Horario Parroquial

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Domingo 26° Ordinario

 

El pasaje de la carta de Santiago que hemos escuchado hoy es una invectiva de las más fuertes que hay en el Nuevo Testamento contra los ricos.  Jesús constantemente advierte en muchos pasajes del evangelio que la riqueza es una trampa.  La riqueza no asegura la salvación.  La riqueza no da ninguna seguridad definitiva.  La riqueza puede ser útil, pero no es capaz de dar sentido a la vida.  Confiar en las riquezas y vivir con la obsesión de ser rico es una idolatría, pues es darle a una creatura el rango que solo pertenece a Dios.

Ese es el aspecto que Jesús censura con mayor frecuencia.  Santiago fustiga otro aspecto.  Santiago se refiere a la riqueza mal habida.  Santiago advierte y amenaza a los ricos que se han hecho tales explotando a sus trabajadores.  El salario que ustedes han defraudado a los trabajadores que segaron sus campos está clamando contra ustedes.  Los había entonces y los hay también ahora.  Y a veces los mayores explotadores son los que menos pensamos.  Pero ese no es el único modo injusto de hacerse rico.  Hoy día la mayor parte de las riquezas mal habidas vienen de la corrupción y del crimen organizado.  También esa riqueza es explotación del pobre, porque el dinero que debía encaminarse a construir escuelas, clínicas y carreteras al servicio de todos acaba en la bolsa de unos pocos.  Por eso la corrupción de parte de los funcionarios públicos, sean alcaldes, COCODES, diputados, ministros o presidentes o cualquier otro funcionario del aparato estatal es un crimen que despierta la indignación de los ciudadanos y la ira de Dios.  Por lo tanto el grito de Santiago contra los ricos explotadores, delincuentes y corruptos sigue vigente.  Santiago les grita para decirles que su riqueza no los salvará, y que al final serán condenados.  Enmohecidos están su oro y su plata, y ese moho será una prueba contra ustedes y consumirá sus carnes, como el fuego.  Con esto ustedes han atesorado un castigo para los últimos días.  Tampoco hay que pensar que todos los funcionarios son corruptos.  O que todos los ricos son explotadores.  No toda riqueza es fruto de la corrupción y del crimen.  No todos los ricos son esclavos de su riqueza o carecen de conciencia acerca de la responsabilidad moral que implica ser rico.  Ser rico no solo es un peligro, es sobre todo una carga. 

Por eso, gritar contra los ricos explotadores no soluciona el problema de fondo.  El problema es que haya pobres.  Y les hablo a ustedes, que son pobres, aquí en El Palmar.  Hay que entender por qué hay pobres.  Muchos piensan que hay pobres porque los ricos acapararon no solo lo suyo sino lo que le tocaba al que hoy es pobre.  Esa idea viene del tiempo cuando la única riqueza que había era la tierra.  El pobre campesino guatemalteco piensa que si tuviera más tierra estaría mejor.  Cuando la riqueza es solo la tierra, quien más tierra acapara menos tierra deja para los demás.  En esa situación unos tienen menos porque otros tienen más; porque no hubo un reparto igualitario.  Pero el día de hoy la riqueza no está solo en la tierra; es más, la riqueza no está dada, hay que generarla, producirla, crearla.  En los países que llamamos ricos, la riqueza que se genera a partir de la tierra es mínima.  Por eso yo pienso que hay que procurar que los que solo tienen un pedazo de tierra para subsistir participen de otros modos de generar y crear riqueza, porque con el pedacito de tierra ustedes no van a dejar de ser pobres.  La riqueza de un país, de una sociedad crece, si hay libertad para inventar, para producir, para crear y para retener como propio lo que uno ha producido.  Y para poder hacer eso hace falta educación y salud, hacen falta carreteras y medios de transporte, hacen falta leyes imparciales y que se apliquen a todos por igual, hacen falta condiciones que favorezcan la iniciativa de cada quien y el emprendimiento.  Estas son las cosas por las que hay que luchar y pedir.  Todos aspiramos a tener mejores condiciones de vida.  Todos aspiramos a vivir con holgura económica, pero también hay que ser conscientes de que hay que buscar otra fuente de ingresos y exigir que haya oportunidades.  La gente más emprendedora es la que sabrá aprovecharlas, pero que sea sin trampas y de manera legal, ni con privilegios para algunos y no para otros.  Quienes esperen que los saquen de pobres con regalos del gobernante de turno, se quedarán pobres siempre.  Tienes que inventar tu éxito y tenemos que exigir a los políticos que en vez de andar regalando cosas, abran los espacios y fomenten las condiciones que permitan que ustedes que son pobres puedan inventar su riqueza.

Por su parte, Jesús en el evangelio habla de muchas otras cosas.  En primer lugar muestra una gran apertura, una gran capacidad de inclusión.  Contra la tendencia sectaria de sus discípulos que quieren retener el poder exclusivo de expulsar demonios, Jesús se alegra de que otros que no son sus seguidores, tengan también ese poder.  Jesús ciertamente quiere la unidad, que todos seamos uno, pero la unidad será un don de Dios.  En términos de la Iglesia, no dudamos de que nosotros los católicos somos la Iglesia de Jesús y que en la Iglesia se alcanza con certeza la salvación de Dios.  Pero que esa certeza no nos impida ver los signos de santidad y de la presencia salvadora de Dios más allá de la Iglesia.  Dios no tiene las manos atadas para otorgar su salvación.

Jesús por otra parte reconoce la dignidad de los que son suyos, de los que son sus seguidores.  Quien les dé un vaso de agua por ser de Cristo, tendrá reconocimiento de parte de Dios.  Es más, quien los induzca a pecar, merece que le pongan una rueda de molino al cuello y lo echen al mar.  Por eso Jesús urge la máxima disciplina y coherencia moral entre los suyos.  Con la imagen de la mutilación del órgano con el que se pecó, sea el ojo, la mano, o el pie Jesús urge a la ascesis, a la poda moral de las conductas que nos destruyen.  El camino recto es la adhesión a la voluntad de Dios.  Por eso podemos concluir la reflexión declarando con el salmista: Los mandamientos del Señor alegran el corazón.

 
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