Horario Parroquial

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Domingo 2° de Adviento

El apóstol san Pedro, en la segunda lectura de hoy, nos hace una advertencia muy sabia: No olviden que para el Señor, un día es como mil años y mil años, como un día.  Es una advertencia que compara el “tiempo” de Dios con el nuestro.  Dios tiene otro “tiempo”, que no se puede comparar con el nuestro; ese “tiempo” de Dios también lo llamamos “eternidad”.  Es un tiempo que no pasa, que es todo presente y que es todo él plenitud.  Lo que a nosotros nos parece un tiempo largo, como mil años, para Dios es como un día; y lo que a nosotros nos parece un tiempo breve, como un día, para Dios es un presente que no pasa.  La advertencia del apóstol tiene dos propósitos.  Por una parte nos invita a colocarnos ante la eternidad de Dios con humildad, con sencillez, con total disponibilidad; la eternidad de Dios no tiene correlación con nuestro tiempo efímero, fugaz, transitorio. 

Por otra parte, y a la inversa, la advertencia del apóstol nos previene contra la pretensión de meter a Dios en nuestros cálculos, someterlo a nuestras previsiones, ponerlo a nuestro servicio.  No podemos agendar las decisiones de Dios para que se ejecuten según nuestras previsiones; somos más bien nosotros los que debemos ajustar nuestra agenda a la de Dios; nuestro tiempo a su eternidad; nuestra fugacidad a su permanencia.  En concreto, no podemos hacer cálculos de cuándo ha dispuesto Dios que Jesucristo cumpla el propósito de dar culmen y plenitud a la salvación iniciada; no podemos calcular su segunda venida.  Si nos parece que se atrasa según el cómputo que nosotros hacemos del tiempo, eso no significa que a Dios se le olvidó o la retrasó. Si han pasado veinte siglos desde que Jesucristo subió a los cielos con la promesa de que un día volvería, y todavía no lo ha hecho, eso no significa que cambió de planes, sino que su “tiempo” no es como el nuestro.  Para el Señor, un día es como mil años y mil años como un día.

La “tardanza” del Señor más bien nos revela otra realidad.  Es manifestación de otra cualidad divina.  No es que el Señor se tarde, como algunos suponen, en cumplir su promesa, sino que les tiene a ustedes mucha paciencia, pues no quiere que nadie perezca, sino que todos se arrepientan.  Lo que a nosotros nos parece tardanza, es manifestación de la amplitud de la misericordia divina; lo que nos parece retraso es revelación de su paciencia con nosotros pecadores, para que nos arrepintamos, para que nadie perezca, sino que todos entremos en su plenitud.  Esa es nuestra esperanza.  Nosotros no dejamos de declarar, con las palabras del Credo, “y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin”.  Ese designio, esa promesa permanece firme.  Nuestra preocupación no debe ser la de calcular el tiempo de su cumplimiento.  El día del Señor llegará como los ladrones, sin avisar previamente.  Nuestra preocupación debe ser más bien, ¿cómo debo actuar y comportarme ante el hecho de que Jesucristo vendrá a juzgar mis acciones, nuestras acciones, para que yo también participe finalmente en su reino?

Al final del Credo hacemos la siguiente declaración:  “Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro”.  Esa declaración significa que para nosotros este mundo y este tiempo ni es la única realidad que hay, ni es la realidad definitiva.  Este mundo y este tiempo tal como los conocemos son transitorios.  Los cielos desaparecerán con gran estrépito, los elementos serán destruidos por el fuego y perecerá la tierra con todo lo que hay en ella.  Nosotros confiamos en la promesa del Señor y esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva, en que habite la justicia, es decir, la santidad, la salvación.  Por lo tanto, nuestro esfuerzo, nuestro empeño, nuestro propósito e intención debe ser siempre ¿qué debo hacer, cómo debo vivir para ser parte de ese nuevo mundo definitivo y no perecer con este transitorio?  Es la misma pregunta que aquel joven le hizo a Jesús: ¿Qué debo hacer para alcanzar la vida eterna? 

Por eso san Pedro nos exhorta: Piensen con cuánta santidad y entrega deben vivir ustedes esperando y apresurando el advenimiento del día del Señor.  Apoyados en esta esperanza, pongan todo su empeño en que el Señor los halle en paz con él, sin mancha ni reproche.  En este propósito se inscribe el ministerio de san Juan Bautista, del que nos habla hoy el evangelio.  Él también exhortaba a sus contemporáneos a vivir de cara a la venida del Señor: Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos.  Ya viene detrás de mí uno que es más poderoso que yo, uno ante quien no merezco ni siquiera inclinarme para desatarle la correa de sus sandalias.  Si lo que nos parece tardanza de Dios para cumplir sus promesas es en realidad manifestación de su paciencia para que nos convirtamos, entonces nuestra única respuesta auténtica debe ser el propósito de crecer en santidad. 

El primer paso para crecer en santidad consiste en acoger la llamada de Jesucristo y abandonar nuestros pecados.  Este primer paso se prolonga a lo largo de toda la vida a medida que vamos eliminando pecados graves, luego los leves, luego las faltas.  Pero el crecimiento en la santidad no consiste solo en evitar pecados.  Es también crecimiento en la caridad, en la obediencia a los mandamientos, crecimiento en la rectitud de la conducta.  Crecemos en santidad en la medida que ajustamos nuestra voluntad y libertad a la de Dios y de su ley.  Pero la plenitud de la santidad consiste en identificarnos con Jesús por medio de la gracia y los sacramentos.  Sobre todo en la eucaristía, Jesucristo nos hace su Cuerpo, nos identifica con él e impregna nuestra existencia con su divinidad.  Entonces podremos decir con el salmo: Está ya cerca nuestra salvación y la gloria del Señor habitará en la tierra.  Quien vive aquí en la tierra unido a Dios y a Jesucristo de esa manera ya no tiene ningún temor, sino que más bien desea ardientemente que esa comunión de vida quede firme para siempre.  Piensen con cuánta santidad y entrega deben vivir ustedes esperando y apresurando el advenimiento del día del Señor.

En este tiempo de Adviento nos preparamos para celebrar la Navidad, como si el 25 de diciembre fuera el día de la Segunda venida del Señor.  La memoria agradecida y festiva de su primera venida nos motiva a anticipar con el deseo el día de su Segunda Venida, para vivir con alegría, responsabilidad, santidad y esperanza todos nuestros días.  

 
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