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Domingo 27° Ordinario

 

Hoy se inicia en Roma la 14° Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos que tratará el tema de “La vocación y la misión de la familia en la Iglesia y en el mundo contemporáneo”.  Es una asamblea que atrae la atención de toda la Iglesia por la importancia dela familia para la vida de la humanidad y de la sociedad.  Esta reunión de obispos que inicia hoy, tuvo como preparación la asamblea extraordinaria del año pasado.  Es una coincidencia providencial, por lo tanto, que en este domingo, las lecturas que corresponden, tengan como tema principal el matrimonio, que es el fundamento de la familia.

Según el pasaje evangélico que hemos leído, a Jesús le preguntaron acerca de la licitud del divorcio.  Jesús responde con otra pregunta acerca de lo que Moisés había prescrito, no porque no lo supiera, sino para dar su opinión acerca de lo que Moisés había prescrito.  Moisés permitió el divorcio, pero eso era una concesión de Dios por la dureza del corazón, porque todavía no había llegado el tiempo de la gracia y del evangelio.  Jesús corrige a Moisés, recordando una palabra que Dios había dicho antes.  Jesús se remite al orden de la creación, a las disposiciones de Dios inscritas en la naturaleza humana.  Y según esa disposición, hombre y mujer serán una sola cosa.  Y Jesús concluye: De modo que ya no son dos, sino una sola cosa.  Por eso, lo que Dios unió, que no lo separe el hombre.  El vínculo matrimonial solo lo puede separar Dios, por medio de la muerte de uno de los cónyuges.  La enseñanza de Jesús en este pasaje concierne solo el divorcio.  Pero el matrimonio es mucho más.

Como el matrimonio tiene su fundamento en la creación, en el orden natural, por eso la Iglesia nos propone hoy el relato de los orígenes, que narra cómo Dios estableció el matrimonio.  Después de haber creado al varón, Dios reflexiona y observa que el varón no puede estar solo.  Está hecho para tener una compañera.  El hombre es un ser que está hecho para relacionarse con otros.  Dios crea entonces los animales sacándolos de la tierra, igual que había sacado al hombre de la tierra.  Pero los animales viven con el hombre pero no son iguales a él.  El hombre tiene un soplo divino que no tienen los animales.  Pensemos en los animales domésticos.  Ellos viven con su dueño en la casa como perros y gatos; o le ayudan al hombre en el trabajo como caballos y asnos; o le dan alimento, como abejas, gallinas y vacas.  El hombre les pone nombres, y no solo el nombre genérico de caballo o gallina, sino que a algunos de ellos les pone nombres propios como los perros o las vacas.  Pero entre los animales, ni el hombre ni Dios encontraron la ayuda, la compañera que estuviera a la altura del varón.  El ser humano piensa y sabe que piensa; eso no lo hace ningún animal.  El ser humano es libre y se construye a sí mismo a través de decisiones que pueden favorecer su crecimiento o pueden destruirlo.  Eso no lo hace ningún animal.  El hombre habla, le puede dar órdenes a un animal, pero no puede conversar con ninguno.

Entonces Dios decide crear la compañera del hombre sacándola de sí mismo, para que fuera su igual.  Y crea la mujer.  Igual al hombre en dignidad, en condición humana, pero complementaria al hombre por su sexo.  El ser humano existe en dos versiones: hombre y mujer.  El hombre exclama.  Las primeras palabras del hombre en la Biblia son una admiración ante la mujer: Esta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne.  El hombre reconoce en la mujer a su compañera, su referente, su complemento.  Esas palabras tienen también un acento peculiar: esta es la compañera que tú has hecho para mí.  Creo que cuando un hombre y una mujer se enamoran, eso es lo que descubren: Dios te hizo para mí.  Cada uno lo dice del otro.  De allí la conclusión del que relata la historia: Por eso el hombre abandonará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne.  La Biblia lo dice del hombre; lo podría decir de la mujer: por eso la mujer abandonará a su padre y a su madre, y se unirá a su marido, y serán los dos una sola carne.

El matrimonio pertenece a la naturaleza humana.  El matrimonio no es cosa de los católicos o los cristianos, como es el bautismo o la confirmación o la comunión.  El matrimonio se da donde quiera que haya seres humanos, en todas las religiones y culturas.  Y a nivel de naturaleza tiene unas características propias.  Veamos cuáles son.

Es uno con una.  En varios sentidos.  En primer lugar, es entre un hombre y una mujer, no entre dos hombres o dos mujeres.  Nos quieren hacer creer que la convivencia de dos personas del mismo sexo es matrimonio, pero esto es falso.  Porque el matrimonio está orientado a la procreación y solo se engendran hijos cuando se une un hombre con una mujer.  Quien pretenda casarse, pero con el propósito de no tener hijos, no se casa de verdad, porque excluye uno de los fines del matrimonio.  También el matrimonio es uno con una en el sentido de que el respeto y la dignidad de las personas exige que sea un hombre solo con una sola mujer, no con dos o tres; y que sea una mujer con un solo hombre, no con dos o tres al mismo tiempo.  Quien se casa con una o con uno, pero en secreto mantiene relaciones con otra o con otro no se casa de verdad.  Engaña a su pareja.  Y si después se busca otro u otra, comete el gran pecado del adulterio, que es la infidelidad conyugal.

El matrimonio también es para siempre.  En primer lugar porque con la propia pareja no se juega; no vale decir: estoy contigo mientras me convengas, si no me convienes te dejo.  En segundo lugar, porque el matrimonio debe ser el espacio para madurar, para crecer, para santificarse, y esas cosas se logran superando las desavenencias, aprendiendo a dialogar y a perdonarse.  En tercer lugar, el matrimonio es para siempre, porque los hijos necesitan de un padre y de una madre siempre.  Y se alegran de saber que sus padres están allí como referencia firme, y aunque a veces se digan palabras fuertes de desacuerdo, aprenden a llegar a acuerdos y a perdonarse.  De ese modo el matrimonio se convierte en fundamento de la familia, que es la sociedad de los padres y los hijos que normalmente debieran vivir juntos en una misma casa.  A veces incluye también a otros parientes o personas.

Desde su fundamento natural, Cristo lo ha convertido en sacramento, por medio del cual los cónyuges inician un camino de santidad, en el apoyo, respeto y aceptación mutua, en la tarea de engendrar y educar a los hijos, en el servicio que como familia brindan a la comunidad.  Así debe ser el matrimonio siempre y en todo lugar.  Así se funda la familia.  Así lo programó Dios en la naturaleza humana.  Al matrimonio no se puede llegar por presiones y con engaño.  El matrimonio exige madurez de parte de los contrayentes y seriedad.  Al matrimonio hay que prepararse bajo la guía de un consejero entendido.  La Iglesia ofrece una preparación de una semana, de un fin de semana.  Totalmente insuficiente.  Debiera ser una preparación de unos seis meses, para que los contrayentes sepan a qué se comprometen.

El matrimonio y la familia pasan hoy por una grave crisis.  Las parejas se casan sin tomarse en serio porque en el fondo están pensando: si no funciona, me divorcio.  Los contrayentes católicos que piensan así solo simulan casarse, no se casan de verdad.  Se casan además con el propósito de no tener hijos.  Y aunque es difícil valorar estas cosas, en la medida en que los hijos son excluidos del propósito matrimonial, en esa medida también el matrimonio es un simulacro.  La familia y el matrimonio están amenazados y socavados por la migración: paradójicamente muchos emprenden la migración para sacar adelante la familia con mayores ingresos, pero esa búsqueda de bienestar económico se realiza al precio del sacrificio de la convivencia familiar y de los riesgos que la distancia conlleva.  La violencia contra el cónyuge y contra los hijos es contraria a la naturaleza del matrimonio; es signo de inmadurez y de incapacidad para la convivencia.

Pidamos al Señor, pues, que esta asamblea del Sínodo de los Obispos que comienza hoy nos deje enseñanzas que fortalezcan la familia y que consoliden el matrimonio como su fundamento.  El matrimonio y la familia pertenecen a la creación; son institución estable para una sociedad sana y con esperanza.

 
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