Horario Parroquial

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Domingo 5° Ordinario

El pasaje del evangelio que acabamos de escuchar se suele llamar “una jornada en la vida de Jesús”.  En efecto, el evangelista nos va dando indicaciones de tiempo que abarcan la mañana, la tarde, la noche y el amanecer.  Por la mañana, Jesús está en la sinagoga en Cafarnaum y cura a un hombre poseído de un espíritu inmundo.  Esa fue la lectura del domingo pasado.  Luego al salir, va a casa de Pedro y cura a su suegra, que después les hace la comida; se puso a servirlos, dice el evangelio.  Al atardecer, Jesús cura a una multitud de enfermos y poseídos.  De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, Jesús se levanta temprano y se va a un lugar solitario a rezar.  Luego vienen sus discípulos a buscarlo y se van a otros pueblos de Galilea para predicar también allá el Evangelio. 

Jesús, pues, habría predicado el evangelio ese día y ahora partía para predicar también en otros lugares el Evangelio.  Pero lo curioso es que Jesús no ha predicado nada, si por predicación entendemos hacer un anuncio con palabras.  El evangelista ni siquiera dice que Jesús estuvo enseñando.  Lo que dice claramente es que curó a la suegra de Pedro; que luego vinieron muchos enfermos y poseídos del demonio.  A los enfermos los curó; y expulsó a los demonios y los sometió.  El evangelista san Marcos prefiere mostrar con acciones, más que con palabras, la obra liberadora de Jesús.  El hombre alcanza su plenitud cuando orienta su vida hacia Dios, cuando se somete en obediencia a Dios.  Por lo tanto, si está sometido a los demonios, si los demonios lo poseen, el hombre está enajenado, no es dueño de sí mismo, no está encaminado a su plenitud.  Jesús ha venido para liberar al hombre de todas las cosas que lo esclavizan y mantienen alejado de Dios.  Quitado el demonio, el hombre vuelve a su integridad original.

Esta noticia, de que Jesús expulsaba demonios y de ese modo posibilitaba que la belleza del hombre creado volviera a lucir, es un gran anuncio, un Evangelio.  Hay quienes dicen que el pecado ya corrompió de tal manera al hombre que lo más que puede hacer Cristo es cubrir con su sangre la fealdad humana, para que Dios no la vea y no lo condene.  Hay quienes dicen que los seres humanos son irrecuperables del mal y por eso mejor matamos a los criminales empedernidos, porque no hay salvación posible para ellos.  Pero Cristo, con la expulsión de demonios, enseña más bien que la bondad de la creación sigue estando allí, ocultada por el mal.  Pero si Jesús remueve el mal, si quita el espíritu inmundo, si expulsa el demonio, el hombre recupera su libertad, su dignidad, su belleza original, aumentada ahora por la identificación con Jesús.  Yo tengo para mí que la abundante presencia de demonios en los relatos evangélicos tiene la función de afirmar que el mal no es inherente al ser humano; que el pecado, la enfermedad, los vicios y opresiones que sufre el hombre no son constitutivos de su ser.  Le vinieron de fuera, y por eso la esperanza de la salvación es posible.  Jesús lo ha vencido, lo ha derrotado, lo ha expulsado y así el hombre puede recuperar su integridad original.

El pasaje del libro de Job que hemos escuchado en la primera lectura expresa con gran claridad y fuerza el drama de la existencia humana, cuando falta el sentido de vida, cuando la enfermedad agobia la mente, cuando el sufrimiento quita toda esperanza de seguir viviendo.  La vida del hombre en la tierra es vida de soldado y sus días como días de un jornalero.  Así me han tocado en suerte meses de infortunio y se me han asignado noches de dolor.  Al acostarme, pienso: ‘¿cuándo será de día?’.  La noche se alarga y me canso de dar vueltas hasta que amanece.  Mis días corren más aprisa que una lanzadera y se consumen sin esperanza.  Recuerda, Señor, que mi vida es un soplo.  Mis ojos no volverán a ver la dicha.  Esas palabras son el clamor de multitudes, pues la enfermedad, el sufrimiento, el dolor, la frustración, la desesperanza no miran cuna, ni alcurnia, ni títulos ni fama, ni cultura, ni nación.

Pero ¿cómo se quita el mal, como se expulsa el pecado, cómo se elimina el sufrimiento, la enfermedad y el dolor, como se vuelve a recuperar la dignidad original en la que fuimos creados?  Jesús lo hacía todo con gran poder.  Él lo sigue haciendo a través del ministerio de la Iglesia, de modo más paulatino, más metódico, pero con no menor insistencia ni efectividad.  Además con la convicción de que nuestra meta no es esta existencia temporal, sino la vida eterna, por lo que la obra sanadora de Jesús va más allá de restablecer la salud corporal, para otorgar la vida que no se corrompe.  Mucha gente que ha estado metida en el crimen, en las drogas, en los malos negocios, hasta el punto de que ya no eran dueñas de sí mismas ni libres para zafarse del mal, da testimonio de que gracias a que conocieron a Jesús, el amor de Dios y su perdón, sintieron también la fuerza de Dios que los sacó del mal en que estaban para devolverles la libertad y la dignidad.  Muchas personas que sufren enfermedad terminal, la pérdida de la esperanza de vida, con la confianza y la fe puesta en Dios vislumbran que más allá de la enfermedad y el dolor, Dios sigue dando sentido de vida y valor a la existencia.  La enfermedad, incluso mortal, no arruina ni menoscaba la propia condición de hijos de Dios, amados por Dios, llamados a la eternidad con Dios.

Pero en este pasaje evangélico, Jesús no solo cura a la suegra de Pedro, no solo curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó a muchos demonios, sino que también se levantó temprano, cuando todavía estaba muy oscuro, y se fue a un lugar solitario, donde se puso a orar.  Jesús ora.  Pienso que esta actitud de Jesús, que ora a su Padre Dios, también nos enseña y nos ilustra hacia dónde debemos dirigir la mirada, de dónde viene la fuerza regeneradora de la humanidad.  Es Dios, con su poder creador, quien a través de Jesús y del don de su Espíritu, no solo devuelve, sino que eleva al ser humano a una meta que lo trasciende y supera la simple existencia temporal.  Esa apertura a Dios de Jesús, es también instrucción para enseñarnos hacia dónde debemos dirigir también nosotros nuestra mirada y nuestra intención.

 
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