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Domingo 24° Ordinario

 

Acabamos de escuchar el pasaje del evangelio en el que Jesús interroga a sus discípulos acerca de su identidad y en el que Pedro responde reconociendo a Jesús como el Mesías.  Esa parte del evangelio ha sido comentada ya muchas veces.  Quiero fijarme en lo que sigue.  A partir de esa declaración, Jesús se puso a explicarles que era necesario que el Hijo del hombre padeciera mucho, que fuera rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que fuera entregado a la muerte y resucitara al tercer día. 

La primera lectura ha sido elegida en función de este segmento del evangelio, pues se refiere a los sufrimientos del Siervo del Señor: Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que me tiraban de la barba.  No aparté mi rostro de los insultos y salivazos.  Pero el Señor me ayuda, por eso no quedaré confundido.  Cercano está de mí el que me hace justicia.  Ante esos textos, y sobre todo ante los hechos que en esos textos se anticipan, siempre ha surgido la pregunta del por qué.  ¿Por qué tuvo que padecer el Mesías?  ¿Qué sentido tiene el sufrimiento del Hijo de Dios?  ¿En qué nos ayuda o en qué nos favorece ese sufrimiento? 

La primera respuesta obvia es que el Mesías tuvo que padecer porque esa es la condición humana.  Si el Hijo de Dios se iba a hacer hombre, su humanización tendría consistencia en la medida en que fuera no solo participación en la naturaleza humana, sino participación también en el sufrimiento histórico de los seres humanos.  Es verdad que no todos los hombres y mujeres sufren por igual, ni padecen los mismos males, ni en el mismo grado.  Pero es propio de la existencia humana el dolor, la enfermedad, el fracaso, la persecución, el desprecio y hasta la misma muerte.  El Hijo de Dios padeció porque compartió la condición humana.

Pero también el sufrimiento, el fracaso, la persecución que Jesús padeció fueron consecuencia de su mensaje, de la oposición que sufrió él a consecuencia de lo que decía, de lo que denunciaba, de lo que proponía.  Jesús pudo haberse ahorrado mucha adversidad si se hubiera retirado a su casa para quedarse callado y vivir como un hombre de aldea más.  Pero Jesús no vino para eso; vino para una misión, para anunciar el mensaje de la llegada del reinado de Dios, para invitar a la conversión porque Dios estaba dispuesto a perdonar, para invitar a su seguimiento, pues Dios concedía la vida eterna.  Ese mensaje suscitó oposición y rechazo de parte de algunas personas que veían en el mensaje una amenaza.  En ese sentido, el sufrimiento de Jesús es testimonio de la verdad del mensaje, de la coherencia de su obediencia al Padre Dios y a la misión que le dio.  Se puede decir que el sufrimiento de Jesús fue el precio de su responsabilidad.

Por eso se entiende que Jesús rechace tan violentamente a Pedro que intenta disuadirlo de este camino y que además proponga que cada uno de nosotros debe tomar su propia cruz y seguirlo.  El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará.  Uno intenta salvar la vida cuando la plantea en términos de beneficio, ganancia y ventaja personal.  Uno pierde su vida cuando se la plantea en términos de servicio, entrega y referencia a Dios y a los demás.  La primera opción conduce al vacío y sinsentido; la segunda opción construye una vida con sentido y propósito, que es la manera como en la tierra se nos permite experimentar la plenitud del cielo.  Por eso también el apóstol Santiago enseña que la autenticidad de la fe se comprueba en la capacidad de servir.  Las obras demuestran la consistencia de la fe.  La fe, si no se traduce en obras, está completamente muerta.

Finalmente, el sufrimiento de Jesús, en particular su pasión y muerte en cruz, tienen un valor para nosotros, para el resto de la humanidad.  Si ni siquiera el Hijo de Dios se vio libre de padecer, no debemos pensar nosotros que nuestro padecimiento, el que nos toque, puede ser signo de haber sido abandonados por Dios.  El sufrimiento y la muerte en todo caso manifiestan que necesitamos que Dios nos sostenga, pues por nosotros mismos no podemos valernos.  De Dios procede la consistencia para nuestra vida.

Además, el Nuevo Testamento afirma continuamente que Cristo murió por nosotros, que derramó su sangre para el perdón de los pecados, que su cruz es nuestra victoria.  Jesús mismo, al anunciar a los apóstoles su próxima muerte en la cruz, afirma que era necesario que el Hijo del hombre padeciera mucho. ¿Qué significa eso?  ¿Por qué era necesario?  Al hacernos esa pregunta entramos en las profundidades del amor de Dios por nosotros.  La cruz es en primer lugar signo y prueba de cuánto nos ama Dios.  Dios nos ha mostrado su amor ya que cuando aún éramos pecadores Cristo murió por nosotros (Rm 5,8). 

La muerte de Cristo en la cruz no solo fue prueba de que Dios nos ama, sino que fue un acto de amor por nosotros.  Cristo al morir compartió nuestra muerte, y siendo el Hijo de Dios, dio a la muerte humana un nuevo significado.  Él murió a este modo de vivir terreno, para inaugurar otro modo nuevo de vivir glorioso pero igualmente humano.  Su muerte destruyó el pecado y quien se une a Cristo por la fe y el bautismo, comparte también su victoria sobre el pecado, la que Cristo logró con su muerte y resurrección.  Por eso se entendió que la muerte de Cristo había logrado lo que pretendían los antiguos sacrificios que se ofrecían en el templo.  La muerte de Cristo fue el verdadero sacrificio para el perdón de los pecados.  Era necesario que Cristo muriera, para que nosotros unidos a él pudiésemos morir con él y como él y compartir con él la victoria sobre el pecado y alcanzar así la resurrección y la dignidad de hijos de Dios.

Por eso nosotros, juntamente con Cristo, podemos recitar el salmo responsorial: Mi alma libró de la muerte.  Caminaré ante el Señor por la tierra de los vivos.

 
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