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Domingo 19° Ordinario

 

Hace un mes leíamos en la misa del domingo un pasaje del evangelista san Marcos, quien relataba la visita que Jesús había hecho a su pueblo de crianza Nazaret.  La gente reconocía la sabiduría de las palabras de Jesús, pero se negaba a aceptarlas como auténticas y verdaderas porque conocían a sus parientes y pensaban que un paisano suyo no podía de verdad ser un enviado de Dios.  El pasaje de hoy, del evangelista san Juan, reitera la escena.  Ahora es en Cafarnaúm y quienes dudan son los que habían comido gracias a la multiplicación de los panes y los peces.  Jesús les explica que en realidad el verdadero pan que alimenta para la vida eterna es él y que hay que creer que él ha bajado del cielo y por lo tanto es necesario poner la fe en él.  La gente se resiste.  ¿No es este Jesús, el hijo de José? ¿Acaso no conocemos a su padre y a su madre?  ¿Cómo nos dice ahora que ha bajado del cielo?

Puesto que son las mismas dudas acerca de la misma persona.  Uno se puede plantear dos preguntas: ¿dudaban de verdad o se trataba de un pretexto?  Es decir, ¿en verdad el conocimiento que tenían de los orígenes humanos de Jesús les impedía reconocer en él al Hijo de Dios?  Entonces, la humanidad de Jesús habría sido para ellos un obstáculo para reconocer en él al Hijo de Dios.  ¿O se trataba de un pretexto?  En realidad la gente sabía quién era Jesús, pero no quería creer en él, no quería acoger su mensaje, no quería convertirse y cambiar.  Entonces sacó el pretexto de que era uno de ellos, de que era un paisano más, y se justificó en su obstinación.

El pasaje no nos permite decidir cuál era la situación de la gente.  Pero al plantearnos esas preguntas, sí nos podemos preguntar nosotros mismos acerca de nuestras resistencias, de nuestros propios pretextos, de nuestra selectividad para aceptar una parte del mensaje de Jesús pero otra parte no, porque no nos conviene.

Jesús llama a esas dudas una murmuración.  En la Biblia, las quejas contra Dios y contra el modo como Dios decide hacer las cosas se llaman murmuraciones.  Así como las críticas que hacemos en voz baja contra otra persona se llaman murmuraciones, las críticas que hacemos abiertamente o en el secreto de nuestro corazón contra Dios y sus designios se llama murmuración.  Pero como se trata de Dios, la murmuración es un pecado pues pretende corregirle a Dios sus caminos y sus planes.  Dios no debería hacer las cosas a su modo, sino al nuestro.  La murmuración de la gente consiste en resistirse a creer que el enviado de Dios pueda ser un paisano.  La murmuración de la gente es expresión de su propia falta de fe.

Entonces Jesús pronuncia una frase que da qué pensar: Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado.  Y luego explica: Todo aquel que escucha al Padre y aprende de él, se acerca a mí.  ¿Cómo es eso?  ¿Acaso el Padre nos habla interiormente y sus palabras interiores nos encaminan hacia Jesús?  ¿Qué quiere decir Jesús?  Ciertamente no quiere decir que el Padre les hable a unos y a otros no y por eso unos creen y otros no.  Pero por una parte dice Jesús nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre.  La atracción es del Padre, y esa atracción es causa de que nos acerquemos a Jesús.  Pero luego explica: Todo aquel que escucha al Padre, se acerca a mí.  Aquí la escucha es del creyente; quien escucha al Padre llega a Jesús.  Lamentablemente Jesús no explica cómo es que el Padre atrae y cómo es que nos habla y lo escuchamos, si no es a través del mismo Jesús. 

En este pasaje, Jesús intenta explicar el origen de nuestra fe.  Y nos dice a quienes creemos que esa fe no es un logro nuestro, sino que es un don de Dios.  El Padre Dios con su misericordia nos ha atraído y nosotros nos hemos dejado conducir por él hasta Jesús.  Al sabernos atraídos por Dios también hemos abierto nuestra mente, nuestros oídos a la voz de Dios que nos habla a través de Jesús.  La exhortación de Jesús va encaminada a que agradezcamos a Dios que nos atrajo y nos condujo hacia Jesús.  Y en segundo lugar anima a todos a dejarse atraer por Dios, pues él a todos atrae e instruye.  Todos serán discípulos de Dios.  A esta palabra de Jesús se puede añadir la de san Pablo en la segunda lectura: No le causen tristeza al Espíritu Santo, con el que Dios los ha marcado para el día de la liberación final.  Imiten, pues, a Dios como hijos queridos.  Vivan amando como Cristo, que nos amó y se entregó por nosotros.

En Jesús hallaremos el pan de vida y alcanzaremos la vida eterna.  El que coma de este pan que soy yo, dice Jesús, vivirá para siempre.  Hagamos todo lo posible por fortalecer nuestro conocimiento y nuestro amor por Jesús, conozcamos su palabra y sus enseñanzas, y sobre todo conozcámoslo a él y su amor por nosotros.  Y alcanzaremos la plenitud que busca todo nuestro ser.

 
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