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Domingo 32° Ordinario

 

La segunda lectura de hoy nos ofrece el punto de partida para nuestra reflexión.  Es un pasaje de la Carta a los hebreos, en la que el autor contrasta los múltiples sacrificios por los pecados que se ofrecían en el Templo de Jerusalén en tiempos del Antiguo Testamento con el único e irrepetible sacrificio de Cristo en la cruz ofrecido una sola vez y para siempre.  La multiplicidad de los sacrificios antiguos manifestaba que en realidad eran sacrificios incapaces de quitar el pecado, de liberar al hombre de su culpa.  Los antiguos sacerdotes que oficiaban en el Templo de Jerusalén ofrecían sangre de animales; Cristo en cambio se ofreció a sí mismo a través de una obediencia hasta el derramamiento de su sangre.  De este modo, Cristo se ofreció una sola vez para quitar los pecados de todos.  Y no solo eso.  La muerte de Cristo en la cruz y su resurrección lograron mucho más que quitar el pecado del mundo.  Abrieron el camino para llegar hasta Dios a través de la muerte, abrieron el camino de la vida eterna para quienes mueren unidos a Cristo.

Hay una ley natural que gobierna nuestra idea de justicia.  Un delito no debe quedar impune.  Quien cometió un delito puede habilitarse para recibir el perdón si de algún modo asume sobre sí mismo el daño que causó con su delito.  Si esta es la ley que rige la justicia entre los hombres, nosotros también hemos trasladado esa ley a nuestras relaciones con Dios.  Si hemos cometido un delito, un pecado, una ofensa a Dios y a nuestro prójimo, debemos asumir de algún modo sobre nosotros mismos el daño que hemos hecho o alguien lo debe hacer por nosotros.  En la antigüedad el hombre ofrecía a Dios el sacrificio de un animal.  El animal asumía de modo vicario en su muerte el daño que con sus pecados había cometido el hombre que lo ofrecía.  De este modo el hombre pretendía habilitarse ante Dios y recibir su perdón.  Se trata siempre ver cómo nos podemos habilitar para recibir de Dios su perdón.  No es Dios quien necesita el sacrificio para conceder su perdón, es el hombre el que necesita del sacrificio para habilitarse para recibir el perdón que Dios da.

Jesús, el Hijo de Dios, se ofreció a sí mismo para asumir sobre sí en su muerte el pecado del mundo.  El murió por nosotros, en vez de nosotros y a favor de nosotros.  De este modo nos habilitó a todos para recibir el perdón de Dios.  No solo eso, también con su muerte abrió el camino a la vida eterna.  Cristo resucitó, llevó su sacrificio hasta la presencia de Dios y nos llevó juntamente con él.  En esa entrega generosa de sí mismo, de su vida para beneficiarnos está el modelo de toda entrega cristiana de todo sacrificio.

Las otras dos lecturas ilustran cómo esta entrega de sí mismo a Dios y al prójimo puede ser asumida por los cristianos con el ejemplo de dos viudas.  La del evangelio, entrega dos moneditas en la alcancía del Templo.  Jesús que la ve, comenta: Esta pobre viuda ha echado en la alcancía más que todos.  Porque los demás han echado de lo que les sobraba; pero esta, en su pobreza, ha echado todo lo que tenía para vivir.  En las dos moneditas que echó, se entregó a sí misma.  Esta entrega de la propia vida a Dios es la esencia de la fe cristiana.  Hay muchos modos de entregarse uno mismo a Dios, de consagrarse a Dios, de ofrecerse a Dios.  En el bautismo quedamos consagrados a Dios.  Esta consagración original luego se diversifica en la consagración a Dios en el sacramento del matrimonio, en la profesión en la vida consagrada, en la ordenación sacerdotal.  Esa ofrenda de la propia vida es imitación de la vida del mismo Jesus y es el reconocimiento de que le debemos todo a Dios y nos debemos a Dios.

La viuda de la primera lectura es modelo de la entrega de sí mismo al servicio del prójimo.  Es tiempo de hambruna generalizada.  El profeta Elías llega a una ciudad extranjera, a Sarepta, y encuentra a una viuda que recoge leña.  Le pide agua y pan.  La viuda le dice que no tiene pan para dar, solo un poco de harina para hacerse un pan comer ella y su hijo y luego esperar la muerte.  El profeta Elías la anima a la caridad con él.  Le promete que tendrá suficiente para comer, no solo una vez, sino hasta el fin de la hambruna.  La mujer se fía, y hace para el profeta un pan y se lo da.  Solo después de esta entrega descubre que todavía queda harina y aceite para otro pan.  Esta viuda también dio todo lo que tenía para servir a su prójimo, para salvar la vida de su prójimo incluso a precio de la suya propia.  Se convierte así también en anticipo de Cristo, que entrega su vida para bien de todos nosotros.

En estas tres lecturas encontramos una motivación a ser cada uno de nosotros generosos en lo que podemos y sabemos.  A veces la generosidad implicará dar dinero, dar alimentos.  Otras veces tendremos que dar de nuestro tiempo, de nuestro consejo, nuestra compañía.  Para unos será más fácil darse de un modo; otros se darán mejor de otro modo.  Pero en este gesto de dar y de darse se crea un clima de gratuidad que nos humaniza, nos asemeja a Cristo, nos hace más sensibles a la gracia de Dios, y nos llena de esperanza.

 
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