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Domingo 2° Ordinario

En la reflexión de hoy quiero centrarme en la segunda lectura, en la que san Pablo amonesta y enseña a los corintios sobre la fornicación y da unos esbozos de la comprensión cristiana del cuerpo y de la sexualidad humana.  El desarrollo de técnicas confiables y cómodas para separar los aspectos placenteros y afectivos de la sexualidad de su potencial generativo, trajo como consecuencia un cambio radical en el modo de vivir la sexualidad humana.  Vivimos actualmente en un mundo erotizado y en una cultura de gran libertad en el manejo de la sexualidad y de ilimitada tolerancia a las más variadas formas de ejercicio de la sexualidad humana, y es oportuno recordar el pensamiento de la Iglesia sobre el tema con el fin de asegurar que esa dimensión de nuestra existencia se desarrolle y se humanice y quede integrada en el proceso de santificación propio de los cristianos.  Sobre este tema, como sobre tantos otros de índole moral, la Iglesia desarrolla su pensamiento a partir de las cosas como son, a partir de la naturaleza.

En el pasaje de hoy, san Pablo urge a los corintios a evitar la fornicación.  Por fornicación entendemos la relación sexual entre un hombre y una mujer que no están casados entre sí ni tampoco con otra persona; si alguno de los dos o los dos estuvieran casados con otra persona, esa relación se llamaría adulterio.  Pablo sale al paso de una actitud de libertinaje que se propaga entre los corintios.  Algunos han llegado a la conclusión, de que como san Pablo predica la libertad cristiana, entonces todo está permitido.  Todo está permitido, concede san Pablo, pero no todo es conveniente.  Y aunque todo me esté permitido, no me dejaré dominar por nada (1Cor 6,12).  Los corintios argumentan que así como el estómago está para los alimentos, el sexo debe estar para el placer.  Pero no es así, dice san Pablo.  En cuanto al cuerpo, no es para la lujuria, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo (6,13).  Es evidente, que san Pablo corrige unas tendencias, una manera de ver las cosas contraria a la que corresponde a cristianos.  Y al decir que el cuerpo es para el Señor, indica que las reglas morales en torno a la sexualidad se deben entender a la luz de nuestra dignidad de hijos de Dios, templos del Espíritu Santo.

La Palabra de Dios se ha ocupado extensamente de la sexualidad humana en el Antiguo y en el Nuevo Testamento.  En el Decálogo, el sexto mandamiento dice no cometerás adulterio.  Este mandamiento en su literalidad tiene el propósito de proteger la familia, de proteger el matrimonio, de proteger el derecho del esposo o la esposa sobre su cónyuge.  Sin embargo, la Iglesia incluye, en la comprensión del sexto mandamiento, todas las otras formas de conducta sexual, que también se encuentran reglamentadas en otros lugares de la Biblia o que se deducen de una recta comprensión de la sexualidad humana.

¿Cuál es la comprensión de la sexualidad que propone la Iglesia?  Es una comprensión que se funda en la razón de ser de la sexualidad humana y en su naturaleza.  La sexualidad, en su propósito y fin natural, existe en función de la reproducción humana.  Cualquier texto de biología al exponer el funcionamiento de los órganos sexuales masculinos y femeninos hablará de los órganos de la reproducción, no de los órganos del placer.  Es decir el fin intrínseco y propio de la sexualidad humana es la reproducción.  Los aspectos placenteros y los afectivos propios de la atracción sexual existen en función de ese fin intrínseco.  En la comprensión que la Iglesia tiene de la sexualidad y del cuerpo humano ese fin y esa función no se pierde nunca ni puede ser sustituida por otras funciones.  

Ahora bien, la sexualidad humana no se reduce a pura biología.  Somos personas.  La sexualidad marca toda nuestra existencia como hombre o como mujer.  En el ser humano, la sexualidad tiene dimensiones afectivas, emocionales, psíquicas y hasta espirituales.  La sexualidad corporal nos da identidad como hombre y como mujer.  La atracción afectiva y emotiva recíproca que sienten el hombre y la mujer es expresión de la propia sexualidad.  El modo de situarnos ante Dios como hombre o como mujer está condicionado por nuestra sexualidad.  La Iglesia nos instruye a tener siempre una comprensión integral de la sexualidad humana y a que nuestra conducta sexual esté siempre guiada por esa comprensión integral.  Nunca se suprime ningún aspecto, ninguna dimensión.

Por su naturaleza, la sexualidad es complementaria.  Para cumplir su finalidad reproductiva, que es la razón de ser de la sexualidad, se requiere de un hombre y una mujer.  Por eso, en base a la comprensión de la naturaleza misma de la sexualidad, la Iglesia enseña que el único ejercicio legítimo y propio de la sexualidad es el que se da entre un hombre y una mujer.  Y como la sexualidad, por su naturaleza propia, está encaminada a generar hijos, y los hijos necesitan un ambiente estable para crecer y educarse, la Iglesia también enseña que el ejercicio de la sexualidad es recto y justo solo cuando el hombre y la mujer están comprometidos en una alianza de vida estable por el matrimonio, que garantiza la existencia de la familia, ambiente propio para la educación de los hijos.  Y como la sexualidad tiene aspectos generativos, afectivos, emocionales, personales y de relación mutua, el ejercicio de la sexualidad entre los esposos debe caracterizarse por ser expresión de su entrega, compromiso y amor mutuo.  De tal forma que una relación sexual entre esposos, marcada por la violencia y la fuerza, es una violación y un acto degradante.  De igual forma, una relación sexual entre esposos, como expresión de su amor y cariño, pero en la que se ha suprimido la capacidad generativa del acto sexual, es una relación deficiente, carente de integridad.  Por el contrario, cuando una pareja de esposos cristianos, bautizados y legítimamente casados, realiza el acto sexual sin suprimir su capacidad generativa de vida y como expresión del amor y la fidelidad mutua, ese acto sexual íntegro tiene rango sacramental, es la manera como los esposos comparten el amor entre Cristo y su Iglesia y es medio de santificación de los esposos.

A partir de esa concepción, todas las formas de ejercicio de la sexualidad que decaen y se apartan de esa forma modelo son, en consecuencia, deficientes y moralmente cuestionables.  La deficiencia será grave o leve según los casos.  La relación sexual fuera del matrimonio, a modo de juego o de comercio o de abuso de la otra persona, carece de calidad humana y de respeto al prójimo.  La revolución sexual causada por el descubrimiento de métodos para suprimir de la sexualidad su capacidad generativa tiene su estandarte en la aceptación social de la homosexualidad.  Este es un fenómeno complejo y que requiere acompañamiento pastoral.  Pero el juicio moral sobre la conducta homosexual depende en gran medida del juicio moral sobre la legitimidad ética de la capacidad generativa de la sexualidad.  Si es legítimo y válido suprimirla, ¿qué más da que la relación se dé entre hombre y mujer o entre parejas del mismo sexo, si lo que interesa ya solo es la expresión del afecto y el placer?  Igualmente el autoerotismo es un ejercicio truncado de la sexualidad en el que ya no hay ni fecundidad ni afecto hacia otra persona, sino solo placer.  La pederastia manifiesta tal agresión a los menores de edad que es un delito abominable.  No digamos nada de otras formas de ejercicio de la sexualidad que degradan a quienes las practican hasta los sustratos animalescos de nuestra existencia.

El recto ejercicio de la sexualidad humana requiere educación, disciplina, autogobierno, con el fin de humanizarla y santificarla.  Por eso afirma san Pablo: El cuerpo no es para fornicar, sino para servir al Señor; y el Señor, para santificar el cuerpo.  Glorifiquen, pues, a Dios con el cuerpo.  En la educación sexual que se promueve desde los organismos internacionales a través de los ministerios de educación y salud, por el contrario, la idea subyacente es que la sexualidad humana es irrefrenable, ingobernable, ineducable, y que por lo tanto, hay que facilitar los medios para que los niños y los jóvenes en el ejercicio sin frenos de su sexualidad indómita ni agarren una enfermedad ni causen embarazos imprevistos.  Eso es reducir la sexualidad al nivel del instinto animal.  La sexualidad humana es creación de Dios y dimensión central de la existencia personal.  Sepamos tomar distancia de las tendencias culturales actuales, para promover una educación y un ejercicio de la sexualidad que sea humano, integral y medio de santificación.

 
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