Horario Parroquial

Misas

Lunes a Sábado:
8: 00 am y 6:30 pm

Domingos y Festivos:

8:00 am, 9:30 am,
11:00 am y 12:30

6:30 pm, 8:00 pm

Confesiones

Lunes, Miércoles, Viernes:
7:45 am - 8: 15 am

Martes, Sábado:
6:00 pm - 6:30 pm

Oficina

Lunes a Viernes

8:30 am - 12:00 m

2:30 pm - 5:00 pm

Adoración al Santísimo

Lunes - Viernes:

7:00 am - 6:00 pm

Domingo 1° de Adviento

Iniciamos con este domingo el hermoso tiempo del adviento.  Digo que es hermoso porque es un tiempo de esperanza, y la esperanza es la principal causa de la alegría del hombre.  Quien tiene esperanza sabe que tiene futuro y quien sabe cuál es su futuro vive seguro, y quien tiene seguridad, disfruta de la alegría.  Mientras que el futuro normalmente nos resulta amenazante, porque no sabemos lo que traerá, para el creyente, el futuro tiene una certeza: Dios nos dará la vida, nos colmará con su plenitud y se verá cumplida nuestra alegría.  Adviento es el tiempo para contemplar esas promesas de Dios y alegrarnos anticipadamente en ellas.  Es verdad que el adviento es el tiempo para preparar la Navidad.  Pero nos preparamos a conmemorar el nacimiento de Jesús, deseando estar con él, deseando que él venga a nosotros, anhelando que se cumplan sus promesas, anticipando su venida futura acogiéndolo en su Palabra y en la Eucaristía.

Las lecturas que la Iglesia nos propone para este domingo nos ayudan a expresar estos sentimientos propios de adviento.  El pasaje de Isaías que hemos escuchado en primer lugar es una oración.  El profeta le habla a Dios y se lamenta primero que Dios haya permitido que nos alejáramos de él, y luego le suplica que venga, que baje del cielo y esté con nosotros: ¿Por qué, Señor, nos has permitido alejarnos de tus mandamientos y dejas endurecer nuestro corazón hasta el punto de no temerte?  ¿Por qué no te nos muestras claramente de modo que sea más fácil obedecerte y cumplir tu voluntad?  ¿Por qué nos escondes tu rostro y nos haces pensar que tú no existes, que estamos solos, de modo que dejamos de respetarte y hagamos lo que está mal?  Nadie invocaba tu nombre, nadie se levantaba para refugiarse en ti, porque nos ocultabas tu rostro, nos dejabas a merced de nuestras culpas.  Hay en el corazón humano un deseo de plenitud y de felicidad que es el deseo de Dios, de estar con él, de que él llene nuestro ser.  Ojalá rasgaras los cielos y bajaras, estremeciendo las montañas con tu presencia.  Pero nosotros sabemos que Dios ya rasgó el cielo y bajó y puso su morada entre nosotros; y sabemos también que ha prometido venir de nuevo para llevar a plenitud la salvación que ya comenzó en nosotros.  Mientras tanto, lo deseamos, tendemos hacia Él, lo buscamos en la oración y lo abrazamos con el afecto.

Hay quien califica estos pensamientos de evasivos, de ilusorios, incluso hasta de irresponsables, pues la tarea humana está aquí en la tierra, aquí están los problemas que debemos resolver y cualquier “pérdida de tiempo” en esas fantasías es una traición a la realidad.  Quien piensa de ese modo tiene un concepto de “realidad” muy limitado.  Circunscribe la “realidad” a las cosas que transcurren en este mundo.  Pero la “realidad” de la que hablamos los creyentes incluye, pero va más allá de los acontecimientos históricos y temporales.  Es más, los creyentes afirmamos que las realidades históricas y temporales adquieren su sentido desde esa otra dimensión de la realidad que es Dios mismo, su amor por nosotros, su designio de vida eterna, su Reino, que realiza a través de la obra de Jesucristo.  Es bueno y es necesario llevar el pensamiento y el corazón, con frecuencia, a ese otro ámbito de la realidad; no para evadirnos de esta, sino para comprenderla en su justa dimensión, dirigirla en su orden propio y vivirla con esperanza y sentido de vida.  El martes pasado, el Oficio de Lecturas de la Liturgia de las Horas, ofrecía para la meditación un sermón de san Agustín, en el que hablaba de las cosas del cielo.  Así concluía san Agustín el sermón: “Noto cómo los sentimientos de ustedes se elevan junto con los míos hacia las cosas celestiales… Ha llegado ya el momento en que yo tengo que dejar el libro santo y ustedes tienen que regresar cada uno a sus ocupaciones.  Hemos pasado un buen rato disfrutando de una luz compartida, nos hemos llenado de gozo y alegría; pero aunque nos separemos ahora unos de otros, procuremos no separarnos de Él”.  Y es que contemplar las cosas que Dios nos promete, la vida eterna y la alegría sin fin que será nuestra situación cuando estemos con Él es el propósito de la liturgia y es el aliento que todos necesitamos “para regresar cada uno a sus ocupaciones” en este mundo y orientar en ellas nuestra vida según la esperanza que Dios ha puesto en nuestro corazón.

Son estas experiencias de Dios las que nos permiten permanecer irreprochables hasta el fin, hasta el día de su advenimiento, como nos exhorta san Pablo en la segunda lectura de hoy.  Cuando Jesucristo habla de la venida del Hijo del hombre, que es él mismo, siempre lo hace para motivar a la responsabilidad moral en este mundo, en las cosas de este tiempo y esta tierra.  Velen y estén preparados, porque no saben cuándo llegará el momento.  El modo de velar y de prepararse para salir al encuentro con el Señor glorioso es por medio del desempeño responsable de nuestra vocación, de nuestras tareas y nuestra misión en este mundo.  La parábola de los talentos, la parábola del siervo responsable, la parábola de las diez muchachas que esperan al novio son algunos ejemplos de cómo, según la enseñanza de Jesús, la esperanza de recibir al Señor en su segunda venida debe traducirse en responsabilidad en el modo como gestionamos nuestra vida en este tiempo.  El camino al cielo se hace en este tiempo y en esta tierra.  Pero también debemos decir las cosas al revés: el modo más eficaz y sano de fomentar la responsabilidad moral en este mundo es anclando y fundando esa responsabilidad en la certeza de la esperanza del cielo.

Así pues, preparémonos para la Navidad como si en ese día fuera a llegar el Señor en su segunda venida y vivamos el adviento con la mirada puesta en ese encuentro final.  Ensayemos ese encuentro por medio del deseo que se expresa en la oración, por medio de la perseverancia que se despliega en la responsabilidad moral, por medio de la alegría en Dios que se manifiesta en la caridad y el servicio al prójimo.

 
VATICANO CELAM GUATEMALA CLAR AGUSTINOS RECOLETOS JAR AGUSTINIANO RADIO MARIA