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Domingo 15° Ordinario

 

Las lecturas de este domingo orientan nuestra reflexión en torno dos puntos.  El primero de ellos es la continuidad de la misión de Jesús en la de sus apóstoles.  Jesús los envía con el mismo encargo que él había venido a desempeñar.  Ese encargo se centra en una tarea: Jesús les dio poder sobre los espíritus inmundos.  El evangelista nos comenta después que los discípulos se fueron a predicar el arrepentimiento.  Expulsaban a los demonios y ungían con aceite a los enfermos y los curaban.  Esa expresión, “expulsar demonios”, nos resulta extraña. 

No es el lenguaje que la Iglesia utiliza para expresar su misión.  El mismo Jesús, después de su resurrección, cuando envía a sus discípulos en misión utiliza otro lenguaje: él habla de anunciar el evangelio, de enseñar a todos los pueblos sus propias enseñanzas y hacerlos discípulos, de bautizar a quienes crean.  Tampoco san Pablo hablaba de su misión en términos de expulsar demonios, sino de anunciar el evangelio, de predicar el perdón gratuito de Dios y su llamada a la santidad.

Pero ¿a qué se refería Jesús cuando dio poder a sus discípulos sobre los espíritus inmundos?  ¿Qué hacía Jesús cuando él mismo expulsaba demonios de la gente?  Hay un poder del mal que seduce y atrapa a la gente y les quita su libertad, las envuelve en el miedo.  La perversidad para hacer el mal, el sufrimiento de la enfermedad que merma la capacidad de trabajar y apaga el futuro y la oscuridad de la muerte que sustrae el sentido de la vida son amenazas tenebrosas que rodean la existencia humana.  Muchas personas confrontan esa negatividad como una fuerza personal y las designamos entonces como demonios.  Son espíritus malignos que mucha gente busca como aliados, teme como amenazas y en cuyo poder quedan atrapadas como esclavos.  Jesús ha venido a mostrarnos que esas realidades no tienen la última palabra.  Él ha venido a restituirnos en la libertad y la alegría.  Jesús envía a los Doce a predicar el arrepentimiento.  Jesús nos invita a darle la espalda a todo ese mundo de la oscuridad, del temor, de la esclavitud espiritual para darle la cara a Dios y a Jesucristo, a la luz, la verdad y la libertad.

San Pablo, en la segunda lectura de hoy, expresa el contenido del Evangelio de manera positiva.  Es un himno de alabanza a Dios de parte de quienes se saben liberados, santificados y elegidos por Él.  El Padre de nuestro Señor Jesucristo nos ha bendecido en él con toda clase de bienes espirituales y celestiales.  En efecto, el Padre Dios está al origen de todo nuestro bien.  Él nos ha bendecido con el don de su Espíritu y ha sembrado en nosotros la esperanza de la vida eterna.  Él nos eligió en Cristo, antes de crear el mundo, para que fuéramos santos e irreprochables a sus ojos, por amor.  Nos asombra saber que estábamos en la mente de Dios antes incluso de la creación.  O mejor dicho, cuando Dios pensó la creación desde toda la eternidad, nos pensó a cada uno de nosotros en ella.  Cada uno de nosotros ha sido querido y amado por Dios desde siempre.  Y Dios lo hizo porque sí, porque nos amaba.  El amor de Dios por nosotros está al origen de toda la creación y de nuestra redención.  Determinó, porque así lo quiso, que, por medio de Jesucristo, fuéramos sus hijos.  Esa es la gran dignidad a la que nos llama Dios: a ser sus hijos.  En el bautismo hemos nacido de nuevo a la vida eterna.  Este nuevo nacimiento es posible en unión con Cristo y gracias a la muerte y la resurrección de Cristo.  Todo esto tiene un fin: para que alabemos y glorifiquemos la gracia con que nos ha favorecido por medio de su Hijo amado.  Nuestra vida entera debe ser una alabanza de agradecimiento a Dios por su amor gratuito por nosotros.

Todo esto se debe a Cristo.  Por Cristo, por su sangre, hemos recibido la redención, el perdón de los pecados.  Este es el centro del evangelio.  Este es el mensaje de salvación.  Hemos sido liberados del pecado, de la tiniebla, de los poderes malignos, de los demonios y espíritus inmundos, para ser hijos de Dios, para alcanzar la vida eterna, para vivir en la luz y la verdad.  Dios tenía un proyecto de gracia y amor para nosotros, y somos privilegiados de tener parte en él.  Este es el plan que había proyectado realizar por Cristo, cuando llegara la plenitud de los tiempos: hacer que todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, tuvieran a Cristo por cabeza.  Por Cristo Dios creó el mundo al principio; por Cristo Dios da plenitud a la creación en la plenitud de los tiempos.  Por eso llamamos a Cristo nuestro Señor, por eso lo aclamamos como nuestro Rey.  En él encuentra sentido y consistencia nuestra vida.

A este final estaban llamados los judíos, los que ya antes esperábamos en Cristo, dice san Pablo.  A este final estamos llamados también las personas de todos los pueblos del mundo: en él, también ustedes, después de escuchar la palabra de la verdad, el Evangelio de su salvación, y después de creer, han sido marcados con el Espíritu Santo prometido.  El don del Espíritu ahora es el anticipo, la garantía, de la salvación final que esperamos.  Es la garantía de nuestra herencia, y nuestra herencia es el mismo cielo y la vida eterna.  De eso trata fundamentalmente nuestra fe; esa es la buena noticia de la salvación.

Jesús envió a sus apóstoles y sigue enviando todavía hoy a sus ministros a anunciar esta gracia.  Y los envía desprovistos de todo lo necesario para el viaje y la misión.  Este es el segundo punto del evangelio que merece nuestra reflexión.  ¿Por qué esa precariedad en el envío?  Porque la acogida del mensaje de parte de quienes lo reciben se debe demostrar en la acogida del mensajero, su hospedaje y sustentación.  Cuando entren en una casa, quédense en ella hasta que se vayan de ese lugar.  El anuncio del evangelio no está pensado por Jesús como una actividad sin correspondencia.  Al don del envío y a las fatigas del ministerio deben corresponder la acogida creyente y la hospitalidad efectiva.  Con el tiempo los signos palpables de la hospitalidad efectiva se han transformado en la ofrenda para sostener al ministro y al ministerio como signo de agradecimiento y de acogida creyente de la Palabra anunciada.  Pero esto también significa que el Evangelio no es simplemente una idea, una enseñanza, sino un estilo de vida que nos abre a Dios y al prójimo que merece la ofrenda de la hospitalidad agradecida.

 
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