Horario Parroquial

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Domingo 18° Ordinario

 

La gente que recibió el beneficio de un almuerzo gratis gracias al milagro de Jesús que multiplicó los panes y los peces, se fue detrás de él a Cafarnaúm.  Jesús pudo haberse creado un séquito de admiradores y aduladores.  Ya habían querido proclamarlo rey inmediatamente después de comer el pan y los pescados.  Pero Jesús se les había escabullido.  Ahora lo encuentran en Cafarnaúm.  Jesús les advierte: Ustedes me andan buscando, no por haber visto señales milagrosas, sino por haber comido de aquellos panes hasta saciarse.  Me buscan por la comida y no porque busquen a Dios en mí.  Jesús rechaza todo clientelismo religioso o político.  Es muy fácil manipular a quienes tienen necesidad, y con un almuerzo, con una lámina, con un par de zapatos o incluso con una gorra, convertirlos en seguidores a causa del beneficio inmediato.  Jesús urge a esos seguidores a mirar más arriba: No trabajen por ese alimento que se acaba, sino por el alimento que dura para la vida eterna, y que les dará el Hijo del hombre.

Es verdad que quien tiene necesidad de comida, salud, vivienda y abrigo tiene una urgencia especial para satisfacer esas necesidades primarias.  Pero igualmente es verdad que se hace daño a sí mismo quien piensa que esas son las únicas necesidades verdaderas que tiene.  Menosprecia a los pobres quien piensa que con solo satisfacer las necesidades materiales, encuentran sentido para sus vidas y consistencia para sus días.  A veces hay que hacer como Jesús, que invitaba a esos pobres que lo seguían a que abrieran sus ojos para buscar, más allá del pan de cada día, el alimento que no se acaba.  La evangelización consiste en ofrecer, no sólo las palabras de salvación eterna, sino también en sensibilizar a quienes no lo perciben, que la verdadera hambre del hombre es el hambre de vida eterna.  Eso es lo que hace Jesús.

La gente le pregunta a Jesús: ¿Qué necesitamos hacer para llevar a cabo las obras de Dios?  Quizá hoy día le haríamos otra pregunta a Jesús: ¿Por qué hemos de pensar que hay otras necesidades más allá de satisfacer las carencias materiales?  Tú ofreces la vida eterna.  ¿Por qué hemos buscar esa vida eterna, si lo que necesitamos es vivir aquí en la tierra, tener comida, vivienda, salud, ropa, educación y trabajo?  ¿Hace falta algo más?  Sabemos que necesitamos comida cuando tenemos hambre y que necesitamos ropa cuando tenemos frío, pero ¿cuándo vamos a saber que necesitamos vida eterna?  ¿No será, Jesús, que nos estás ofreciendo algo que ya no necesitamos?

De ningún modo, nos responde Jesús.  Sólo que así como uno puede tapar el hambre del cuerpo con chucherías que no alimentan o incluso con algún narcótico que oculta el hambre, uno puede tapar el deseo de Dios con la distracción y el entretenimiento.  Hay que dejar que el hambre espiritual se deje sentir en la búsqueda de sentido para la vida, perdón para la culpa, felicidad para el alma, seguridad ante el mal y la muerte.  Entonces descubriremos que Jesús tiene palabras de vida eterna.  Que la obra de Dios consiste en que creamos en aquel a quien él ha enviado a este mundo.

Jesús por eso también se presenta como el pan de vida, porque es capaz de saciar esa otra hambre interior que no se sacia con el alimento de cada día ni con la solución de los problemas temporales.  Con toda claridad Jesús declara de sí mismo: El que viene a mí no tendrá hambre y el que cree en mí nunca tendrá sed.  O con las palabras de san Pablo hoy en la segunda lectura: Jesús les ha enseñado a abandonar su antiguo modo de vivir, ese viejo yo, corrompido por deseos de placer.  Dejen que el Espíritu renueve su mente y revístanse del nuevo yo, creado a imagen de Dios. Un nuevo yo que es identidad con el mismo Jesús y su propuesta de vida.

Y ¿por qué es Jesús el pan de vida?  ¿Qué ofrece Jesús que debamos creer en él?  Fundamentalmente dos cosas: Jesús es quien ha vencido a la muerte.  Jesús ha resucitado y nos ha manifestado que en unión con él también nosotros podemos vencer la aniquilación de la muerte.  La gran amenaza a la existencia y al sentido de la vida es precisamente la presencia inexorable de la muerte al final de este camino de la vida en este mundo.  La muerte que aniquila la existencia parece vaciar todo propósito constructivo de sentido y consistencia.  ¿Qué diferencia hay entre el que vive de manera constructiva y el que actúa de forma destructiva si al final ambos acaban de igual manera?  El legado que uno y otro dejan a quienes les sobrevivan tendrá distinto valor, por supuesto.  Pero ni a uno le benefician personalmente sus acciones constructivas ni al otro le perjudican su acciones destructiva.  Solo la esperanza en la vida eterna, es decir, en la posibilidad de una pervivencia más allá de la muerte hace la diferencia.  Esa esperanza la ofrece Jesús.

Del mismo modo, la posibilidad de perdón, de cambiar de una vida orientada hacia la destrucción a una vida encaminada de forma positiva, la posibilidad de un perdón que anule el peso de las acciones negativas del pasado y abra la posibilidad de cambiar la orientación de la propia vida hacia el bien, eso solo lo ofrece Jesús. 

Por eso Jesús es pan de vida y hay un beneficio por creer en él.  Creer en Jesús es una opción que abre horizontes de esperanza, de luz y de vida eterna.  No hay nadie que ofrezca esa posibilidad.  Y no se trata de una oferta engañosa e ilusoria.  Se trata de una oferta consistente, porque él ha resucitado de entre los muertos y comunica su Espíritu a quienes creen en él.  Por eso las declaraciones de Jesús, su oferta es verdadera y real.  Rechazarla es posible, pero a precio de vivir de esperanzas pasajeras que nos entretienen en el camino mientras llega el fin o, en el peor de los casos, a precio de vivir sin esperanza ni Dios en este mundo (cf. Ef 2,12).

 
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