Horario Parroquial

Misas

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Adoración al Santísimo

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Domingo 33° Ordinario

 

Los cristianos miramos con esperanza hacia la futura venida del Señor.  Jesús mismo, hablando de sí como “el Hijo del hombre” anunció: Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad.  Los creyentes vivimos volcados hacia esa esperanza, pues la venida del Señor significa la realización plena de la salvación en la que ahora participamos de manera incipiente.  Pero entonces, el Hijo del hombre, enviará a sus ángeles a congregar a sus elegidos desde los cuatro puntos cardinales y desde lo más profundo de la tierra a lo más alto del cielo.  Se realizará lo que anunció el profeta Daniel: Entonces se salvará tu pueblo; todos aquellos que están escritos en el libro. Muchos de los que duermen en el polvo despertarán: unos para la vida eterna, otro para el eterno castigo.  Tendrá lugar la resurrección de los muertos.

¿Es verosímil esa esperanza?  ¿Es una certeza o una ilusión?  ¿Es creíble ese anuncio?  Las realidades futuras, como la venida del Hijo del hombre o la resurrección de los muertos no se pueden comprobar directamente.  Los acontecimientos pasados dejan huellas, testimonios, vestigios, recuerdos a través de los cuales se pueden reconstruir y verificar su consistencia histórica.  Los acontecimientos futuros no existen todavía.  La venida del Hijo del hombre y la resurrección de los muertos son promesas de Dios. Adquieren su credibilidad a partir de la palabra del mismo Dios o Jesús que las anuncia.  Pero también muestran su credibilidad a partir del efecto que esa esperanza causa en quienes anticipan en la fe su realización futura.  ¿Esa esperanza nos ayuda a vivir como personas?  ¿Esa esperanza nos da alegría porque encontramos sentido a nuestra vida?  ¿Esa esperanza nos motiva a actuar con responsabilidad y a cumplir con la ley moral?  Si la respuesta es afirmativa en las tres preguntas, y pienso que es así, ¿cómo puede ser que una mentira, una engaño, una ilusión tenga efectos tan benéficos y saludables?  Sólo la verdad produce el bien.  Sin esa esperanza, con frecuencia la calidad humana decae, el sentido de la vida se disipa, la alegría de vivir se marchita.  ¿Cómo preferir vivir en tristeza y sin esperanza por resistirme a creer en lo que no puedo comprobar, a vivir con sentido y alegría porque creo en la promesa del Señor?  Podrán dejar de existir el cielo y la tierra, pero mis palabras no dejarán de cumplirse, dice el Señor.

Esta esperanza de plenitud va acompañada en la fe cristiana con la convicción de que el mundo como lo conocemos colapsará: Después de la gran tribulación, la luz del sol se apagará, no brillará la luna, caerán del cielo las estrellas y el universo entero se conmoverá.  Los cristianos decimos que el mundo y el tiempo tendrán un fin, igual que tuvieron un principio.  Vivimos este tiempo y este mundo presente como realidades pasajeras.  Este mundo, tal como lo conocemos comenzó a existir, fue creado por Dios.  Hay un punto de origen, antes del cual no estaba sino Dios. Habrá un punto de término, después del cual estará Dios y quienes hayan alcanzado la eternidad en su paso por este mundo.

La fe cristiana afirma que el mundo es bello, es bueno.  Es obra de Dios.  Los seres humanos somos parte de esa creación.  Es más, el mundo fue creado para el hombre como lugar de morada, de trabajo, de vida, de ejercicio de su libertad responsable.  Pero el mundo está transido, de principio a fin, de caducidad, de limitación, de fragilidad.  Esta no es la realidad definitiva.  La expresión máxima de esa fragilidad son las decisiones erradas y perversas del hombre.  La Biblia las llama “pecado” porque ofenden a Dios, creador del mundo, ante quien cada persona es responsable de su vida.  Pero el plan de Dios es que los seres humanos construyan su vida, trabajen y creen cultura y civilización ateniéndose a la verdad, a la bondad y a la belleza de las cosas y de sí mismo, y de ese modo alcancen su fin que es vivir con Dios para siempre.  Por eso cada persona, al llegar al término de sus días en la tierra, se abre a la eternidad de Dios.  El fin temporal de cada persona pone un sello de calidad al ejercicio que cada persona hizo de su libertad responsable: “logrado” o “malogrado”.  Y así como la vida de cada persona termina, así también concluye la historia de la humanidad y del mundo creado para sostenerla.  Cumplida su función, el mundo acabará, y la humanidad “lograda” compartirá con Dios para siempre su gozo y su plenitud.

Esta visión grandiosa ha gestado la cultura cristiana, que ha impregnado hasta nuestros días la civilización occidental.  Donde la cultura cristiana se debilita esa cosmología pierde vigencia y lamentablemente se desvanecen también las referencias que daban sentido a la existencia humana.  La más importante es la convicción de que cada persona tiene vocación de eternidad.  Aunque la existencia terrenal es fugaz, el destino humano es eterno.  Y la eternidad se fragua en el ejercicio responsable de la libertad en este mundo.  La acusación de que la fe cristiana en el cielo suscita la evasión hacia mundos invisibles y por lo tanto la irresponsabilidad en esta tierra no tiene sustento real.  No hay camino al cielo al margen de la responsabilidad en la tierra, no hay eternidad sin un empeño temporal real para construir humanidad, cultura, civilización.

Los guías sabios brillarán como el esplendor del firmamento, y los que enseñan a muchos la justicia, resplandecerán como estrellas por toda la eternidad.  Esa es nuestra esperanza y nuestra alegría.  El colapso del mundo son los dolores de parto de la realidad definitiva que es la alegría y el gozo perdurable de la humanidad con Dios.

 
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