando amenaza lluvia o después del aguacero, se convierte en signo que Dios da de su propósito de no buscar la integridad de la creación por la destrucción del hombre, sino de buscar la salvación del hombre por el ofrecimiento del perdón y el arrepentimiento. No volveré a exterminar la vida con el diluvio ni habrá otro diluvio que destruya la tierra. Pondré mi arco iris en el cielo como señal de mi alianza con la tierra. No volverán las aguas del diluvio a destruir la vida.

Eso significa que el tiempo del mundo es el tiempo de la paciencia y la misericordia de Dios; no son los tiempos de la ira de Dios. El signo definitivo de la misericordia de Dios ya no es el arco iris, sino la cruz de Cristo levantado en alto. Ya no es Dios el que necesita un recordatorio para detener su ira, somos nosotros los que necesitamos un signo de la misericordia y del perdón de Dios para arrepentirnos y caminar en santidad. Cristo murió, una sola vez y para siempre, por los pecados de los hombres; él, el justo, por nosotros los injustos, para llevarnos a Dios. Esta cuaresma que acabamos de comenzar es camino hacia la pascua. Contemplamos por una parte a Jesús que vence el mal por nosotros y por otra sabemos que estos son tiempos de la misericordia de Dios, no para perseverar indolentes en el mal y llamar virtud lo que es pecado, sino para arrepentirnos del mal y crecer en santidad por medio de la gracia de Dios que nos transforma en el bautismo, a través del sacramento de la penitencia, por el sacramento de la eucaristía. La ceniza impuesta en nuestra frente el miércoles pasado fue un recuerdo de nuestra propia muerte, de nuestra fugacidad, de que necesitamos creer en el evangelio para encontrar la vida eterna. Que esta cuaresma sea para todos nosotros tiempo de crecimiento espiritual, tiempo de identificación con Cristo, tiempo de caridad y santidad.

 
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