Horario Parroquial

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Domingo 16° Ordinario

 

El evangelio de hoy está dirigido principalmente a quienes hemos recibido de Jesús la misión y la tarea de ejercer el ministerio pastoral en su nombre.  Jesús se compadece ante la numerosa multitud que lo espera porque andaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas.  Previamente Jesús había enviado a sus discípulos en misión.  Ellos regresan y le dan cuenta de lo que han hecho y enseñado. 

Ellos saben que han sido enviados por Jesús, han actuado en su nombre, y son responsables ante él.  Por eso lo informan.  Jesús los invita a irse con él a un lugar solitario para descansar.  Jesús sabe también que tras la fatiga es necesario el descanso, pero los discípulos deben descansar con Él.  Vengan conmigo les dice Jesús.  No se trata de un descanso de distracción, de entretenimiento, de desconexión.  Se trata de un descanso de convivencia con Jesús.  Pero los planes cambian, al menos para Jesús.  Al llegar al lugar del retiro, encuentra una multitud que se les ha adelantado, porque intuía hacia dónde se dirigían.  Jesús se conmueve ante la búsqueda humana.  Y se pone a enseñarles muchas cosas.

La Iglesia condiciona la lectura de este pasaje evangélico al poner como lectura de referencia el pasaje de Jeremías de la primera lectura.  El pasaje es un oráculo de parte de Dios que se queja de los pastores que dispersan y dejan perecer a las ovejas de mi rebaño.  No las han cuidado.  Yo me encargaré de castigar la maldad de las acciones de ustedes.  Las faltas, las carencias, las negligencias de los pastores que Dios ha puesto frente a su pueblo a veces son las mismas a lo largo de los siglos; a veces son propias de una u otra época.  Jesús criticaba a los pastores de su tiempo porque enseñaban una cosa pero vivían de otro modo; les criticaba su deseo de valerse del cargo para buscar aplauso, honores, tratos especiales.  Les criticaba acomodar la enseñanza según sus intereses y no según los de Dios.  Jesús rara vez acusa a fariseos y saduceos de enriquecerse a costa del pueblo, pero ese vicio se ha dado a lo largo de la historia; mucha gente ha conocido a pastores y sacerdotes que ven en el ministerio un medio de enriquecimiento y a eso dedican toda su energía.  Muchos fieles critican a los sacerdotes que no se preparan para predicar, porque utilizan el momento de la predicación para hablar de los temas de su interés que tienen poco que ver con lo que las personas esperan oír de parte del ministro de Dios.  Es frecuente la queja por el maltrato, por el ejercicio abusivo de la autoridad, porque es difícil encontrar al sacerdote cuando es necesario hablar con él, porque nunca tiene tiempo; porque responde groseramente.  Desconciertan a veces los sacerdotes que redefinen el propósito de su ministerio para impulsar acciones más propias de los laicos y dejan en segundo lugar el servicio propiamente evangelizador y religioso.  Y por supuesto siempre está el desconcierto que causan aquellos sacerdotes que llevan una vida moral en contraste con el ministerio y la santidad a la que deben aspirar o que incluso han perdido la fe.

Dios dice hoy: Les pondré pastores que las apacienten.  Pero enseguida concentra la atención en el descendiente de David.  Será un rey justo y prudente y hará que en la tierra se observen la ley y la justicia.  A él lo llamarán: “El Señor es nuestra justicia”.  Jesús es ese pastor.  Él mismo se ha llamado el pastor ejemplar, el buen pastor.  Pero, decimos, hoy día Jesús no guía y apacienta directamente él a su rebaño, sino que confía ese ministerio a hombres falibles y pecadores.  Con lo que queja de Dios en el Antiguo Testamento contra los pastores negligentes se repite en el Nuevo Testamento.

Es allí donde está el reto para nosotros que ejercemos el ministerio.  En Jesús tenemos la referencia, el modelo.  Nuestra tarea es darle presencia al mismo Jesús, a través de nuestras palabras y acciones.  La Iglesia en diversos documentos no cesa de indicarnos a los sacerdotes cómo debemos ejercer el ministerio y cómo debemos imitar a Jesús hoy.  Nuestra tarea es superar nuestra fragilidad, nuestros vicios y pecados, nuestras deficiencias, negligencias e incoherencias creciendo siempre en la identificación espiritual con Jesús.

Y por qué digo estas cosas, si no estoy hablando a sacerdotes, sino a laicos que vienen a la misa del domingo a buscar una palabra de aliento para sí mismos.  Porque es importante que ustedes sepan que sus aspiraciones de que los sacerdotes de la Iglesia nos parezcamos cada vez más a Jesús es una aspiración legítima y válida.  Es necesario que ustedes también nos ayuden con la oración y el consejo a ser mejores sacerdotes.  Es necesario que fomentemos entre los jóvenes las vocaciones sacerdotales que la Iglesia necesita.  Los sacerdotes no caen del cielo, sino que nacen en las familias.  Y si alguna vez algún joven que quería ser sacerdote se arrepintió por el mal ejemplo de uno de nosotros, que sepa que a quien debemos imitar es a Jesús y no al ministro incoherente.

Jesús tuvo compasión de la multitud que encontró en ese lugar solitario al que se dirigía en busca de descanso.  Y aunque su propósito era otro, se puso a enseñarles, porque eran como ovejas sin pastor.  Efectivamente, somos como ovejas sin pastor cuando no tenemos la palabra que nos ayude a descubrir el sentido de nuestra vida desde el amor de Dios; somos como ovejas sin pastor si no tenemos quien nos dé testimonio vivo de que Dios nos ama y por eso hay esperanza; somos como ovejas sin pastor cuando no encontramos respuestas a esas preguntas profundas acerca de si hay perdón para nuestros errores y pecados, si vale vivir nuestra vida a pesar de que tenemos que morir.  Somos ovejas sin pastor cuando no encontramos aliento en la enfermedad, esperanza en el sufrimiento, dignidad en la humillación.  Jesús es nuestra referencia y él tiene palabras que dan vida.

La segunda lectura de hoy presenta a Jesús como nuestra paz.  Él es nuestra paz, porque trajo la reconciliación entre los pueblos que se excluían unos a otros.  Esta es también una faceta del ministerio sacerdotal: ser agentes de paz en las comunidades divididas, entre las familias en pleito, en los corazones partidos.  Que Jesús nos haga a los que ya somos sacerdotes más semejantes a él y que suscite entre nuestros jóvenes quienes vean que vale la pena ofrecerse a Dios para que Jesús siga siendo el buen pastor de todos.

 
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