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Domingo 13° Ordinario

 

Las lecturas de hoy nos traen un texto dramático: Dios creó al hombre para que nunca muriera, porque lo hizo a imagen y semejanza de sí mismo; mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo y la experimentan quienes le pertenecen.  Nos inquieta ese final.  A primera vista, parece que la muerte la experimentan todos, y no solo los que pertenecen al diablo.  La muerte la experimentan todos, hasta el mismo Hijo de Dios la padeció. 

Es más, podemos pensar que la muerte es algo natural.  Si prestamos atención a las enseñanzas de la ciencia, antes de que existiera la humanidad, existían los dinosaurios y otros animales gigantescos que ya no están, no solo murieron, sino que se extinguieron.  Todos los seres vivos mueren.  Entonces, ¿por qué dice este pasaje de la Biblia y otros también, que por envidia del diablo entró la muerte en el mundo?  ¿Acaso no estaba ya en el mundo desde que hubo seres vivos sobre la tierra?  Desde un punto de vista puramente natural, así son las cosas, eso es verdad.  Pero a la luz de la voluntad de Dios, que quiere nuestra vida, la muerte se vuelve signo y símbolo de lo que es contrario a Dios.  La muerte no es parte del designio de Dios para la humanidad; la muerte es una intrusa en los planes de Dios.  Se convierte así en símbolo y consecuencia del pecado.

Dios creó al hombre para que nunca muriera.  Pero el hecho es que tenemos que morir y de hecho morimos.  Y cuando miramos y tomamos conciencia de que tenemos que morir inevitablemente, nos planteamos las preguntas acerca del sentido de la vida.  ¿Para qué vivir, si tendré que morir?  ¿Vale la pena empeñarse en hacer el bien si la gente buena se muere igual que la gente mala?  ¿Hay algo más allá de la muerte o nos dormimos para siempre, nos apagamos como un fuego cuando se consumen las brasas?

Hemos escuchado también un relato largo del evangelio.  El evangelista nos ha relatado la curación de una mujer enferma y la resurrección de una niña muerta.  La enfermedad es como el anticipo de la muerte.  Cuando caemos enfermos, sobre todo con enfermedades más graves, nos damos cuenta de nuestra mortalidad, de que es cierto que nos podemos morir y que aunque Dios nos hizo para la vida, de hecho, lo que experimentamos es la muerte.  Pero en el relato del evangelio, Jesús tiene el poder para sanar a la mujer enferma y tiene la palabra para devolver a la vida a la niña muerta.  Él se presenta como aquel que tiene una respuesta a los interrogantes que nos plantea nuestra mortalidad.

Ese es el mensaje central del relato evangélico de hoy.  Jesús es el Hijo de Dios que nos capacita para superar la muerte de manera definitiva.  Sin duda, la mujer que fue curada en esa ocasión por Jesús, contrajo después otra enfermedad y murió.  La niña que Jesús devolvió a esta vida vivió muchos o pocos años más, no lo sabemos, y después murió definitivamente.  La misión de Jesús no era curar enfermedades y devolver muertos a esta vida.  Hubo muchos enfermos en tiempos de Jesús que él no curó; hubo muchos muertos que no resucitó.  Los que él sí curó y los que él sí resucitó después se volvieron a enfermar y murieron.  Jesús hizo esa y otras curaciones y realizó algunas resurrecciones como signo visible de un poder invisible y mayor.  El Hijo de Dios, al hacerse hombre, asumió sobre sí la enfermedad y la muerte.  Él de hecho murió en la cruz.  “Descendió a los infiernos” dice el credo de los apóstoles, para enseñarnos que la muerte de Jesús fue real y no ficticia o aparente.  Él compartió la condición de los seres humanos después de expirar.  Pero Jesús, por el poder del Espíritu Santo que actuaba en él, entró en una vida nueva.  No recuperó la vida que tenía antes de morir, sino que ascendió a una forma de vida nueva, que ningún ser humano había experimentado hasta entonces.  Es la vida junto a Dios, con Dios, desde Dios.  Y así abrió para quienes se unen a él por la fe, el bautismo y la comunión la posibilidad de participar también en esa vida humana nueva, más allá de la muerte, para no morir nunca más.  Esa es la vida para la que Dios nos creó.

Para llegar a ella es necesario creer en Jesús y estar unido a él ya desde esta vida, por medio de los sacramentos.  De ese modo, través de la fe manifestada en una vida recta y servicial, orientamos nuestra vida a la eternidad y nos encaminamos a la vida que dura para siempre.  La muerte deja de ser el gran enigma de nuestra vida y se convierte en pasaje oscuro que desemboca en la luz de Dios.  Las obras buenas y todo lo constructivo que hagamos en este tiempo tiene sentido, pues son anticipos de la eternidad que esperamos.  Por eso el cristiano mira la muerte, ya no con angustia e interrogantes, sino con confianza y hasta esperanza.  “Tan alta vida espero, --decía santa Teresa—que muero porque no muero”.  Y san Pablo, antes todavía, expresaba así su aspiración: Deseo la muerte para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor (Flp 1,23).  Y no miramos la eternidad más allá de la muerte con desprecio a esta vida, sino con gran empeño por hacer de esta vida un tiempo fecundo y útil, porque vale la pena vivir esta vida con responsabilidad porque tendrá como remate y término la eternidad.

 
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