Horario Parroquial

Misas

Lunes a Sábado:
8: 00 am y 6:30 pm

Domingos y Festivos:

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Confesiones

Lunes, Miércoles, Viernes:
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Adoración al Santísimo

Lunes - Viernes:

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Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

 

La solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo nos reúne para una celebración especial.  Desde hace algunos años, en este día nos reunimos en Catedral los sacerdotes de la ciudad de Quetzaltenango y feligreses de las diversas parroquias de la ciudad para celebrar juntos esta eucaristía y realizar después la procesión con el Santísimo Sacramento hasta la iglesia de El Calvario. 

Esta solemnidad nos reúne para dar gracias a Dios por el sacrificio de la nueva alianza que nos ha salvado, para proclamar nuestra fe en la presencia real de Cristo en la eucaristía, para anunciar al mundo que Cristo es alimento del hombre para darnos vida eterna.  La celebración de este domingo ha estado precedida por la adoración eucarística, que se ha llevado a cabo cada día de la semana en una parroquia de la ciudad, para orar por la nuestra Iglesia arquidiocesana y por nuestro país.  Gracias por esta iniciativa tan importante. 

La oración ante el Santísimo, doblar la rodilla ante Jesucristo Eucaristía, nos ayuda a tomar conciencia de cuál es nuestra referencia última, dónde se manifiesta el amor con que Dios nos ama, dónde echa raíces nuestra caridad hacia el prójimo.

Hemos escuchado las lecturas que la Iglesia nos propone para este día.  En la primera lectura, el pasaje del libro del Éxodo, recuerda el momento en que Moisés estableció la alianza antigua.  El pueblo de Israel, al pie del monte Sinaí, ha escuchado directamente de la boca de Dios la proclamación de los Diez Mandamientos y luego a través de Moisés ha escuchado también las demás leyes con las que el Señor aseguraba la libertad y la justicia en Israel.  El pueblo respondió: haremos todo lo que dice el Señor.  Moisés entonces mandó preparar un altar, mandó sacrificar unos novillos y derramó la mitad de la sangre sobre el altar y asperjó al pueblo con la otra mitad, de modo que Dios y el pueblo quedaron unidos en una especie de pacto de sangre: la alianza.  Esta es la sangre de la alianza que el Señor ha hecho con ustedes conforme a las palabras que han oído.  El pueblo se comprometió a obedecer los mandamientos de Dios y Dios se comprometió a proteger a Israel como pueblo de su propiedad especial.  Sabemos, sin embargo, que esa alianza, establecida con sangre de animales, inferiores en dignidad al hombre y a Dios, se rompió algunos siglos después.  Pero esa alianza abrió el camino hacia una alianza nueva y eterna, sellada no con la sangre de animales, sino con la sangre del Hijo de Dios hecho hombre.

Cristo, actuando como sumo sacerdote, no en un templo construido por hombres aquí en la tierra, sino en el mismo cielo, estableció la alianza nueva.  Así nos ha dicho hoy la segunda lectura: cuando Cristo se presentó como sumo sacerdote, que nos obtiene los bienes definitivos, penetró una sola vez y para siempre en el lugar santísimo, a través de una tienda, que no estaba hecha por mano de hombres ni pertenecía a esta creación.  No llevó consigo sangre de animales, sino su propia sangre, con la cual nos obtuvo una redención eterna.  Por eso Cristo es el mediador de una alianza nueva.  Con su muerte hizo que fueran perdonados los delitos, para que los llamados por Dios pudieran recibir la herencia eterna que él les había prometido.  Esta alianza nueva consiste en que Dios nos perdona gratuitamente los pecados y nos da la vida eterna por el don de su Espíritu, mientras nosotros respondemos en agradecimiento al don de Dios por medio de las obras buenas que el Espíritu Santo suscita y sostiene en cada uno de nosotros.

Jesús nos dejó el modo de perpetuar ese sacrificio por todos los siglos y nos dejó también el medio de entrar nosotros también en la alianza nueva.  El evangelista san Marcos nos dejó testimonio de cómo, durante la fiesta de la pascua judía, el día antes de morir, Jesús se reunió con sus discípulos para celebrar la cena de pascua.  Y mientras cenaban, Jesús tomo un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio a sus discípulos, diciendo: ‘Tomen, esto es mi cuerpo’.  Y tomando en sus manos una copa de vino, pronunció la acción de gracias, se la dio, todos bebieron y les dijo: ‘Esta es mi sangre, sangre de la alianza, que se derrama por todos’.  Jesús anticipaba así que derramaría su sangre, al día siguiente, en la cruz y que entregaría su cuerpo, al día siguiente, para dar la vida al mundo.

El sacramento del Cuerpo y de la Sangre de Cristo es lo más sagrado, lo más santo que tenemos, porque en él se actualiza la obra cumbre de nuestra salvación: el sacrificio de Cristo en la cruz.  Es el sacramento más sagrado, porque es el mismo Cristo muerto y resucitado quien está presente en el pan y el vino consagrados.  No se trata de un símbolo, de una representación, de una evocación, sino de una presencia real, pues él otorgó a los apóstoles y a los sacerdotes el poder de transformar el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre para que podamos participar en el sacrificio de la nueva alianza comiendo la víctima que perdona los pecados y da la vida eterna.  Es el sacramento más sagrado porque es el alimento de la vida eterna, es el anticipo del cielo, es el inicio de la convivencia con Dios ya aquí en la tierra.

No lo trivialicemos recibiéndolo sin conciencia de lo que hacemos, y tratándolo como si de un simple pan bendito se tratara.  Sacerdotes y laicos todos debemos tener especial cuidado y empeño de manifestar con nuestras actitudes en la celebración de la misa el significado de lo que conmemoramos y recibimos.

Pero no solo durante la celebración de la misa.  También después.  En todas las iglesias se reserva una porción de hostias consagradas con dos propósitos: poder llevar la comunión a los enfermos y ofrecer a los fieles la oportunidad de adorar a Jesucristo.  Las iglesias católicas están llenas de una Presencia.  Frente al sagrario donde se guardan las hostias consagradas brilla una lucecita que indica esa Presencia.  Allí podemos encontrarnos con el Señor en oración, allí podemos doblar la rodilla en adoración, allí podemos meditar y recordar las obras de Dios por medio de la lectura meditativa de su Palabra.  Cuando oramos en una iglesia no volvemos la cabeza desorientados, sino que tenemos un lugar hacia dónde dirigir nuestra mirada y la intención de nuestro corazón: el sagrario.

La eucaristía es la referencia básica que nos ayuda a ubicarnos como creyentes en este mundo.  La santa misa y la adoración eucarística no son prácticas alienantes, desconectadas del mundo, evasiones espirituales como piensan algunos.  Son anclas y amarres que nos dan firmeza en este mundo para transitar y para actuar en los acontecimientos de cada día con sentido y seguridad.  Celebramos esta fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo en este momento histórico de nuestro país, cuando los acontecimientos se suceden sin que sepamos todavía hacia dónde van o cómo terminará esta crisis actual.  La solución a largo plazo no es tarea de algunos, sino de todos.  Ser ciudadanos responsables, honestos, que no ceden a la pequeña corrupción de cada día, nos dará sentido moral para la construcción de una sociedad sólida.  Salir con Cristo Eucaristía a la calle en procesión, como haremos al final de la misa, es decir al mundo que sólo si cada uno toma conciencia de que en Dios y en Cristo está el fundamento de la realidad, también de la realidad política y social, entonces tendremos la fuerza moral para dar los pasos que nos lleven hacia una sociedad más justa, humana y llena de esperanza.  

 
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