Horario Parroquial

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Domingo 23° Ordinario

 

El evangelista san Marcos, en el pasaje que acabamos de escuchar, da testimonio de que la gente contemporánea de Jesús estaba admirada de los milagros que Jesús hacía y comentaba acerca de él: ¡Qué bien lo hace todo! Hace oír a los sordos y hablar a los mudos.  En el libro de los Hechos de los Apóstoles (10,38), san Pedro da un testimonio parecido.  Al explicar quién es Jesús dice así: es un hombre a quien Dios ungió con el poder del Espíritu Santo.  Él pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el demonio, porque Dios estaba con él.  Jesús es el que hace todo bien, el que pasó haciendo el bien; esa capacidad de hacer el bien se debe a que Dios estaba con él, a que había sido ungido con el poder del Espíritu Santo.

Uno de los rasgos que los evangelios destacan de Jesús es precisamente su actitud misericordiosa y su compasión para curar a los enfermos que encontraba.  Y contrastamos aquellos tiempos con los nuestros en los que no vemos tantos milagros.  Quisiéramos que los milagros se multiplicaran también hoy y que con solo invocar el nombre de Jesús los enfermos quedaran sanos, una y otra vez.  Y como Jesús dijo también que el que tiene fe como un granito de mostaza podría mover montañas, nos esforzamos por ponerle sentimiento al intento de hacer milagros y curaciones, y allí vienen los gritos, y los clamores, y los desmayos para sentir que tenemos fe.  Hay quienes promocionan sesiones de curación y sanación para curar de sus dolencias a cuantos enfermos se acerquen; pero si no se curan les hacen sentir que tienen poca fe.  ¿Es correcto enfocar las cosas de ese modo?  ¿Qué debemos pensar de los milagros el día de hoy?

La primera cosa que debemos afirmar es que hoy también hay milagros, pero contados y pocos.  Hay muchas curaciones que la gente experimenta como un milagro de parte de Dios; y qué bueno que tantas personas experimenten de manera directa el poder de Dios para dar vida.  La autoridad de la Iglesia es más cuidadosa para identificar que tal o cual curación fue en verdad un milagro.  Pero la autoridad de la Iglesia reconoce con relativa frecuencia que se dan curaciones inexplicables para la ciencia médica.  En segundo lugar, los milagros los realiza Dios, no un hombre.  Y si hay algunas personas, todavía vivas en la tierra o ya santos del cielo, a través de quienes Dios actúa con mayor frecuencia para realizar curaciones, debemos también saber que esas personas son muy conscientes de que actúan, no con poder propio, sino de Dios.  En tercer lugar debemos saber que ningún milagro, ni siquiera los de Jesús, produce la curación definitiva.  Los que Jesús curó de una enfermedad, más tarde padecieron otra y murieron; los que Jesús resucitó, incluso Lázaro, más tarde contrajeron alguna otra enfermedad y murieron.  Los milagros no tienen el propósito de traer la salvación definitiva, sino de mostrarnos que Jesús es la persona a través de quien esa salvación nos llega.  Los milagros benefician por un tiempo al enfermo con una curación pasajera, para que conozcamos que Jesús es quien trae la curación duradera, la resurrección de entre los muertos.  Por eso también ya los milagros no son tan necesarios como en el tiempo de Jesús, porque gracias a su resurrección sabemos que él es el autor de la vida.  Por eso también, si prestamos excesivo interés a los milagros por el beneficio temporal que nos traen, nos puede ocurrir que apartemos la mirada de Jesús y nos olvidemos de la verdadera salvación definitiva que él vino a traernos.  Es un error buscar los milagros de Jesús, cuando debemos buscar al Jesús que da la vida eterna, quien además enseña que los padecimientos de este mundo y de esta vida nos permiten compartir su cruz para llegar con él a la resurrección.

El pasaje evangélico de hoy nos narra la curación de un sordo y tartamudo.  Pero al final la gente dirige la mirada a Jesús: ¡Qué bien lo hace todo!  El profeta Isaías en la primera lectura vislumbra el día en que verán los ciegos, oirán los sordos, saltará el cojo y cantará el mudo.  Ese día será el signo de que ha llegado el Señor para salvarnos.  Pues bien, Jesús, que lo hizo todo bien, es el salvador enviado por Dios.  Y los ciegos verán de verdad, y los sordos oirán de verdad, y el cojo saltará de verdad, y el mudo cantará de verdad cuando lo haga ante Dios en la resurrección de los muertos.

Otra enseñanza diferente nos propone hoy el apóstol Santiago en la segunda lectura.  Él denuncia una práctica de su tiempo y del nuestro.  Nos dejamos llevar por las apariencias para tratar a unas personas con deferencia y a otras con desprecio.  Ponemos el valor de las personas en la calidad de su vestido, en su aseo corporal, en su forma de hablar desenvuelta o inculta, en sus modales refinados o toscos.  Santiago nos dice que ese modo de proceder no es compatible con la fe en Jesucristo: Puesto que ustedes tienen fe en nuestro Señor Jesucristo glorificado, no tengan favoritismos.  El valor de las personas no está en las apariencias de su vestido o en el pulimiento de su modo de hablar, sino en su dignidad de ser imagen de Dios, sobre todo cuando esta dignidad se refleja en la integridad moral de la conducta, en la calidad humana del trato, en la nobleza de los sentimientos.  Santiago nos urge a ver a la persona, más allá de la apariencia.  Nos apremia a no dejarnos deslumbrar por la superficie, sino mirar a la persona igual en dignidad a nosotros mismos.

Finalmente en este día de las elecciones, quiero apremiar y animar a que vayamos a votar todos los que ya estamos inscritos en el padrón electoral.  Hoy no es día para dejar que otros decidan.  Votar es asumir nuestra responsabilidad.  Y a quienes ya han decidido ir a votar, les pido que voten con responsabilidad, pensando en Guatemala y no en algún beneficio personal o sectorial inmediato.  Pasamos por una crisis institucional inmensa; votemos con responsabilidad.  Finalmente pido a todos abstenerse de cualquier tipo de violencia política y electoral. La violencia no resuelve los agravios reales o imaginados, sino que los empeora y los agrava. No a la violencia el día de hoy.  Oremos por nuestro país, que somos nosotros mismos, oremos para que tengamos discernimiento y para que nuestras acciones contribuyan siempre al bien común.  Oremos por las nuevas autoridades en el ejecutivo, para que en estos cuatro meses próximos conduzcan al país con sabiduría.

 
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