Horario Parroquial

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Domingo dentro de la Octava de Navidad

Fiesta de la Sagrada Familia

La Iglesia ha instituido la fiesta de la Sagrada Familia de Jesús, María y José, para que demos gracias a Dios por nuestras familias y tomemos conciencia de la importancia de la familia, que es tanta, que hasta el Hijo de Dios para venir al mundo, lo hizo en el seno de una familia, constituida a partir del matrimonio de José y María. Quiero por lo tanto que esta homilía destacar los valores de la familia, anunciar su importancia y su belleza e invitar a todos a formar familias íntegras, sólidas y funcionales como camino de la propia santidad de sus miembros y camino también para una sociedad más sana y más humana.

La familia existe en función de los hijos. Un hombre y una mujer deciden compartir su vida para siempre, para apoyarse mutuamente ciertamente, pero para generar y educar a los hijos. Desde un punto de vista puramente biológico, puramente natural, para la reproducción humana solo hace falta que un hombre y una mujer tengan relaciones sexuales que resulten en la concepción de un hijo y que la mujer ahí se las vea sola después con su embarazo, su parto y la crianza inicial del hijo. Esto no es familia. Esto es puro ejercicio de la facultad reproductiva del ser humano. Lamentablemente es así como vienen al mundo muchos niños todavía hoy.

Afortunadamente, la evolución social del ser humano ha dado pasos, al considerar que es necesaria la colaboración del hombre y la mujer en el largo proceso de la gestación y educación de los hijos, y que esa colaboración entre ambos también los ayuda a crecer y madurar como personas al servicio de la sociedad. Afortunadamente también, la evolución social de la humanidad ha dado pasos hacia adelante para establecer que la relación sexual entre un hombre y una mujer se humaniza, se llena de sentido, si va más allá del puro acto reproductivo, en el que estamos al nivel de los animales, para ser expresión de un compromiso de vida juntos, para ser expresión de amor mutuo, para ser expresión de la voluntad de compartir la vida con el otro, en todas las otras dimensiones, más allá de la pura dimensión biológica de la reproducción. La evolución social de la humanidad llegó a descubrir que la relación estable, permanente y exclusiva de un hombre y una mujer para compartir la vida, para generar y educar a los hijos, para apoyarse unos a otros, e incluso acoger a otros miembros de la familia como los abuelos en el cuidado recíproco, es la forma más humana, más digna de encuadrar y humanizar la facultad reproductiva de los humanos.

Es bueno distinguir entre matrimonio y familia. El matrimonio es el acto público y social por el cual un hombre y una mujer se comprometen a compartir de allí en adelante su vida de modo permanente y exclusivo con el fin de generar y educar a los hijos y de apoyarse mutuamente. La familia es la comunidad de personas que surge del matrimonio, que incluye a los hijos y a veces a otros parientes cercanos, que conviven en una casa ayudándose unos a otros y como parte de una comunidad mayor. La familia es el lugar propio donde se generan los hijos que crecen sabiendo que son el fruto del amor de sus padres, que aprenden a conocerse y a estimarse a sí mismos porque se saben amados y queridos por sus padres y parientes. Familias así constituidas son la base de la sociedad.

Cristo santificó esta institución propia de la configuración social de la humanidad, y la asumió como modelo de su amor y entrega a la Iglesia. Entre los bautizados, la familia adquiere una dimensión sagrada porque es medio de salvación para los esposos pues los bautizados que se casan ponen su amor y proyecto de vida en manos de Jesucristo quien implica a los esposos en su propio amor por la humanidad.

Por esa participación en el amor de Cristo por la Iglesia y de la Iglesia por Cristo, los esposos cristianos reciben gracias especiales para fortalecer tres características propias de la familia. La primera característica es la unidad. En la relación de los esposos no caben triángulos ni cuadriláteros. Es uno con una, siempre. Las infidelidades son un pecado gravísimo llamado adulterio. La fidelidad no es cosa solo del matrimonio entre bautizados, sino que tiene raíz en el mismo respeto que se deben los cónyuges entre sí. La igualdad de dignidad del hombre y la mujer lo exige. Si en una etapa de la evolución de la familia fue posible a un hombre tener varias mujeres, ese arreglo llevaba implícita la idea de que la mujer no está a la par del hombre, sino que es una entre otras. La fidelidad en el amor y en el ejercicio de la sexualidad es signo de respeto mutuo, de valoración de la dignidad recíproca. Ser fiel al cónyuge es expresión de respeto, de amor, de seriedad en la relación. Es signo de madurez. La unidad del matrimonio y la familia se fomenta a través del diálogo y del perdón, que son como el cemento que mantiene a la pareja en unidad.

La segunda característica es la permanencia de la unión. El matrimonio entre un hombre y una mujer es para siempre, porque el amor de Cristo por su Iglesia es también para siempre. Por eso para casarse en cristiano hay que prepararse, porque es un proyecto de vida compartido para siempre. Una de las causas más frecuentes de los fracasos matrimoniales es la ligereza, la inmadurez con que se asume el proyecto sin medir el alcance. La indisolubilidad del matrimonio es una llamada a ambos cónyuges a tomarse en serio en el proyecto de vida compartido; no hay salida por la puerta de atrás ante los conflictos, sino el diálogo, la superación, la maduración. Jesús afirmó repetidas veces esta característica del matrimonio al decir que el hombre o la mujer que se divorciara de su cónyuge y se casara con otro comete adulterio. Al hacer esa declaración Jesús afirmaba que el divorcio no anula el compromiso inicial. Esta ha sido enseñanza constante de la Iglesia. Actualmente personas con autoridad cuestionan esta enseñanza o le ponen excepciones, para decir que en algunos casos quizá sea posible afirmar que parejas formadas por personas que anteriormente estuvieron casadas con otras estén en paz con Dios. Yo no veo —lo digo claramente— cómo esas opiniones cuadren con las palabras de Jesús que declara esas nuevas uniones adulterio ni veo cómo esa nueva opinión esté en continuidad con la enseñanza perenne de la Iglesia. El sufrimiento de las parejas formadas por divorciados vueltos a casar, porque no pueden acercarse a la comunión ni a la vida plena de los sacramentos es real, pero la declaración de Jesús que califica esa relación como adulterio también es real, y no hay autoridad en la Iglesia que pueda corregir a Jesús y cambiar el evangelio. Esas parejas deben ser acompañadas y tomadas en cuenta para que crezcan en la oración, el perdón mutuo, el servicio al prójimo y el seguimiento de Jesús, de modo que llegue el día en que logren tal grado de espiritualidad que puedan abstenerse de relaciones íntimas y así participar en los sacramentos de la Iglesia. Y por supuesto, es necesario ofrecer mejor acompañamiento a las parejas en crisis para evitar los divorcios y reforzar y ampliar la formación de los jóvenes para el matrimonio y tener el valor para postergar el matrimonio sacramental de quienes por su inmadurez son incapaces de asumirlo en el presente.

Finalmente, la tercera característica del matrimonio es la fecundidad. Actualmente es una cualidad negada, postergada, disminuida. Uno se encuentra con la paradoja de tratar con una pareja que sufre porque no puede tener un hijo y luego tratar con otra que está poniendo todos los medios para no tener ninguno. Esta es una característica tan esencial al matrimonio, que las parejas que, al casarse, tienen el propósito de no tener hijos, se casan inválidamente, su matrimonio es nulo mientras conserven el propósito. Porque la familia existe en función de la generación y educación de los hijos. Hoy es posible suprimir el poder generativo de la sexualidad y quedarse solo los aspectos unitivos y placenteros. Pero si esto fuera legítimo y ético, entonces se cambiaría la naturaleza de la sexualidad y ya no habría razones para exigir que su ejercicio sea solo entre un hombre y una mujer o solo dentro del matrimonio, si al fin y al cabo de ningún modo habrá hijos. Es para pensarlo.

La fecundidad del matrimonio es participación en la capacidad creadora del mismo Dios. Es la cualidad más extraordinaria del matrimonio. La fecundidad es el amor mutuo de los cónyuges que genera vida. El ejercicio responsable de la fecundidad exige crecimiento y madurez de los esposos para que la sexualidad pase de ser una pura urgencia instintiva ingobernable a ser una expresión del amor y del respeto mutuo. Pero la fecundidad se extiende más allá del acto generativo. La fecundidad crea la familia. La fecundidad generativa se prolonga en el amor para cuidar y educar a los hijos, acompañarlos en su crecimiento, transmitirles la fe y la cultura, hasta que lleguen a ser personas libres y responsables. Esta es la finalidad de la familia, es su misión más duradera, su tarea más noble.

Esta es la belleza de la vocación al matrimonio cristiano para formar familias sólidas, duraderas, incluyentes y amables en las que crezcan personas maduras, responsables, que contribuyen al bien de la sociedad. En una homilía no se puede decir todo ni matizar mejor algunos conceptos. Dios quiere que las familias que se forman a partir del matrimonio sean espacios de gracia y de amor, lugar donde Él se haga presente para que los miembros de la familia sean cada vez más humanos y mejores personas y lleguen a ser santas. Asumamos la responsabilidad de formar familias que son base de la sociedad y de la misma Iglesia. La salud de la familia es clave para el futuro de la humanidad.

 
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