Horario Parroquial

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Domingo 4° Ordinario

El evangelista san Marcos narra la expulsión de un espíritu inmundo que se había posesionado de la vida de un hombre.  Tengo para mí que cada evangelista nos narra en primer lugar aquella escena, aquel episodio que mejor describe la misión de Jesús, el sentido de su obra.  San Marcos abre el relato del ministerio de Jesús con el episodio que acabamos de escuchar.  Jesús está en la ciudad de Cafarnaúm, ha iniciado su predicación y ha convocado a sus primeros seguidores.  Según su costumbre va a la celebración del sábado en la sinagoga y le ofrecen la oportunidad de hablar.  El evangelista nos cuenta la reacción de los asistentes a la enseñanza de Jesús, pero no nos transmite la enseñanza de Jesús.  Nos dice que los oyentes quedaron asombrados de sus palabras, pues enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.

Nos quedamos con el deseo de saber qué dijo Jesús, pero no lo dice.  Pero a continuación nos cuenta cómo en esa ocasión, allí en la sinagoga, Jesús libró a un hombre de un espíritu inmundo.  A continuación del relato el evangelista vuelve a comentar sobre la reacción de los asistentes en palabras muy semejantes: Todos quedaron estupefactos y se preguntaban: ‘¿Qué es esto?  ¿Qué nueva doctrina es esta?  Este hombre tiene autoridad para mandar hasta a los espíritus inmundos y lo obedecen.  Los asistentes en la sinagoga llaman al milagro de Jesús “doctrina”, “enseñanza”.  Entonces comprendemos qué fue lo que aquellos hombres admiraron en Jesús.  Su doctrina no consistía solo en instruir sobre la Palabra de Dios, como hacían los escribas, sino en causar y realizar la salvación.  En eso consistía la autoridad de Jesús, superior a la de los escribas.  Jesús somete a su autoridad a los espíritus inmundos y como consecuencia el hombre queda libre y dueño de sí.

De hecho, en el evangelio de san Marcos, la liberación de las personas de espíritus inmundos, de demonios y de otras fuerzas malignas será la misión y el contenido de la obra de Jesús.  Nos resulta extraño, porque nosotros no hablamos ni concebimos la misión de Jesús en esos términos.  Tampoco san Pablo, quien al hablar de la obra liberadora de Jesús, dice más bien que Jesús nos libró de la esclavitud de la Ley y del pecado.  Tampoco el evangelista san Juan, que no relata ni una sola expulsión de demonios de parte de Jesús.  Para san Juan, Jesús vino a librarnos del Maligno, sí, pero que nos mantiene en las tinieblas y la oscuridad del pecado que consiste en no conocer al Hijo de Dios ni creer en él.

¿Qué importancia y significado tiene hablar de demonios?  Al hablar del demonio y de los espíritus inmundos que toman posesión de la persona, la sagrada Escritura nos enseña que el mal y el pecado no son parte de nuestra naturaleza, que la maldad que hay en el hombre viene de fuera y se puede quitar, que cuando el mal se apodera de nosotros hasta quitarnos la libertad y el dominio propio, no estamos todavía irremediablemente perdidos.  Hablar del diablo y de los espíritus inmundos que toman posesión del hombre es declarar que tenemos esperanza, porque hemos sido creados para ser dueños de nosotros mismos, hemos sido creados para ser libres, hemos sido creados para ser buenos y santos y Jesús tiene el poder para devolvernos esa libertad, esa dignidad, esa santidad cuando las hemos perdido. 

En este relato, el espíritu inmundo, que tiene al hombre en su poder, confronta a Jesús: ¿Qué quieres tú con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a acabar con nosotros?  Ya sé quién eres: el Santo de Dios.  Es como si el hombre hubiera perdido su identidad y otro personaje la hubiera usurpado.  El que habla no es el hombre, sino otro.  Creo que así podemos comprender la profundidad de la alienación y el extrañamiento que se da en nosotros cuando estamos lejos de Dios, cuando nos volvemos enemigos de Dios.  Pero Jesús, con su autoridad, ordena al espíritu inmundo salir del hombre, quien vuelve a ser dueño de sí mismo, recupera su identidad y su libertad.  Así es de profunda la liberación que Jesús realiza en nosotros; así es de grande su poder para lograr que cada uno de nosotros llegue a tener la identidad que Dios le dio desde el principio.

La gente se maravilla.  ¿Qué nueva doctrina es esta?  Este hombre tiene autoridad para mandar hasta a los espíritus inmundos y lo obedecen.  De este modo san Marcos nos presenta a Jesús.  Él es el que nos libera del mal para que lleguemos a ser nosotros mismos, para que lleguemos a ser libres y podamos recuperar la identidad y la dignidad en las que fuimos creados.  Esa no es solo una doctrina que se enseña con palabras y transmite conocimientos.  La de Jesús es una enseñanza que salva, que transforma.

Nosotros hoy día experimentamos esa posesión de muchas maneras.  La gente, especialmente los jóvenes, dicen que se sienten vacíos por dentro.  Hay personas que han buscado llenar su vida con la diversión o con comprar y tener cosas; algunos se aventuran por caminos que realmente lo alejan a uno de uno mismo:  las drogas, los riesgos extremos, las experiencias en grupos marginales; el crimen.  Esos son los espíritus inmundos que se apoderan de mucha gente hoy.  Y el resultado es un extrañamiento de sí mismo, una alteración de la personalidad hasta volverse irreconocible.  Frente a la conclusión de que esas personas no tienen remedio ni recuperación, Jesús se nos presenta hoy como el Salvador que puede rescatar a toda persona hasta de los abismos más profundos.

Presentar la obra de Jesús como “expulsión de demonios” nos ayuda a entender sin confusión cuál es el objetivo principal de la misión de Jesús: habilitar a cada uno para que encuentre su libertad y dignidad en el poder de Dios.  Por eso mismo san Pablo puede recomendar como lo más deseable que el cristiano se consagre a Dios en cuerpo y alma y viva solo para Dios en el celibato.  El hombre soltero se preocupa de las cosas del Señor y de cómo agradarle.  La mujer que no tiene marido y la soltera se preocupa de las cosas del Señor y se pueden dedicar a Él en cuerpo y alma.  El camino del matrimonio es también de santificación, pero san Pablo enseña en el pasaje que hemos escuchado hoy que la entrega en cuerpo y alma al Señor es la expresión más elocuente de nuestra vocación más profunda de vivir solo para el Señor y de la mayor libertad que nos viene de Él.

 
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