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Domingo 25° Ordinario

 

Una vez más este domingo, leemos en el evangelio un pasaje en el que Jesús anuncia su futura pasión, muerte y resurrección.  Ya vimos cómo el domingo pasado, tras preguntar a sus discípulos acerca de su identidad, Jesús les explicó que su condición de Mesías, de Cristo, implicaba su muerte y su resurrección. 

La primera lectura de hoy ha sido elegida para acompañar esta parte del evangelio.  Los malvados maquinan contra el hombre justo porque su sola presencia es una censura para ellos.  Deciden matarlo para ver qué pasa con él, para ver si su confianza en Dios resiste, para ver si Dios hace algo por él.  De ese modo la muerte de Jesús se presenta como el desafío de los malvados al mismo Dios.  ¿Está Dios a favor de quienes confían en él?  ¿Hará Dios algo para salvar a quienes padecen la muerte por haber puesto su confianza en Dios?  La resurrección de Jesús aparece así como la respuesta de Dios a la insolencia de los malvados que piensan que a Dios le da lo mismo bien que mal.  La resurrección de Jesús es un desmentido a la incredulidad de los malvados y es la respuesta que Dios da al inocente perseguido que confía en él.

Pero el evangelio tiene una segunda parte que es también de gran importancia, no solo para entender la vida y la muerte de Jesús, sino para conocer el modo como el discípulo de Jesús debe plantearse su propia vida.  Nos dice el evangelio que mientras Jesús iba instruyendo a sus discípulos acerca de su futura pasión y muerte, ellos, los discípulos iban discutiendo sobre otro asunto distinto y hasta contrario.  Ellos discutían acerca de quién de ellos era el más importante.  Mientras Jesús conversa sobre la humillación de su pasión; sus discípulos pugnan por establecer cuál de ellos disfrutará de reconocimientos y honores.

El pasaje de la carta de Santiago que hemos leído como segunda lectura de hoy es un magnífico comentario a la actitud de los discípulos.  Donde hay envidias y rivalidades, ahí hay desorden y toda clase de obras malas.  Ustedes codician lo que no pueden tener y acaban asesinando.  Ambicionan algo que no pueden alcanzar, y entonces combaten y hacen la guerra.  La envidia y la codicia son dos actitudes que traen destrucción.  La envidia es el resentimiento que nace de saber que otros tienen lo que yo no tengo y deseo.  La persona envidiosa es infeliz, se vuelve inaguantable para los demás, es una amenaza a la convivencia pacífica.  En cambio la codicia es el móvil que me empuja a obtener por cualquier medio un objeto material que considero valioso.  El codicioso está dominado por el deseo de tener, pone el sentido de su vida en poseer un bien material.  Y subrayo lo de material, porque codiciar los bienes espirituales como la virtud y la santidad es algo bueno.  En cambio, el codicioso que piensa que el valor de su vida está en poseer, se degrada a sí mismo, al poner como meta de su vida un objeto incapaz de dar la verdadera felicidad.  El codicioso también se convierte en amenaza para la sociedad y para la convivencia, pues según la intensidad de la codicia, puede saltarse todas las normas y leyes de convivencia, con el fin de lograr su objetivo.

Pero volvamos al evangelio.  La discrepancia en el tema que ocupa a Jesús en su enseñanza y el que ocupa a sus discípulos en sus discusiones se convierte en la paradoja de la instrucción de Jesús acerca del servicio y el honor en la comunidad de sus seguidores.  Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.  Jesús descalifica toda ambición material, toda codicia, toda envidia señalando que la vida adquiere verdadero sentido en el servicio.  Más adelante en el evangelio, Jesús va a instruir a sus discípulos más ampliamente acerca del tema de buscar el primer puesto.  Y se pondrá como ejemplo.  El que quiera ser grande entre ustedes, que sea su servidor, y el que quiera ser el primero, que sea el esclavo de todos, así como el Hijo del hombre, que no ha venido a que le sirvan, sino a servir y a dar su vida por la redención de todos (Mc 10,44-45).

Esta enseñanza de Jesús es revolucionaria, en el sentido de que introduce un modo de situarse en la vida distinto y hasta contrario al modelo que prevalece en la sociedad.  La búsqueda del poder, la ambición por el reconocimiento, el ansia de tener a otros sujetos a la propia voluntad es lo que prevalece en el mundo.  Quienes tienen algún tipo de autoridad pueden fácilmente sucumbir a esta tentación y convertir el ejercicio de la autoridad en ejercicio del poder cuando lo que buscan es un beneficio personal o peor aún, una venganza, un desquite, una humillación.  Este peligro no se da solo en la sociedad, se da también dentro de la Iglesia.  De este peligro debemos cuidarnos los obispos y los sacerdotes, pero también los laicos que ejercen una autoridad comunitaria como directivos, como catequistas.  Muchos conflictos y problemas en la Iglesia vienen de un ejercicio de la autoridad como poder para el beneficio personal y no como poder para servir.  Obispos autoritarios y párrocos impositivos han desfigurado el sentido del ministerio.  Pero muchos conflictos en las comunidades, donde la autoridad la ejercen directivos y catequistas, proceden también del olvido de que la autoridad es servicio.  Por lo tanto, este evangelio de hoy nos obliga a una reflexión sobre cómo ejercemos la autoridad en la Iglesia.

Pero el consejo de Jesús también tiene aplicación en el ejercicio de la autoridad política en la gestión pública, de la autoridad gerencial en las empresas, de la autoridad administrativa en cualquier organización social.  La validez de la enseñanza de Jesús no se restringe al ámbito de la Iglesia.  Jesús en realidad muestra el verdadero sentido de la autoridad que es el servicio que presta a la comunidad.  Cuando se ejerce la autoridad sobre una organización que tiene como fin que sus miembros alcancen más fácilmente los fines por los cuales se adhirieron a esa organización, la autoridad estará encaminada a que las personas lo logren.  La autoridad en la Iglesia está encaminada a que los fieles alcancen la santidad y la salvación, que es la razón por la cual se hicieron miembros de la Iglesia.  Cuando se ejerce la autoridad sobre una organización que tiene como fin prestar un servicio a la sociedad, como puede ser un hospital, una escuela, una empresa, la autoridad tendrá como fin que dicha organización cumpla con su razón de ser.  En todo caso se trata siempre de servir.  Que el Señor nos ayude siempre a ejercer la autoridad como servicio y a ser agentes de paz.

 
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