Horario Parroquial

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Solemnidad de la Navidad del Señor
Misa de “Medianoche”

Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado.  La conmemoración de ese nacimiento nos congrega esta noche.  Nuestros abuelos en la fe asistían a esta misa literalmente a la medianoche, pues según cuenta la parábola de las muchachas previsoras y negligentes, a medianoche se oyó un grito: “Ya llega el esposo, salgan a su encuentro”.  Como si de un ensayo final para el encuentro con el Señor que viene a salvarnos, aquellos cristianos de antaño decidieron salir con sus lámparas encendidas y bien provistas de aceite a recibir espiritualmente al Señor que llega a nosotros en la conmemoración de su nacimiento.  Hoy nosotros hemos perdido la sensibilidad a esos símbolos que expresan nuestra esperanza y ya no le vemos mucho sentido a eso de venir medianoche a encontrarnos con Jesús que viene en la misa, como un ensayo para la segunda venida, ―aparte de que tememos el frío y nos preocupa la seguridad.  Pero sí le vemos mucho sentido a santificar el inicio de esta noche con esta santa eucaristía.  A nosotros nos habla mejor el símbolo de la luz en medio de las tinieblas.  Nos aplicamos con gusto la primera frase de las lecturas de hoy: El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz, sobre los que vivían en tierra de sombras, una luz resplandeció.

Ahora bien, el Niño, ya no es niño.  Murió y resucitó por nosotros y esta eucaristía con la que conmemoramos su nacimiento es actualización de su muerte y resurrección.  La fe y la liturgia traslapan acontecimientos y misterios.  Para celebrar el nacimiento del Hijo de Dios realizamos el sacramento que conmemora su muerte y resurrección.  Y así como pastores y magos se postraron en adoración ante el Niño nacido de María en Belén, nosotros nos arrodillamos en adoración ante el pan y el vino consagrados, Presencia viva y verdadera de quien es a la vez Hijo de María e Hijo de Dios.  La misma Palabra de Dios, al describir a ese Niño que nos ha nacido utiliza palabras y conceptos que corresponden al Señor glorificado: Lleva sobre sus hombros el signo del imperio y su nombre será: “Consejero admirable”, “Dios poderoso”, “Padre sempiterno”, “Príncipe de la Paz”, para extender el principado con una paz sin límites sobre el trono de David y sobre su reino.

La Navidad se nos puede volver tremendamente sentimental o, peor aún, cuento infantil, si solo nos fijamos en la ternura que reflejan las imágenes de los “Niños Jesús” que adornan las iglesias, los nacimientos y las imágenes de Navidad.  La Navidad, ciertamente es el misterio de nuestra fe que más fácilmente cautiva la imaginación de los niños y por eso la Navidad y los nacimientos son excelente oportunidad para instruir a nuestros niños en la fe, si nos detenemos a explicar el significado de las figuras principales y centrales de Jesús, María y José, los ángeles, los pastores y los magos.  Las pastorelas y representaciones del nacimiento de Jesús son por eso una excelente catequesis infantil.  Pero los adultos debemos ir más allá de la historia infantil.

El Hijo de Dios, eterno e inmortal, se ha hecho humano y mortal para dar su vida por nosotros.  Los resultados verosímiles de las investigaciones para determinar por qué celebramos el nacimiento de Jesús el 25 de diciembre, nos permiten penetrar en la profundidad del acontecimiento que hoy celebramos.  No tenemos ningún documento que atestigüe la fecha del nacimiento de Jesús y tampoco sabemos la fecha de su muerte.  Pero según los evangelios, Jesús murió en una pascua judía.  En el siglo III después de Cristo, los cristianos de aquella época se interesaron por ponerle fecha a la muerte de Jesús, y con los cálculos y observaciones astronómicas rudimentarias de aquella época determinaron que una probable fecha de la muerte de Jesús fue un 25 de marzo; nuestros cálculos actuales se inclinan más bien hacia el 6 o 7 de abril.  Pero quedémonos con el 25 de marzo.  Como, según el razonamiento teológico, en el Hijo de Dios hecho hombre todas las cosas son cabales, su concepción debió ocurrir el mismo día de su futura muerte, por lo que su nacimiento debió ser nueve meses exactos después, el 25 de diciembre.  Es decir, que la fecha de la Navidad fue establecida a partir de la fecha de la muerte de Jesús en la cruz, porque su muerte está implicada en su nacimiento.  En cierto modo Jesús nació para morir por nosotros.  Gran misterio del amor de Dios, que tanto amó al mundo, que le dio a su único Hijo, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3,16).

Por eso, en esta misa, la segunda lectura hace una alusión clara y firme a la misión redentora de Jesús: Él se entregó por nosotros para redimirnos de todo pecado y purificarnos, a fin de convertirnos en pueblo suyo, fervorosamente entregados a practicar el bien.  El Niño cuyo nacimiento conmemoramos hoy con alegría y gozo, nació para santificarnos, para que seamos junto con él hijos de Dios, no por naturaleza como él, sino por adopción gracias al don de su Espíritu Santo.  La gracia de Dios se ha manifestado para salvar a todos los hombres y nos ha enseñado a renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos, para que vivamos, ya desde ahora, de una manera sobria, justa y fiel a Dios, en espera de la gloriosa venida del gran Dios y Salvador, Cristo Jesús, nuestra esperanza.

Cantemos al Señor un canto nuevo, el canto de nuestra vida santa y nuestra vida humilde.  Cantemos al Señor y bendigámoslo, con el canto de nuestro testimonio de fe, de nuestras obras de misericordia, de nuestra esperanza perseverante.  Proclamemos su amor día tras día, perdonando al que nos ofendió, abrazando con la paz al que se nos distanció.  Salten de gozo el campo y cuanto encierra, manifiesten los bosques regocijo, porque el Niño que nos ha nacido ha llenado nuestro mundo con su divinidad, ha consagrado la creación con su sangre, la ha fecundado con su Espíritu para darle la esperanza de la plenitud.  Justicia y rectitud serán las normas con las que rija a todas las naciones. Por eso, nosotros que pertenecemos a su Reino y lo tenemos por nuestro Rey y Señor, debemos ser agentes de su justicia y de su paz en el mundo.  Que el Señor los bendiga y los llene con su alegría y con su paz.  Que al celebrar esta misa y después al salir a nuestras casas, vivamos en este mundo como ciudadanos de su Reino.  Seamos testigos de su amor, de su justicia y de su paz.  Ese será el modo de mostrar que tenemos por rey al Niño que nos ha nacido hoy.

 
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