Horario Parroquial

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Solemnidad de Santa María, Madre de Dios

1° de enero de 2018 - Ciclo B

 

En la liturgia de la Iglesia, el año civil comienza con la mirada vuelta hacia la Virgen María, Madre de Dios. A los ocho días de haber celebrado el nacimiento humano del Hijo de Dios, celebramos a la madre que lo engendró, lo gestó y lo dio a luz, y a la que, por eso veneramos como Madre de la Iglesia. El año civil comienza bajo la protección maternal de María, que nos presenta a su Hijo Jesucristo, como luz de las naciones y salvador de la humanidad.

En estas fechas damos gracias a Dios por los beneficios recibidos durante el año que pasó y nos encomendamos a su providencia para el año que comienza. En esta fecha tomamos conciencia de los errores cometidos durante el año para pedir perdón, y pedimos fuerzas para desarrollar nuestros planes para el año que viene con responsabilidad y diligencia. En esta fecha deseamos un próspero año nuevo, casi como con un deseo de que la buena fortuna nos sonría, cuando en realidad la prosperidad del año que viene depende en gran medida del empeño y cuidado que pongamos en realizar los proyectos que hemos formulado.

Hemos escuchado en la primera lectura el texto de la bendición con la que los sacerdotes israelitas bendecían al pueblo. Se nos propone ese texto para esta misa de hoy, porque también nosotros deseamos ser bendecidos. Pero para nosotros los cristianos, esa bendición se ha enriquecido, pues si la bendición expresa el deseo de que el Señor haga resplandecer su rostro sobre ti, el rostro de Dios es Jesús que al hacer resplandecer su rostro sobre nosotros nos acoge con misericordia y perdón. Y si la bendición pide que el Señor te mire con benevolencia y te conceda la paz, esa paz no es otra que la que viene del reinado de Cristo entre nosotros.

Es bueno invocar la bendición de Dios sobre nosotros, pues sin su gracia y favor no podemos hacer nada; pero es erróneo esperar que de la bendición de Dios surja nuestro bienestar sin esfuerzo ni diligencia propia. Quiero referirme a tres retos que tenemos como país. Adoptar acciones encaminadas a resolverlos puede ser propósito de año nuevo.

El primero es la incertidumbre política; no sabemos para dónde vamos, no parece haber planes de gobierno ni dirección de la gestión del estado. El enriquecimiento propio y la corrupción sigue siendo el propósito de muchos en el sector público. El reto es complejo y el problema profundo. Pero desde el Evangelio y desde mi condición de obispo vuelvo a decir una vez más que no puede haber salud en la república si no hay ética y moral en los ciudadanos y los gobernantes. Hemos sacado la ética y la moral del quehacer ciudadano y en consecuencia de la gestión política. Y cuando eso ocurre, el único móvil que queda es el acaparamiento del poder para el beneficio propio. Tenemos que ponerle ética y moral a la vida ciudadana. En las cosas pequeñas, en las cotidianas, en las nuestras. Es un granito de arena, pero mejor ese granito que ninguno.

El segundo reto que tenemos como nación es la pobreza y la violencia que tienen como consecuencia la migración. La migración, con todos los beneficios económicos que trae a las familias y al país, es sin embargo el problema social y humano de más hondo calado y más profundas consecuencias. Nos debería preocupar que tanta gente joven tenga que emigrar hasta los Estados Unidos para encontrar la esperanza de un futuro mejor. Pero el único modo digno de evitar la migración es haciendo de Guatemala un país de oportunidades. Y el único modo de crear oportunidades es fomentando la libertad con responsabilidad moral, la inversión económica en un estado de derecho, la inclusión en una sociedad abierta. Demasiadas ideologías, privilegios sectoriales, prejuicios y añoranzas de un pasado irrecuperable nos hunden en la pobreza. La doctrina social de la Iglesia enseña los principios básicos de la convivencia social. Estos son: el respeto a la dignidad de la persona, el destino universal de los bienes, la búsqueda del bien común y el principio de sub- sidiaridad. La dignidad personal en la que fuimos creados por Dios se manifiesta en el ejercicio de la libertad con responsabilidad moral; el destino universal de los bienes de la creación se concreta en el acceso de toda persona al trabajo productivo; el bien común es el objetivo de toda gestión política digna de ese nombre y consiste en crear las condiciones legales, institucionales y sociales que permitan a las personas y organizaciones alcanzar sus fines; y el principio de subsidiaridad afirma el derecho de las familias, de las organizaciones sociales y de las instituciones a actuar con libertad sin verse coartadas por injerencias de poderes superiores y leyes que crean privilegios para unos y exclusión para otros. Si queremos combatir la pobreza, tenemos que actuar con principios.

Finalmente el tercer reto es la familia. La salud del país necesita familias sanas, integras, funcionales. La familia en nuestro país está seriamente golpeada y socavada. No le damos la importancia debida. La familia se divide por la migración, se socava por la inmadurez e irresponsabilidad de sus miembros, se debilita por las influencias ideológicas que la pervierten. Es tarea de nosotros los pastores de la Iglesia ayudar a los fieles católicos a formar familias que funcionen; los esfuerzos muchas veces se quedan cortos y no logran sus fines. Es responsabilidad de todos fortalecer nuestras familias. De todos los retos que he mencionado es el que está más al alcance de nuestro quehacer y empeño. Iniciemos el año con el propósito de hacer que nuestras familias estén más unidas, haya más respeto y más diálogo y comprensión, se reduzca la violencia y se incremente el perdón.

Pedimos la bendición de Dios sobre nosotros; respondamos a la bendición con propósitos de realizar acciones constructivas, las que estén a nuestro alcance en el ámbito en que podemos influir. En este día de la solemnidad de la maternidad divina de María, nos acogemos bajo el amparo y protección de la santa Madre de Dios, le pedimos que no rechace nuestras súplicas en nuestras necesidades, sino que con su intercesión nos libre siempre de todo peligro, ella la Virgen gloriosa y bendita. Amén.

 
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