Horario Parroquial

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Domingo 12° Ordinario

 

Acabamos de escuchar la lectura del relato de cómo Jesús calmó la furia del viento y la fuerza del mar con su palabra.  El relato concluye con una pregunta que se hacen sus discípulos: ¿Quién es este, a quien hasta el viento y el mar obedecen?”  Curar enfermos y expulsar demonios eran sin duda signos de que Jesús actuaba con un poder especial.  Pero apaciguar una tormenta con solo una orden pone de manifiesto que en Jesús actúa el poder creador de Dios.  Los discípulos plantean la pregunta, pero no la responden.  Dejan que seamos nosotros los lectores los que lleguemos a la conclusión.  Ese al que el viento y el mar obedecen es el Señor que los creó.

Un lenguaje parecido encontramos en la primera lectura.  Dios le habla a Job, y para describir su poder, evoca la creación: yo le puse límites al mar y le dije: hasta aquí llegarás, no más allá.  Aquí se romperá la arrogancia de tus olas.  El viento y el mar amenazan constantemente hacer de la creación un nuevo caos.  El orden, la seguridad, la belleza de la creación colapsan y sucumben ante el ímpetu del huracán, ante la fuerza de la tormenta.  Pero Jesús con su palabra devuelve el orden, recompone el mundo que parecía colapsar.

En la concepción cristiana del mundo, la creación conserva la huella de la belleza y de la verdad de Dios quien la hizo de la nada.  Pero la creación está al servicio y también bajo el cuidado del hombre.  La creación no es Dios ni está unida a Dios ni es el cuerpo de Dios o de otros seres espirituales.  Por eso el ser humano no se postra ante ninguna creatura, ni vive atemorizado de que al servirse de la creación se esté apropiando de lo que no le pertenece.  Ni siquiera los astros del cielo son objeto de culto.  También ellos están al servicio del hombre.  El hombre está integrado al mundo natural por los procesos biológicos de su cuerpo, pero supera por su inteligencia y libertad esos mismos procesos biológicos, y por eso es creador de cultura.

Pero el hombre es responsable del modo como administra la creación.  Todo cuanto existe está al servicio de hombre, de todo hombre, y por eso en la administración de los bienes de la creación es necesario que crear los mecanismos y las instituciones que le permitan a toda la humanidad generar la riqueza necesaria para vivir y compartir los bienes de la creación y al mismo tiempo conservarla para que podamos seguir viviendo en ella.  Hay por lo tanto una ética, una moral en el gobierno de la creación.  El hombre debe rendir cuentas al Creador, que ha puesto la creación bajo su administración, de cómo ha ejercido su señorío sobre la creación.  Debe haber una ética económica que respete la dignidad y la libertad de toda persona, que le permita la iniciativa para trabajar y le permita disfrutar y utilizar los bienes adquiridos por su trabajo y también debe utilizar la creación con la moderación y la sobriedad necesaria para que la creación conserve su capacidad de ser la casa de la humanidad, también en el futuro.

Hoy se difunden algunas ideas de la creación que degradan la condición humana.  Algunos, los más extremos, pareciera que se lamentan de que haya humanidad sobre la tierra.  Casi que sería preferible que la humanidad desapareciera, que se redujera al mínimo el número de habitantes, para permitir que la naturaleza prospere sin la intervención humana.  Otros piensan que el ser humano es una creatura más del sistema ecológico y creen que toda creatividad, toda inventiva, toda intervención humana en la creación es un peligro.  Son los que niegan a las poblaciones humanas que todavía viven aisladas en algunas selvas tropicales la posibilidad de acceder a bienes científicos, tecnológicos, culturales y hasta religiosos que quizá quisieran obtener, si no hubiera impedimentos proteccionistas que lo impidieran.  Algunos recuperan concepciones antiguas y le dan a la naturaleza una condición divina, de modo, que el hombre debe vivir sometido y atemorizado cuando interviene en la creación para servirse de ella, aunque sea en las cosas más elementales como cultivar la tierra para obtener el alimento.  Así se pueden mencionar otras muchas concepciones que se difunden y que en realidad parten de una visión de la creación que ignora la dignidad, la creatividad y la libertad del hombre.

Jesús, al calmar la tempestad, al mostrarse como Señor del viento y del mar pone ante nuestros ojos la visión cristiana del hombre y del mundo.  El hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, es también a su medida señor y custodio de la creación.  Ese señorío implica la capacidad de aprovechar los recursos de la creación para su vida.  Pero ese señorío implica también la capacidad de dar gracias a Dios por el don de la creación y del trabajo con el que humanizamos la creación.  El hombre no adora la naturaleza, pero dobla la rodilla ante Dios para darle gracias por los bienes que ha recibido en la creación.  El papa Francisco acaba de publicar la encíclica Laudato si’ sobre la creación y la ecología.  En el capítulo 2, el más teológico del documento, él desarrolla la doctrina católica de la creación.  Muestra allí cómo el ejercicio del señorío del hombre sobre el mundo se realiza en la responsabilidad moral y el sentido religioso de gratitud.

 
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