Horario Parroquial

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Domingo 22° Ordinario

 

Las tres lecturas de hoy y además el salmo responsorial tienen un tema en común: el cumplimiento de los mandamientos de Dios.  Jesús sale al paso de unos fariseos que critican a sus discípulos, porque no se lavan las manos antes de comer.  La costumbre judía de lavarse las manos antes de comer no surgía de preocupaciones higiénicas de no ingerir gérmenes y bacterias que nos puedan causar enfermedad.  Esas razones higiénicas son las que nos motivan a nosotros a lavarnos las manos antes de comer. 

Los judíos del tiempo de Jesús guardaban esa práctica por razones rituales.  Quizá con sus manos habían tocado alguna persona u objeto impuro, funesto, nefasto, y al comer sin purificarse las manos se tragarían la desgracia, la impureza, la inhabilitación para el culto.  Jesús descalifica esas prácticas y esos temores y los declara sin fundamento.  La impureza e inhabilitación no le viene al hombre desde fuera, por lo que come, sino que nacen desde dentro, por medio de los pensamientos, las decisiones y las acciones contrarias a la ley de Dios que salen del corazón.  Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.  Nada que entre de fuera puede manchar al hombre; lo que sí lo mancha es lo que sale de dentro, del corazón: las intenciones malas, las fornicaciones, los robos… Y Jesús hace una lista larga de pecados y delitos que nos hacen verdaderamente impuros e impresentables ante Dios.  Todas estas maldades salen de dentro y manchan al hombre.

En nuestra fe católica, la rectitud moral no es solo una condición para realizar el culto rectamente.  La rectitud moral es el principal acto de culto que Dios espera de nosotros.  Esto es así hasta el punto de que la persona que realiza un acto de culto, la misa por ejemplo, mientras persevera en acciones pecaminosas no saca provecho del culto que practica.  Por el contrario, una persona recta y caritativa, honesta y moralmente íntegra, ya es grata a Dios, aunque por alguna razón válida no participe todavía en los actos de culto.

Esta importancia de la integridad moral en la vida de religión tiene su razón de ser en el hecho de que a través de los actos moralmente buenos construimos nuestras personas, nuestra familia y nuestra comunidad.  Mientras que por los actos pecaminosos y perversos, nos destruimos a nosotros mismos, a nuestra familia y a nuestra comunidad.  Y Dios quiere que construyamos, no que destruyamos.

Por eso mismo conviene saber que los mandamientos de Dios son buenos, no porque Dios los mande, sino que Dios los manda porque son buenos.  Es decir, la bondad de los mandamientos es previa, anterior, a que sean una orden de Dios.  ¿De dónde les viene entonces a los mandamientos su bondad, si no viene de la autoridad directa de Dios?  La bondad les viene a los mandamientos del hecho de que son coherentes con la naturaleza humana, creación de Dios.  Nuestro libro fundamental de referencia para saber por qué una acción es buena o mala es la naturaleza misma de las cosas, que ha sido creada por Dios.  Mentir es malo porque pervierte el propósito de la palabra que es la comunicación, la información.  La mentira manipula a la persona que recibe la palabra falsa.  Porque mentir es malo, por eso Dios lo prohibió.  Robar es malo, porque toda persona adquiere dominio sobre los bienes que ganó por medio de su trabajo o de su inventiva, y apropiarse de lo que es de otro pervierte la razón del trabajo y el orden social.  Por eso Dios prohibió robar.  Matar es malo porque toda persona está dotada de dignidad y libertad y de conciencia personal y porque ha recibido la vida como don.  Por eso nadie puede matar o ni siquiera menospreciar a otra persona, porque agrede su dignidad y derecho a existir.  Por eso Dios prohibió matar.  Por eso también la Iglesia, cuando enseña las normas de conducta sobre muchas áreas de la existencia humana, recurre a la naturaleza de las cosas para derivar de la naturaleza los criterios de acción.  En temas como la moral de la sexualidad y la reproducción humana, en temas como la productividad empresarial y el intercambio de bienes, en temas como la manipulación genética de los embriones humanos, que no son temas que aparezcan en la Biblia, la Iglesia con toda seguridad se dirige al otro libro de Dios, al libro de la naturaleza y de allí deriva los criterios constructivos de la condición humana.  Por eso para saber lo que es recto y justo es necesario saber cómo son y cómo funcionan las cosas.

En la primera lectura de hoy Moisés exhorta a los israelitas y también a nosotros a cumplir los mandamientos.  A atenernos en nuestra conducta a la ley de Dios, tanto la que conocemos en la Biblia como la que leemos en la naturaleza humana y la naturaleza de las cosas.  Guárdenlos y cúmplanlos porque ellos son la sabiduría y la prudencia de ustedes a los ojos de los pueblos.  Detrás del conocimiento de la verdad acerca de la conducta humana está la cercanía de Dios que nos alienta a ser más humanos, más personas, más solidarios, más santos.  ¿Cuál es la gran nación cuyos mandatos y preceptos sean tan justos como toda esta ley que ahora les doy?

También el apóstol Santiago, en su carta que comenzamos a leer hoy, nos exhorta a vivir de acuerdo con la Palabra de Dios: Pongan en práctica esa palabra y no se limiten a escucharla, engañándose a ustedes mismos.  La religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre, consiste en visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones y en guardarse de este mundo corrompido.  Esta es una afirmación clara de lo que decíamos al principio: el culto que Dios espera tiene su raíz en la conducta en la vida ordinaria y su floración en la liturgia en el templo, en la iglesia.  Pero esto último no tiene sentido sin falta lo primero.

¿Quién será grato a tus ojos, Señor?, pregunta el salmista.  Y la respuesta es clara y contundente: El hombre que procede honradamente y obra con justicia.

 
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