Horario Parroquial

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Domingo 20° Ordinario

 

Hoy hemos leído un pasaje más del capítulo 6 de san Juan, la instrucción sobre el pan de vida.  En domingos pasados hemos leído otros pasajes de este capítulo.  Pero en el de hoy, Jesús realiza una transición en su enseñanza.  Hasta ahora él se ha identificado como el pan de vida.  Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que come de este pan vivirá para siempre.  A lo largo del discurso él ha insistido que hay que ir a él, hay que creer en él.  El que viene a mí nunca tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed.  La enseñanza sobre el pan vivo que es Jesús tenía siempre como conclusión la invitación a creer en él.  Jesús es un pan que se come creyendo en él. 

Pero en el pasaje que hemos escuchado hoy, Jesús introduce una nueva idea, realiza una transición.  El pan que yo les voy a dar es mi carne, para que el mundo tenga vida.  Ahora por primera vez aparece la conexión con la eucaristía: es necesario comer la carne de Jesús y es necesario beber su sangre para tener vida eterna y participar en la resurrección: El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día.  Su carne y su sangre son verdadera comida, que no solo confieren la vida eterna y la resurrección, sino que producen una unión especial entre Cristo y el cristiano: El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.  El que come de este pan vivirá para siempre.  Si hasta ahora Jesús nos invitaba a comer el pan que es él mismo creyendo en él y siguiéndolo, en este pasaje de hoy Jesús nos invita a comer su carne y a beber su sangre, una referencia evidente a la eucaristía, en la que el pan consagrado es el Cuerpo de Cristo y el vino consagrado es la Sangre de Cristo.  De paso conviene incluso señalar que Jesús no habla de su cuerpo, sino de su carne, de manera más concreta y hasta física.

¿Qué es la Santa Eucaristía?  Es el sacramento que Jesucristo instituyó durante su última cena con sus discípulos antes de morir, durante la cual tomó el pan y lo declaró su Cuerpo entregado a la muerte en la crucifixión pero también su Cuerpo entregado a la obediencia al Padre a lo largo de toda su vida.  El Cuerpo de Cristo es él mismo en su concreción histórica.  En esa cena, tomó también una copa de vino y la declaró su Sangre, con la que se establecía la nueva alianza; Sangre vertida en la cruz a favor de muchos para el perdón de los pecados.  La sangre de Cristo es su vida misma ofrecida a Dios como sacrificio.  Jesús mandó a sus discípulos a reiterar el gesto.  Y desde entonces en las comunidades cristianas se celebró la cena del Señor principalmente el día domingo.  Ya san Pablo, cuando escribió la 1ª Carta a los Corintios hacia el año 55, da testimonio de que en Corinto se celebraba la cena del Señor como un rito recibido del Señor.

¿Qué significado tiene la Santa Eucaristía?  Las palabras que se pronuncian sobre el pan y el vino hacen alusión a la futura muerte de Jesús.  Las palabras de la institución que el sacerdote pronuncia en la misa están en futuro: Esto es mi cuerpo que será entregado por ustedes.  Este es el cáliz de mi Sangre que será derramada por ustedes.  Cuando Jesús dijo esas palabras en la cena, el futuro era su muerte en la cruz.  Como ese cuerpo entregado y esa sangre derramada favorecen a quienes lo comen y lo beben y establecen la nueva alianza para el perdón de los pecados, enseguida fue fácil comprender que la muerte de Cristo en la cruz cumplió lo que los sacrificios del Templo de Jerusalén intentaban alcanzar.  Por eso fue fácil comprender por una parte que la muerte de Cristo en la cruz es el sacrificio que sustituye y reemplaza todos los sacrificios no solo judíos, sino de todas las otras religiones del mundo.  Ese es el único sacrificio que nos reconcilia con Dios, nos trae el perdón, nos da la vida.  Y la Eucaristía es por eso actualización a lo largo de los siglos del sacrificio de Cristo en la Cruz.  Por eso también, la santa eucaristía recibe también el nombre de Santo Sacrificio de la Misa.

Pero no es menos cierto, que la santa eucaristía se instituyó durante una cena, y es una comida.  De hecho, el altar donde se ofrece el sacrificio, que antiguamente era un fogón donde se quemaban las ofrendas, es ahora para los cristianos una mesa, en la que se prepara el pan y la sangre que dan vida.  La mesa se adorna con un mantel blanco y solo blanco, porque evoca y anticipa aquella comida que se celebrará en el reino de Dios en el cielo.  Así que la misa no solo mira hacia atrás a la última cena del Señor, sino que también anticipa en este mundo aquella cena de la que dice el Apocalipsis: Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero (19,9).  Como enseña Jesús hoy, su carne y su sangre son alimentos para la vida eterna.  No solo eso, producen también la unión de que lo come con Jesús y en Jesús todos los que comemos su Cuerpo, formamos el Cuerpo de la Iglesia.  Por eso la santa eucaristía recibe también el nombre de la Cena del Señor.

Recibe el nombre de Eucaristía, porque ella es también una acción de gracias a Dios por sus dones, porque Jesús al partir el pan y repartirlo dio gracias al Padre, porque nosotros también lo recibimos con agradecimiento.  El nombre de Misa que se da a esta celebración es muy antiguo.  Tiene que ver con la despedida final con la que el sacerdote concluye la celebración.  El sacerdote decía en latín: Ite, missa est.  La traducción literal sería: “Pueden irse, ya se envió”.  Lo que no queda claro es qué fue lo que se envió: si la oración que ya concluyó, si la comunión a los enfermos que la llevaron los ministros o si es la misma asamblea reunida que ha sido enviada a dar testimonio de su fe en el mundo.

Pero, ¿quién es digno de recibir este sacramento?  A decir verdad, nadie.  Y de hecho, antes de la comunión decimos: Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.  La eucaristía es siempre un don, un regalo que no merecemos ni nos ganamos.  No es un derecho que podamos reclamar por nuestros méritos.  La Iglesia y la conciencia cristiana, sin embargo, nos piden un mínimo de preparación.  Quien lo recibe debe estar bautizado, esto en primer lugar.  Si la persona ha cometido pecados graves debe reconciliarse primero con Dios por el sacramento de la confesión antes de acercarse a comulgar.  Nos pide que nuestra vida esté en orden con Dios y que vivamos de acuerdo con lo que debe ser la vida cristiana.  De allí que una pareja de bautizados que vive unida como marido y mujer pero no han santificado su unión con el sacramento del matrimonio no puede acercarse a comulgar hasta que santifique su unión con el sacramento; tampoco quien antes recibió el sacramento del matrimonio y luego se divorció y comenzó una nueva vida conyugal con otra pareja puede acercarse a comulgar.  Las parejas simplemente unidas o aquellas en la que uno o los dos estuvieron antes casados por la Iglesia con otra persona requieren nuestra atención pastoral, pero no están en condiciones de acercarse a comulgar.  La Iglesia también nos pide una preparación corporal mínima: nos pide abstenernos de cualquier otra comida material una hora antes de recibirla.  La comunión no es una comida más.  No importa que Jesús la estableció durante una cena; no en vano han pasado veintiún siglos que nos han conducido a prácticas como el ayuno antes de comulgar, que nos ayudan a tomar conciencia de que se trata de algo especial.  De igual modo, aunque está permitido recibirla en la mano, la sensibilidad espiritual cristiana hace muchos siglos condujo a la práctica de recibirla en la boca, como expresión de que ante el Señor somos como niños pequeños, que recibimos el alimento de nuestra Madre la Iglesia con humildad, confianza y sencillez.

La eucaristía es lo más sagrado que tenemos en la Iglesia católica, pues es el mismo Cristo Nuestro Señor.  Después de la celebración de la misa, el pan consagrado que no se distribuyó se guarda en el sagrario para llevarlo a los enfermos y para nuestra adoración.  Respetemos, adoremos y alegrémonos con el Señor que ha sido tan bueno con nosotros.

 
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