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Domingo 28° Ordinario

 

El relato del hombre rico que buscaba la vida eterna invita a la reflexión sobre la búsqueda humana de sentido, de felicidad y de plenitud.  Esta es una historia en la que cada uno de nosotros puede encontrar una luz y una referencia para su propia vida.

El protagonista, tal como lo presenta el evangelista san Marcos, es un hombre adulto que todavía busca el camino de la vida eterna.  Sale corriendo al encuentro con Jesús, se arrodilla ante él y le propone su pregunta.  En la carrera hacia Jesús se manifiesta el apremio, la importancia de la pregunta que le quiere plantear.  Maestro bueno, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?  Jesús rechaza el trato que le da, maestro bueno, y remite a Dios: Nadie es bueno, sino solo Dios.  A nosotros nos extraña esa reacción de Jesús, pues sabemos que él es el Hijo de Dios, y en cambio Jesús parece renegar de esa identidad.  Sin embargo, se puede pensar que cuando el hombre llama a Jesús “maestro bueno” lo ve como un maestro sabio, y Jesús quiere advertirle al hombre que la pregunta que él plantea no tiene una respuesta satisfactoria en la sola sabiduría humana, sino que la pregunta por la vida eterna debe remitirse a Dios.  Sólo Dios puede dar la vida eterna.

¿Qué es la vida eterna que este hombre quiere alcanzar?  La vida eterna es la meta de la vida a la que toda persona aspira desde el fondo de su ser.  La vida eterna es la victoria sobre la muerte, y con ello la victoria sobre la inconsistencia de la vida humana, si la muerte es el final de todo.  La vida eterna es por lo tanto es el sentido de vida de la persona que sabe que su existencia terrenal se abre a otra forma de vida más allá de la muerte.  La pregunta del hombre es de la mayor importancia, pues en esa pregunta se esconden otras muchas preguntas humanas tales como: ¿por qué nací? ¿para qué vivir si tengo que morir? ¿hay algo más allá de la muerte?  ¿qué debo hacer para vivir con sentido y propósito?

Jesús da una primera respuesta.  Ya sabes los mandamientos.  Jesús remite primero al orden moral.  Jesús hace el recuento de los diez mandamientos.  Pone el énfasis en los mandamientos que tienen que ver con el prójimo.  Es como si Jesús dijera: una vida con sentido, que busca la plenitud de Dios debe ser en primer lugar una vida moralmente ordenada.  No se trata solo de cumplir los mandamientos como un peso exterior, sino de hacer que los mandamientos den forma a la libertad personal, de modo que hagamos siempre acciones que construyen a la propia persona y a la comunidad.

El hombre responde: Maestro, todo eso lo he cumplido desde muy joven.  El hombre mira su juventud como algo pasado.  Por eso decimos que san Marcos lo describe ya como un adulto, que a pesar de su rectitud moral se siente insatisfecho.  Es posible que al hombre le pase lo que a san Pablo, un hombre que también había cumplido siempre los mandamientos y llegó a conocer a Cristo ya pasada su juventud.  Efectivamente san Pablo dice de sí mismo que era irreprochable en lo que se refiere al cumplimiento de la ley (Flp 3,6).  Pero que a pesar de todo estaba insatisfecho de sí mismo.  Sin embargo, cuando Pablo descubrió que Cristo lo amaba, descubrió un nuevo sentido de vida.  Dice san Pablo: Pero lo que entonces consideraba una ganancia, ahora lo considero pérdida por amor a Cristo.  Más aún, pienso incluso que nada vale la pena si se compara con el conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor.  Por él he sacrificado todas las cosas, y todo lo tengo por estiércol con tal de ganar a Cristo y vivir unido a él con una salvación que no procede de la ley, sino de la fe en Cristo, una salvación que viene de Dios y se funda en la fe.

Jesús invita al hombre a dar ese paso.  Jesús lo miró con amor y le dijo: “Solo una cosa te falta: Ve y vende lo que tienes, da el dinero a los pobres y así tendrás un tesoro en los cielos.  Después, ven y sígueme”.  Puesto que el hombre quiere alcanzar la vida eterna, Jesús lo invita a poner su tesoro, su seguridad, su referencia vital en el cielo, en el mismo Dios.  Vender todo lo que uno tiene y dárselo a los pobres es una manera gráfica de expresar la transformación de la función de los bienes materiales en la propia vida.  Vende todo lo que tiene quien descubre que ninguna riqueza material le proporcionará sentido de vida, victoria sobre la muerte, la felicidad plena.  Esas cosas no se compran sino que se reciben de Dios.  En ese momento los bienes materiales adquieren un valor meramente funcional y pierden su valor como seguridad para la vida, que es lo que verdaderamente desea el corazón humano.  Entonces se puede poseer el tesoro del cielo.  Pero Jesús invita al hombre, no solo a vender lo que tiene, sino a seguirlo: Después, ven y sígueme.  Seguir a Jesús es el signo palpable, biográfico, de que uno ha puesto el tesoro en el cielo.  Más allá de la rectitud moral que viene con el cumplimiento de los mandamientos, es necesario el seguimiento de Jesús, pues es él quien abre las puertas de la vida eterna.  Él es el vencedor de la muerte.  En palabras de san Pablo, en el seguimiento de Jesús se manifiesta que la vida eterna no se alcanza como premio a un esfuerzo moral, sino como gracia recibida por la fe puesta en Jesucristo y por la confianza en el amor de Dios por nosotros.

El hombre no da el paso necesario.  La confianza en sus riquezas le tenía atrapado el corazón como para confiar en Dios.  Entonces Jesús pronuncia su famosa sentencia: ¡qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios!  Esa sentencia es la palabra de Dios, viva, eficaz y más penetrante que una espada de dos filos.  Llega hasta lo más íntimo del alma, hasta la médula de los huesos y descubre los pensamientos e intenciones del corazón.  La riqueza sin duda es un gran bien.  Facilita la adquisición de otros bienes.  Su valor funcional es enorme.  Pero ¡qué fácil es llegar a pensar que ella es también la seguridad para la vida!  Como con las riquezas se puede comprar casi todo, se puede llegar a pensar que también el dinero asegura la adquisición de las cosas que en realidad no se pueden comprar, pues solo se pueden recibir gratuitamente de parte de Dios.  Peor aún, se puede llegar a pensar que solo es necesario para vivir lo que se puede comprar con dinero, mientras que lo que no se puede comprar es descartable porque no tiene valor.  La enseñanza de este relato es precisamente que lo que realmente vale y desea el corazón humano es lo que ningún dinero puede comprar, sino solo recibir de parte de Dios que nos ama.

 
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