Horario Parroquial

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Domingo 4° de Adviento

Cielos, destilen el rocío; nubes, lluevan la salvación; que la tierra se abra, y germine el Salvador.  Esa es la súplica en la antífona de entrada de la misa de hoy.  Es un texto que no se lee ni se canta usualmente, pero ahí está.  Es una petición al cielo, a las nubes, a la tierra, para que de ellas surja el Salvador.  La tierra de la que surge el Salvador es la Virgen María; el cielo que destila rocío y las nubes que llueven la salvación son el mismo Dios, que al enviar su Espíritu Santo sobre la Virgen María la fecunda con la fecundidad de Dios, para que el hombre que de ella va a nacer sea también el Hijo de Dios.

La escena de la anunciación del ángel Gabriel a la Virgen María es también una catequesis sobre la identidad de Jesús.  A medida que el ángel le explica a María quién será el Hijo que de ella va a nacer, también nos lo explica a nosotros, para que así como la Virgen dijo he aquí la esclava del Señor, nosotros proclamemos con san Pablo: al Dios único, infinitamente sabio, damos gloria, por Jesucristo, para siempre.  Amén. 

Cada detalle del relato evoca una enseñanza.  El primer personaje en escena es el ángel Gabriel.  Este emisario también fue enviado a Zacarías y antes al profeta Daniel.  Es el mensajero de buenas noticias de parte de Dios.  La sola mención del personaje nos hace saber que sus palabras anuncian designios de salvación.

El mensajero se dirige, sin embargo, a una virgen desposada con un varón de la estirpe de David, llamado José.  La virgen se llamaba María.  Es un enorme contraste, según la lógica humana, la excelsitud del mensajero y la humildad de la destinataria del mensaje.  Vive en un pueblo hasta entonces desconocido, refundido entre las montañas, llamado Nazaret.  Aunque el evangelista la llama ciudad, no era entonces sino una aldea.  El evangelista subraya la condición de la mujer.  Es todavía virgen, aunque está desposada con José, de la estirpe de David.  Pero esa noble ascendencia no impedía que ahora, ese descendiente lejano del rey, fuera un artesano en proceso de establecer una familia.  San Lucas ya no habla más de él sino cuando menciona su viaje a Belén acompañado de María con motivo del censo que lo obliga a empadronarse en la ciudad de sus ancestros.  San Lucas destaca el hecho de que María es todavía virgen, porque quiere inculcarnos, a los que escuchamos su historia, que la concepción de Jesús fue extraordinaria y excepcional.

El ángel inicia el diálogo con un saludo.  La primera palabra ¡alégrate!, no tiene nada de extraordinario.  Es la forma usual del saludo en griego, aunque seguramente el ángel le habló a María en arameo.  La última frase, tampoco es insólita: el Señor esté contigo, es una frase de bendición típica en la Biblia, y que es la forma usual de saludo en la misa.  Pero la parte media es extraña: llena de gracia.  Literalmente, plenamente agraciada por Dios.  La expresión da a entender que ya desde antes de ese momento María goza del favor de Dios.  Por eso decimos que Dios la eligió desde su concepción.  La muchacha naturalmente se extraña.  ¿Qué clase de saludo es ese?  María comienza a descubrir algo acerca de sí misma que hasta entonces no sabía.  Pero esa elección previa de María nos muestra la profundidad del designio de Dios.  Lo que aquí comienza a acontecer en el tiempo es la realización de un designio eterno.  El misterio, mantenido en secreto durante siglos, ahora, en cumplimiento del designio eterno de Dios, queda manifiesto para atraer a todas las naciones a la obediencia de la fe.  Estamos pues ante un acontecimiento cumbre del designio salvador de Dios.

El ángel le asegura has hallado gracia ante Dios.  Dios se ha fijado en ella, de modo que va a concebir y a dar a luz un hijo al que debe ponerle el nombre de Jesús.  Hasta allí, ese anuncio se parece a otros del Antiguo Testamento.  Pero lo que sigue describe la identidad muy propia de Jesús: Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y él reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reinado no tendrá fin.  Cualquier judío hubiera entendido en las palabras del ángel que ese Hijo que se le prometía a María sería el Mesías esperado, por una parte descendiente de David, por otra Hijo del Dios altísimo, por otra más, rey de un reinado sin fin.  El ángel indica el nombre que se le debe dar al niño, pero no explica lo que significa el nombre.  El nombre “Jesús” significa “el Señor salva”.  Por lo tanto el Niño será el Mesías salvador que establece el reino de Dios que no tiene fin.  Esa es un ámbito de plenitud, de salvación.  Este es el primer rasgo de identidad de Jesús.  Él es el ejecutor y realizador el Reino de Dios, y cuando Dios reina, los hombres alcanzamos la salvación.  Jesús es nuestro salvador.

María queda perpleja.  ¿Cómo voy a dar a luz si no tengo relaciones íntimas con ningún hombre?, pregunta María.  Pero nosotros nos preguntamos, ¿no estaba desposada con José?  ¿No pensaban tener relaciones conyugales?  ¿Había entre ellos un pacto de abstinencia sexual, un pacto de virginidad, como dicen algunos comentaristas?  De todas formas, la pregunta le ofrece al ángel la oportunidad de explicar que la concepción será extraordinaria, será obra del Espíritu Santo, que actuará en ella creadoramente, de modo que el hijo que ella concebirá será Santo, y será llamado Hijo de Dios. Este es el segundo rasgo de la identidad de Jesús.  No solo el salvador, sino el Hijo de Dios y precisamente por eso salvador del pecado y de la muerte.  El Niño que va a nacer es Dios hecho hombre.  Su concepción virginal por obra del Espíritu Santo apunta a su identidad como Hijo de Dios.  A imitación suya y de manera análoga, nosotros nacemos como hijos adoptivos de Dios por el bautismo y por obra del Espíritu Santo en nosotros.

Finalmente María se somete al designio de Dios.  Yo soy la esclava del Señor; cúmplase en mí lo que me has dicho.  Con esas palabras María, mujer extraordinaria, expresa su total disponibilidad a Dios, se somete a los designios de Dios a favor de la humanidad que implican su colaboración.  Ella nos enseña y nos motiva a acoger nosotros también los designios de Dios en la persona de Jesús; debemos poner nuestra confianza en Dios y dejarnos implicar en su designio de amor y proclamar sin cesar las misericordias del Señor.

 
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