Horario Parroquial

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Domingo 3° Ordinario

Hemos escuchado en el pasaje del evangelio el relato de los inicios del ministerio y predicación de Jesús.  El arresto de Juan el Bautista es el acontecimiento que desencadena la acción.  Da la impresión de que después de su bautismo, Jesús permaneció en Judea, cerca de Juan, pues dice el evangelista que después de que arrestaron a Juan el Bautista, Jesús se fue a Galilea para predicar el Evangelio de Dios.  Lamentablemente no tenemos información para saber cuánto tiempo habría permanecido Jesús en Judea o cuál era su relación con Juan.  El hecho es que cuando el rey Herodes encarcela a Juan, Jesús regresa a Galilea, donde se había criado.  Pero no regresa a Nazaret, sino que se establece en Cafarnaúm (cf. Mt 4,12-13)

Allí comienza a predicar.  San Marcos resume la predicación de Jesús en dos frases.  Se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios está cerca.  Arrepiéntanse y crean en el Evangelio.  Sabemos que Jesús contó parábolas, pronunció sentencias, comentó pasajes de la Escritura, con su conducta y comportamiento dio ejemplo, realizó milagros.  Es decir, la enseñanza de Jesús se realizó por medios muy diversos y abordó temas muy variados.  Pero el núcleo, la médula, el hueso del mensaje de Jesús se condensa en esas dos frases.

Meditemos pues más detenidamente en su contenido.  En primer lugar, Jesús destaca la llegada de un plazo: se ha cumplido el tiempo.  Dios en su soberanía dispone de los tiempos en que se manifiesta su benevolencia, ordena los plazos en los que se desarrolla su plan de salvación.  Jesús anuncia el cumplimiento de un plazo esperado, el tiempo de la realización del Reino de Dios.  Pero el cumplimiento del plazo de Dios significa la realización de nuestro propio plazo de salvación.  Este es el tiempo favorable, este es el día de la salvación (2Cor 6,2).  El Reino de Dios está cerca.  Pienso que la frase se puede traducir mejor: El Reino de Dios se acercó, ya llegóEs una realidad ya presente.  El Reino de Dios ha llegado con él, con Jesús.  Él es el portador y realizador del Reino de Dios, él lo hace presente.  Por eso, hay que tomar una decisión frente a él, en torno a lo que él propone.  Por eso conmina: Arrepiéntanse.  Vuelvan la mirada, vuelvan la atención hacia mí, hacia el Reino de Dios que se realiza conmigo.  Dejen de distraerse en tantas cosas que son secundarias y pongan atención a lo único que ahora importa: crean en el Evangelio.

Pero, ¿en qué evangelio hay que creer si Jesús todavía no lo ha anunciado?  ¿O es que el Evangelio es él mismo y es como si dijera “crean en mí”?  Sabemos que la palabra “evangelio” es de origen griego y significa literalmente “buen anuncio”, “buen mensaje”.  Pero el buen mensaje es Jesús mismo.  En él se hacen presente la misericordia y el perdón de Dios; creyendo en él, somos entonces parte del Reino de Dios.  Ser parte del Reino es nuestra salvación, es el logro del sentido de nuestra vida, el logro de su plenitud.  Todo el resto de la predicación de Jesús, sus parábolas y advertencias, su gestos y milagros, su pasión muerte y resurrección serán desarrollo y realización del Reino de Dios.

Como parte del inicio de su predicación, Jesús convoca seguidores.  Así podemos llamarlos pues esa es la palabra con la que Jesús los convoca: Síganme.  Se mencionan dos parejas de hermanos: Simón y Andrés, Santiago y Juan.  Los cuatro ejercían el oficio de pescadores.  Los convoca con una promesa enigmática: haré de ustedes pescadores de hombres.  Uno supone que ellos ya conocían a Jesús.  El evangelista san Juan nos dice que Andrés y Simón habían sido discípulos de Juan el Bautista; pareciera que también Santiago y Juan.  Si no, no se explica tan fácilmente la decisión de dejar su trabajo, de dejar a su familia, de romper con su vida pasada para seguir a Jesús.  Ellos, con esa manera de actuar, ejemplifican lo que significa de modo radical la invitación de Jesús: arrepiéntanse y crean en el Evangelio.  Pero ¿qué significa la promesa de Jesús de que llegarán a ser pescadores de hombres?  Una explicación sencilla es que Jesús les dice, síganme; conmigo también estarán ocupados pero no en capturar peces, sino en capturar hombres para Dios.  Síganme para que sean mis colaboradores en este anuncio del Evangelio que me propongo hacer.  Y ellos, dejando en la barca a su padre con los trabajadores, se fueron con Jesús.

Esta escena sigue siendo luz que ilumina nuestra situación ante Jesús.  No solo se ha cumplido el plazo de Dios, también el nuestro.  El plazo de Dios que se cumple crea el plazo de gracia para cada uno de nosotros.  Hay que aprovechar esos momentos en que Dios nos toca con su gracia, nos alienta con su Espíritu, nos cautiva con su belleza.  El Reino de Dios se ha hecho presente en Jesús, es el mismo Jesús que entrando en nuestra historia y nuestro tiempo nos convoca a encontrar el sentido y la consistencia de nuestra vida en él.  Nos convoca a creer en él que es el Evangelio, el buen mensaje de Dios.  Creemos en él siguiéndolo, convirtiéndonos en sus colaboradores para anunciar a otros lo que nosotros hemos conocido de Jesús.

Hay que dejarlo todo.  San Pablo nos explica en la segunda lectura de hoy qué significa para nosotros lo que hicieron aquellos discípulos que dejaron su oficio para convertirse en seguidores de JesúsAsí nos lo explica san Pablo: Les quiero decir una cosa: la vida es corta.  Y luego a continuación pone una serie de consecuencias: los casados que vivan como solteros, los que sufren como si estuvieran sanos, los que están alegres, también, sin darle importancia a esa alegría pasajera; los que compran y disfrutan de este mundo como si no tuvieran nada.  En la perspectiva de la vida que nos propone Jesús, nos damos cuenta de que el sentido y consistencia de nuestra vida ni se consolida por los éxitos y logros de este mundo ni se debilita o se pierde por los fracasos.  Nuestro horizonte de referencia es el mismo Dios y la vida eterna que esperamos.  En la perspectiva de Dios, esta vida temporal empequeñece y se acorta hasta perder en cierto modo su importancia.  Eso significa dejarlo todo, significa redimensionar el valor de todas las cosas temporales como lo que son: simples medios para alcanzar la realidad verdadera que es Dios.  No las podemos descuidar, porque el camino al cielo se hace en la tierra; pero no nos podemos entretener con las cosas del camino, olvidándonos del final, de modo que nunca lleguemos al lugar hacia donde conduce el camino por quedar entretenidos en las cosas del camino.

 
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