Horario Parroquial

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Solemnidad de Todos los Santos

 

Esta solemnidad de hoy celebra el triunfo de Cristo.  Los santos que comparten la gloria de Dios han sido salvados por Cristo.  Los santos han llegado al cielo y viven con Dios para siempre porque Cristo les ha dado la mano, porque se dejaron transformar por el Espíritu Santo y vivieron como hijos de Dios.

Las lecturas elegidas para el día de hoy nos invitan a la meditación sobre diversas dimensiones y aspectos de la fiesta de este día.  En primer lugar el libro del Apocalipsis nos trae una visión de multitudes.  Los ángeles van a marcar a los que han dejado que la gracia de Dios los transforme y los santifique.  Del pueblo de Israel son ciento cuarenta y cuatro mil, un número simbólico.  Sale de multiplicar doce mil personas por cada una de las doce tribus de Israel.  Y parece que es un número ya fijo y limitado como para decir que son los santos de la etapa del Antiguo Testamento, que ya se acabó.  Pero luego el vidente ve una multitud todavía más grande, que nadie podía contarla.  Eran individuos de todas las naciones y razas, de todos los pueblos y lenguas.  Iban vestidos con una túnica blanca, llevaban palmas en las manos y exclamaban con voz poderosa: “La salvación viene de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero.  

Aquí se impone una primera reflexión.  Dios quiere que todos seamos santos.  Dios llama a todos a la santidad.  La vocación de todo cristiano es llegar a ser santo.  La multitud de hombres y mujeres de todas las naciones que el vidente ve delante del trono de Dios expresa la amplitud de la llamada de Dios.  Hay de todas las naciones y razas, pero seguramente también hay de todas las profesiones y oficios, de todos los estamentos sociales, de todas las edades.  Hay una concepción errada que la santidad es vocación propia de unos pocos, de unos selectos, normalmente de gente consagrada a Dios en el sacerdocio o la vida religiosa.  Pero eso es falso.  Todo bautizado está llamado a santificarse a través de su trabajo bien hecho con la intención de servir a su familia y a su prójimo; todo bautizado está llamado a santificarse en la vida familiar; todo bautizado está llamado a santificarse en el servicio a su comunidad y a su prójimo.  Solo hay que dejarse llenar del amor de Dios y responder a ese amor con la oración, con la acción responsable, con el servicio al prójimo.

La segunda lectura nos descubre otro aspecto: Hermanos míos, ahora somos hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado cómo seremos al fin.  Y ya sabemos que, cuando él se manifieste, vamos a ser semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.  La santidad comienza desde la vida aquí en la tierra.  La santidad comienza desde nuestro bautismo.  La santidad crece.  La santidad llegará a su plenitud, florecerá cuando se manifieste Cristo, cuando lleguemos al cielo.  Es verdad que hay personas que reconocemos ya desde ahora como personas santas.  Son caritativas y misericordiosas, pacientes, orantes, reflejan ya desde ahora la presencia de Dios en sus vidas.  Pero con frecuencia la santidad también permanece oculta, sobre todo para quienes son ajenos a los pensamientos de Dios.  Miren cuánto amor nos ha tenido el Padre, pues no solo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos.  Si el mundo no nos reconoce, es porque tampoco lo ha reconocido a él, a Dios, a Jesús.  Cuántos contemporáneos de Jesús ni se dieron cuenta de que era el Hijo de Dios, y lo rechazaron, lo condenaron por blasfemo y lo ejecutaron en una cruz.  El camino de la santidad es como el de Jesús.  Puede quedar oculto a los poderes de este mundo.  Pero el hombre y la mujer santos viven para Dios, no para que los vea la gente.

Finalmente las bienaventuranzas nos hablan del camino de la santidad.  Son sentencias proféticas de Jesús.  Él llama dichosas, felices a las personas que tienen una cualidad o realizan una acción que por lo general no es valorada en la sociedad.  Son los pobres de espíritu, los que lloran, los sufridos, los misericordiosos, los perseguidos a causa de JesusEsas personas son dichosas, dice Jesús, porque aunque sus cualidades no son valiosas según los criterios de este mundo, alcanzarán la vida con Dios.  Ese destino se expresa de múltiples maneras: llegarán al Reino de los cielos, serán consolados por Dios, obtendrán misericordia, heredarán la tierra, verán a Dios.  La clave de interpretación de las bienaventuranzas son dos expresiones que se repiten.  La cuarta y la octava bienaventuranza se parecen mucho.  Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, dichosos los perseguidos por causa de la justicia.  La palabra justicia aparece dos veces.  ¿De qué justicia se trata?  En la Biblia, con mucha frecuencia, se trata de la justicia de Dios, de su voluntad salvadora, de su plan de llevar adelante la santificación de los hombres.  Hay quienes traducen la palabra justicia con la expresión “la voluntad de Dios”.  Entonces “tener hambre y sed de justicia” es desear ardientemente hacer la voluntad de Dios; “ser perseguido por causa de la justicia” es sufrir persecución por vivir de acuerdo con la voluntad de Dios.  La otra expresión que se repite es porque de ellos es el Reino de los cielos.  La encontramos en la primera y en la octava bienaventuranza.  Esa es la meta, esa es la vocación a la santidad a la que Dios nos llama.  Todas las bienaventuranzas son variaciones de este tema: los que se atienen en su vida a la voluntad de Dios y sufren hasta persecución por acatarla en todos los momentos de su vida, esas personas alcanzarán la plenitud, la dicha y la santidad que son propias del Reino de Dios.  Si quieres ser santo, busca a Dios, pon tus ojos en Él, escucha sus palabras, ponlas en tu corazón, cúmplelas en tus obras, y así serás parte de su Reino y alcanzarás la dicha y la felicidad eterna.  No solo eso, también tu vida aquí en la tierra será más humana, más acogedora, más servicial.  Serás aquí y ahora mejor persona.

¿Quieres ser santo?  Pon manos a la obra.  Dios quiere que todos seamos santos.  Si tu trabajo y tu condición social son muy humildes y sencillos, Dios te llama a ser santo; también si eres un profesional y tienes grandes responsabilidades y negocios, Dios también te llama a ser santo.  El vidente del Apocalipsis vio una multitud que no podía contar.  Ahí puedes estar tú, si quieres.  El camino consiste en vivir de acuerdo con la voluntad de Dios siempre, y vivir en humildad y sencillez propia de los hijos de Dios.  Hay muchos que ya llegaron.  Hoy los celebramos.  Llega tú también.

 
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