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Domingo de Adviento

El tema de la alegría resuena con particular insistencia en la liturgia de este domingo. Aunque prestamos poca atención a ese texto y casi nunca se lee, la misa de hoy se abre con la antífona de entrada que dice: Estén siempre alegres en el Señor, les repito, estén alegres. El Señor está cerca. Luego, en la primera lectura, el profeta Isaías, después de declarar que ha sido enviado para anunciar buenas noticias, noticias gozosas, declara: Me alegro en el Señor con toda el alma y me lleno de júbilo en mi Dios, porque me revistió de vestiduras de salvación. El estribillo del salmo responsorial, haciéndose eco de las palabras de la Virgen María, nos invitaba a repetir mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador. Finalmente, san Pablo escribe a los tesalonicenses y los anima a la alegría: Vivan siempre alegres, oren sin cesar, den gracias en toda ocasión, pues esto es lo que Dios quiere. El único texto más sobrio, más parco, menos exultante resulta ser el evangelio que nos presenta a Juan el Bautista, que da testimonio de que no es él el enviado, sino otro que viene detrás de él, tan grande, que él no se considera digno de abajarse ante él para desatarle las correas de sus sandalias.

Nos preguntamos: ¿por qué insiste hoy la liturgia en el tema de la alegría? Porque en realidad todo el adviento es un tiempo imbuido e impregnado de alegría y gozo de saber que Dios está cerca de nosotros, que Jesús se acerca a nosotros para salvarnos. Pero este domingo la liturgia quiere destacar la importancia de ese sentimiento. Yo suelo decir que la alegría es la dimensión afectiva, emotiva, de la experiencia de la salvación. Hay que observar que en los textos bíblicos, la alegría siempre hace referencia a Dios. Quien se siente salvado porque tiene a Dios cerca y su vida tiene sentido; quien se sabe amado por Dios y por eso está lleno de esperanza y seguridad; quien sabe de dónde viene y para dónde va, porque ha encontrado en Dios el fundamento y la meta de su vida; esa persona está llena de alegría. Es posible que sufra una enfermedad, o que sea pobre, o que tenga que enfrentar adversidades y limitaciones. Ninguna de estas cosas le causará inquietud ni le quitará la alegría. Pues la alegría que viene de Dios no consiste en tener abundancia las múltiples cosas deseables, ni consiste en no sufrir ningún mal o adversidad; la alegría que viene de Dios consiste en saber que nuestra vida tiene sentido y consistencia porque Dios está cerca y nos ama.

¡Qué contraste con la alegría del mundo! El mundo nos quiere hacer creer que la alegría consiste en tener cosas. Y por eso la propaganda comercial nos mete por los ojos los múltiples productos en oferta con el mensaje oculto de que si solo lográramos adquirir el producto, seríamos más felices de lo que ahora somos. El mundo también nos propone otro camino para su alegría: consiste en olvidar momentáneamente los problemas, los sufrimientos y la adversidad. Por eso el mundo nos ofrece entretenimiento, distracción y diversión como fuente de alegría, por medio de toda clase de espectáculos, juegos, pasatiempos que atraen nuestra atención desviándola de las preocupaciones que nos pesan. Por supuesto, que también el alcohol y las drogas son medios eficaces de olvidar los problemas y buscar una felicidad ilusoria. El mundo también nos propone que la alegría consiste realmente en el placer, confunde las dos cosas. Y nos propone toda clase de placeres, algunos burdos y groseros y otros más refinados y cultivados, pero de lo que se trata es de excitar los sentidos, el tacto, el gusto, el olfato principalmente con sensaciones placenteras. Lamentablemente todos estos intentos de encontrar la alegría al final nos dejan vacíos. Ni el que tiene, ni el que se distrae ni el que se deleita en el placer encuentra la alegría duradera. Pasará un rato agradable, experimentará sensaciones nuevas y estimulantes, podrá presumir de tener algo que siempre deseó y que quizá otros no pueden tener, pero al final se quedará vacío. Pues la verdadera alegría surge de saber que la vida tiene sentido porque está sostenida por el amor que Dios nos tiene y que no se acaba nunca.

El cántico de la Virgen María, que hoy ha sido el salmo responsorial, lo explica bien claramente. La Virgen María declara que su espíritu está lleno de júbilo, no por otra cosa, sino porque Dios se fijó en ella. Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador, porque puso los ojos en la humildad de su esclava. Igualmente, la Virgen María anuncia y prevé que las generaciones que vendrán después la proclamarán dichosa y feliz, no por algo que ella hubiera logrado, no por riquezas que hubiera alcanzado, no por la fama que disfrutará, sino porque ha hecho en mí grandes cosas el que todo lo puede. Santo es su nombre. Porque Dios actuó en ella, le estuvo cerca, la eligió como parte de su designio de salvación, —eso, la obra de Dios en ella es la que nos mueve a llamarla bienaventurada, dichosa, y llena de alegría.

El adviento es particularmente un tiempo apto para orientarnos hacia la verdadera alegría, pues es el tiempo en que proclamamos que Dios está cerca, que Jesús viene a salvarnos. Nuestro Dios no es un dios lejano, recóndito, distante y absorto en sí mismo. Dios ciertamente es infinitamente más grande que nosotros, sin embargo, se inclina hacia nosotros con su amor. Nos envió y nos enviará todavía a su Hijo Jesucristo quien en su primera venida estableció el camino de la salvación y en su segunda venida la llevará a término. Sobre todo, Dios está cerca de nosotros, más bien dentro de nosotros, por medio de su Espíritu Santo que es Dios comunicado al corazón humano. Allí donde está el Espíritu Santo hay alegría, quien experimenta la presencia del Espíritu sabe que su vida tiene consistencia y sentido y por eso la alegría embarga su ser.

Para estas fechas nos deseamos una Navidad feliz, un año nuevo próspero. Tomemos en serio la invitación a la alegría de los pasajes bíblicos de hoy. Dejemos que en Navidad, Jesús se acerque a nosotros; dejémonos llenar de la presencia del Espíritu; hagamos espacio para Dios en nuestra mente, en nuestra alma, en nuestro ser, para que de verdad gocemos de la auténtica alegría, que es anticipo del cielo y garantía de nuestra salvación.

 
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