Horario Parroquial

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DOMINGO 21° ORDINARIO

¿También ustedes quieren dejarme? Esa es la pregunta decisiva que Jesús lanza a sus propios discípulos que murmuran, critican, rechazan su enseñanza. Él había enseñado que él es el pan de vida que se come creyendo en él; también había enseñado que él da su cuerpo y su sangre como alimento, que hay que comer y beber para tener vida eterna. El comentario de los discípulos ante estas declaraciones de Jesús es el siguiente: Este modo de hablar es intolerable, ¿quién puede admitir eso?

El punto de discrepancia entre Jesús y sus discípulos era una enseñanza religiosa y sacramental. Jesús ofreció su carne como comida y su sangre como bebida. La idea resultó repugnante a sus discípulos, quienes posiblemente se imaginaron escenas de canibalismo y vampirismo. Por supuesto que todos sabemos que Jesús nos ofrece su carne bajo la apariencia de pan y su sangre bajo la apariencia de vino. El lenguaje realista de Jesús pretende simplemente subrayar el realismo de su presencia en el pan y vino eucarísticos. Pero Jesús no suavizó, no acomodó, no reinterpretó su mensaje. Presentó más bien la opción de la retirada: si les parece muy duro, pueden irse.

Esta actitud de Jesús en torno a su enseñanza eucarística, puede aplicarse también a otras enseñanzas de la Iglesia. A medida que pasa el tiempo, a medida que la sociedad se seculariza, a medida que la fe cristiana se diluye, a medida que lo conveniente ocupa el lugar de lo verdadero, el Evangelio y las enseñanzas de Jesús resultarán más extraños, más ajenos, más intolerables a los miembros de nuestra sociedad fuera de la Iglesia y alguno dentro de la misma Iglesia. La tentación será la de acomodar el Evangelio a las corrientes de los tiempos, al modo de ser de la actualidad. Pero ese ha sido el camino de la capitulación, no el camino de la defensa de la verdad.

El deterioro y socavamiento de la cultura y modo de pensar es tal, que la sociedad no solo se aparta del Evangelio, sino se aparta incluso de la verdad conocida por la razón. En la Iglesia católica sostenemos que Dios nos ha dado la mente para pensar, que la razón humana es capaz de conocer la verdad, también para conocer lo que es justo y lo que es injusto. Además de la razón, tenemos el Evangelio, la revelación que Dios nos ha dado para conocer aquellas verdades acerca de realidades que están fuera del alcance de la razón.

Por la razón conocemos que este mundo no pudo darse a sí mismo la existencia y que debe haber un Dios que lo creó, conocemos que los seres humanos estamos dotados de inteligencia y libertad y somos únicos en la creación y de mayor dignidad que el resto de los seres vivos, conocemos que debemos respetar la vida y dignidad del prójimo, que cada quien puede llamar suyo lo que ha ganado con su trabajo, que la sexualidad humana está orientada a la procreación, y muchas otras cosas más acerca de las normas que rigen la vida del hombre y de la sociedad. Esas normas de vida que se deducen de la naturaleza de las cosas reciben el nombre de ley natural. En cambio por el evangelio conocemos la verdad acerca de Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, conocemos la verdad de la salvación que Cristo nos ha traído, la verdad del perdón de los pecados, la verdad de la resurrección de los muertos y de la vida eterna, y los mandamientos de Dios confirman las verdades morales que ya conocemos por la razón.

Nuestra cultura contemporánea se aleja, no solo de las verdades que conocemos por la revelación, sino también incluso de las verdades conocidas por la razón. De esa cuenta se justifica y legaliza el aborto, se dice que el género de las personas es independiente de su sexo, se quiere reinventar el matrimonio como unión de dos personas y no como la unión de un hombre y una mujer, se admiten como moralmente indiferente las prácticas homosexuales. Los poderosos siempre han intentado limitar o suprimir la libertad de las personas para hablar y actuar.

Quienes somos creyentes en Jesús debemos resistir, afirmar no solo la verdad que conocemos por la Biblia, sino también la verdad que conocemos por la razón, aunque la cultura cambie hacia otros valores y conceptos. El Evangelio de Jesús nos enseña a valorar como venida de Dios también esa verdad que quizá no está en la Biblia, pero que la conocemos porque Dios nos dio la razón para pensar.

Cuando la Iglesia y los creyentes sostenemos esa verdad conocida por la razón como parte de la verdad necesaria para la salvación, la sociedad y la cultura contemporánea nos dicen hoy como decían a Jesús: Este modo de hablar es intolerable, ¿quién puede admitir eso? Y nos piden que cambiemos nuestra enseñanza y nuestra doctrina para acomodarnos a las tendencias culturales. Pero debemos nosotros responder con las palabras de Jesús: ¿También ustedes quieren dejarme? Y debemos afirmar la verdad de la dignidad humana desde la concepción, la verdad del matrimonio y la familia, verdad de la sexualidad humana y otras tantas verdades que la Iglesia nos enseña, no porque están en la Biblia, sino porque las conocemos por la razón que Dios nos dio para pensar. Al sostener las verdades que Dios nos ha enseñado por la revelación y las verdades que Dios nos ha comunicado a través de la razón estamos asegurando la humanización de nuestras personas y de la sociedad.

Simón Pedro respondió a Jesús: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios. Esa respuesta de Pedro es el inicio de una fe que ha superado la prueba, de una fe que ha comparado otras opciones, de una fe que ha pasado por el discernimiento. A medida que nuestra cultura y nuestra sociedad se vuelvan menos cristianas, más paganas, más secularizadas, entonces con más convicción y con más oración deberemos fortalecer nuestra fe. Esa declaración de Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna, se convertirá en alabanza y profesión de fe que cada día con mayor convicción deberemos reafirmar para marcar el camino de nuestro seguimiento de Jesús que es también el camino de una mayor humanización de las personas y de la sociedad.

 
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