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Domingo 17° Ordinario

 

El relato del milagro de la multiplicación de los panes nos ha llegado en los evangelios a través de seis versiones diversas.  San Lucas y san Juan lo cuentan una sola vez; Mateo y Marcos dos veces cada uno, con algunas variantes, dando a entender que Jesús lo realizó dos veces.  Ningún otro milagro, ningún otro episodio de la vida de Jesús está atestiguado de manera tan abundante: ni su nacimiento, ni la transfiguración, ni la resurrección de Lázaro, ni el milagro de la conversión del agua en vino, ni la institución de la eucaristía.  Uno se pregunta, ¿qué tiene de especial este milagro que los evangelistas lo consideraron tan importante?

Quizá el final del pasaje evangélico de hoy nos da una luz.  Dice el evangelista san Juan que la gente, al ver la señal milagrosa que Jesús había hecho, decía: “Este es, en verdad, el profeta que había de venir al mundo”.  De modo que la gente quería llevárselo para proclamarlo rey.  Es decir, que como consecuencia de este milagro, la gente reconoció que Jesús era el enviado de Dios, el Mesías esperado.  En la Iglesia de los orígenes por lo tanto el relato de este milagro se repetía como testimonio de que Jesús es el Mesías.  Y por eso los evangelistas lo narraron tantas veces.  Pero, ¿qué tiene de especial este milagro que más que cualquier otro permitió a la gente reconocer que Jesús era el Mesías de Dios?  Hay varios rasgos.  En primer lugar recordemos que Jesús y los apóstoles están en un lugar apartado, solitario, lejos de pueblos y aldeas.  Y allí, en ese lugar desértico Jesús alimentó a la multitud y la gente se acordó que Moisés también había alimentado con el maná al pueblo de Israel en el desierto, cuando salió de Egipto.  Eso daba a entender que aquí había otro como Moisés y quizá más grande que Moisés.  Luego la abundancia.  El evangelista san Juan y también los otros evangelistas nos dicen que se trataba de una multitud inmensa.  Tan solo los hombres eran unos cinco mil.  Y sin embargo, a partir de cinco panes de cebada y dos pescados, Jesús los alimenta.  Tomó Jesús los panes, y después de dar gracias a Dios, se los fue repartiendo a los que se habían sentado a comer.  Igualmente les fue dando de los pescados todo lo que quisieron.  No fue una comida tasada y medida, sino abundante y generosa.  De modo que después de que todos se saciaron, Jesús dijo a sus discípulos: “Recojan los pedazos sobrantes, para que no se desperdicien”.  Y llenaron doce canastos.  En la abundancia de la comida la gente vio la abundancia del don de Dios.  Quizá se acordaron de que a través del profeta Isaías Dios había prometido su salvación como un gran banquete abundante para todos.  Por eso a través de esta comida espléndida Jesús se mostraba como el Salvador.  Y nos mostraba también que además de abundante, el don de Dios es gratuito, es regalo.  Es Dios el que extiende la mano hacia nosotros; no somos nosotros los que le arrebatamos a Dios un don que él se resiste a darnos.  La resistencia para acoger el don de Dios está de nuestra parte; de parte de Dios hay gratuidad abundante, gracia generosa.

Luego en una enseñanza que dará a esas mismas personas unos días después en Cafarnaúm, Jesús les explicará, que ese milagro con el que había satisfecho el hambre de comida era solamente un signo para enseñar que existe otra hambre en el ser humano: el hambre interior de búsqueda de sentido de vida, de deseo de felicidad y plenitud, de perdón por las faltas y pecados, de eternidad ante el hecho de la muerte.  Por eso también los evangelistas repitieron este relato tantas veces, con el fin de poner ante nuestros ojos a Jesús como el enviado de Dios que tiene palabras de vida eterna, que tiene respuestas que sacian no solo la mente, sino también la búsqueda del corazón humano.  Porque el cuerpo sufre hambre y enfermedad, necesitamos casa y trabajo, educación y seguridad, ciertamente, pero no solo de pan vive el hombre, no solo por satisfacer sus necesidades temporales queda contento el corazón humano, sino que también necesita de la palabra que sale de la boca de Dios.

Finalmente este relato también ha servido en la Iglesia para explicar el sacramento de la eucaristía.  Allí también Jesús nos reparte el pan de vida que es él mismo.  El sacramento de la eucaristía esconde un misterio.  Si uno mira solo lo que se ve, es obvio que la hostia no tiene consistencia material como para saciar el hambre corporal.  Sin embargo, si uno va más allá de lo que se ve, y mira con los ojos de la fe, sabe que en ese pedacito de pan se esconde el alimento que da vida eterna.  Jesús ya no da un alimento para saciar el hambre del cuerpo, sino que se convierte él mismo en alimento que da la vida eterna.  En esa catequesis que Jesús dará en Cafarnaúm a los que se beneficiaron del milagro, Jesús explicará que es necesario comer su carne y beber su sangre para tener vida la vida que no se acaba con la muerte.  Y esto solo ocurre en la eucaristía.  El milagro de la multiplicación de los panes se convirtió por eso en figura y metáfora de la misma eucaristía.

Este es un relato, pues, que expresa y manifiesta el corazón de nuestra fe: Jesús es el enviado de Dios.  Él nos alimenta, primero con palabras de luz que iluminan nuestra mente, que responden a nuestras inquietudes más profundas, que nos ayudan a descubrir el amor que Dios nos tiene.  Pero luego nos alimenta con su propia persona, nos da su Cuerpo y su Sangre en alimento y nos une a él de tal forma que ya desde ahora nosotros mismos comenzamos a poseer la vida eterna que vence la muerte.  Además, este don de Dios es generoso, abundante.  Aunque sea muy grande la multitud de quienes se alimentan de Jesús y del don de Dios, siempre alcanza para más personas.  Porque no es mezquina la mano del Señor.

Por eso es justa la proclamación que hoy hace el salmo responsorial: Abres, Señor, tus manos generosas y cuantos viven quedan satisfechos.  Siempre es justo el Señor en sus designios y están llenas de amor todas sus obras.  No está lejos de aquellos que lo buscan; muy cerca está el señor de quien lo invoca.  Que esta sea hoy nuestra confesión, nuestra alabanza y nuestra acción de gracias al Señor.

 
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