Horario Parroquial

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Solemnidad de la Santísima Trinidad

 

Hoy hemos escuchado como primera lectura un pasaje del libro del Deuteronomio.  Moisés le habla al pueblo y le pide que recuerde el camino que han hecho desde la salida de Egipto y cómo Dios ha estado cercano, cómo han conocido a Dios.  La experiencia ha sido única, dice Moisés.  Ningún pueblo tiene un Dios tan cercano, ningún pueblo ha escuchado directamente la voz de Dios.  Ningún pueblo ha conocido a un Dios que haya bajado del cielo para buscarse un pueblo y hacerlo suyo.  Pregunta a los tiempos pasados, investiga desde el día en que Dios creó al hombre sobre la tierra.  ¿Se oyó algo semejante? ¿Qué pueblo ha oído sin perecer, que Dios le hable desde el fuego, como tú lo has oído?  ¿Hubo algún dios que haya ido a buscarse un pueblo en medio de otro pueblo a fuerza de pruebas, de milagros y de guerras, con mano fuerte y brazo poderoso?

Al leer esas palabras, me admiro y pienso: ¿Y si Moisés hubiera conocido lo que Dios haría después?  ¿Y si Moisés hubiera conocido que siglos después Dios ya no nos habló desde el fuego, sino que envió a su Hijo al mundo, que nos habló palabras de misericordia y clemencia, como uno de nosotros, como un maestro enseña a sus discípulos?  ¿Y si Moisés hubiera conocido que el Hijo de Dios nació de mujer en la plenitud de los tiempos para crearse un pueblo nuevo, con hombres y mujeres procedentes de todas las naciones, culturas y razas?  ¿Y si Moisés hubiera sabido que Dios no solo se buscó un pueblo nuevo, sino que por medio de Jesús nos hizo sus hijos adoptivos, nos dio su Espíritu Santo, nos congregó en la Iglesia y abrió para nosotros el camino, no a la tierra de Canaán, sino a la resurrección y a la vida eterna?  Moisés no tendría palabras y se quedaría mudo, porque lo que el ojo no vio, ni el oído oyó, ni al hombre se le ocurrió pensar, eso es lo que nos ha manifestado Dios por medio de su Espíritu (1Cor 2, 9.10).

Desde antiguo Dios ha sido clemente y misericordioso.  Pero sobre todo por medio de Jesucristo nos ha mostrado su verdadero rostro, y lo que hemos conocido es que tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3,16).  Incluso cuando Jesús reprendía a los fariseos hipócritas y fustigaba a los sacerdotes del templo lo hacía desde su misericordia, para mostrarles su error y conminarlos a la conversión.  Porque Dios no quiere la muerte de nadie, sino que se convierta de su pecado y de su error y que viva (cf. Ez 33,11).

Al celebrar hoy la solemnidad de la Santísima Trinidad, volvemos la mirada hacia Dios.  Al término del tiempo pascual, nos dirigimos a Dios en agradecimiento y alabanza para adorarlo y alegrarnos en su presencia porque ha sido bueno con nosotros.  Y lo que destaca con especial fulgor es que nuestro Dios es misericordioso, que nos ama, que nos ha creado para compartir su vida con nosotros, que él se inclina hacia nosotros con bondad.  Su santidad es su misericordia. 

Por eso el papa Francisco ha convocado un Jubileo de la Misericordia que se celebrará a partir del 8 de diciembre de este año hasta el 20 de noviembre del 2016.  El Papa cree urgente celebrar y recordar que la misericordia es el rasgo más singular del Dios cristiano.  La santidad de Dios se manifiesta más claramente, no en su majestad, en su poderío, en su grandeza, sino en su misericordia.  Esa es su capacidad de compadecerse, de inclinarse hacia el hombre pequeño, muchas veces pecador, otras veces extraviado, para darle la mano y levantarlo.  Cristo es la revelación de esa misericordia divina, y por eso buscó a los pecadores para ofrecerles la conversión, se inclinó sobre los enfermos para sanarlos, pero supo mostrar misericordia también hacia los soberbios denunciando que la autosuficiencia lleva a la perdición.

El Papa hace una amplia exposición de la enseñanza bíblica sobre la misericordia de Dios y la de Jesús.  Pero luego se dirige a los pecadores de hoy para decirles que Dios sigue ofreciendo su perdón a quien se arrepiente y se convierte.  Destaca dos pecados, que son la lacra mayor de la sociedad contemporánea: el crimen organizado y la corrupción.  Cito sus palabras: “Mi invitación a la conversión se dirige con mayor insistencia a aquellas personas que se encuentran lejanas de la gracia de Dios debido a su conducta de vida. Pienso en modo particular a los hombres y mujeres que pertenecen a algún grupo criminal, cualquiera que éste sea.”  Y luego a renglón seguido añade: “La misma llamada llegue también a todas las personas promotoras o cómplices de corrupción. Esta llaga putrefacta de la sociedad es un grave pecado que grita hacia el cielo pues mina desde sus fundamentos la vida personal y social.”  Son los únicos delitos que el Papa denuncia y sus perpetradores son los únicos a quienes invita a recibir el perdón de Dios y someterse a la justicia humana.  “Basta solamente que acojáis la llamada a la conversión y os sometáis a la justicia mientras la Iglesia os ofrece misericordia.”

Esos dos males afligen a Guatemala.  La crisis política en la que transitamos se debe precisamente a que por fin, lo que todos sospechábamos, se hizo patente en acusaciones concretas de corrupción contra personas en instituciones del Estado.  Pero como hemos señalado los obispos, lo que se ha denunciado es sólo la manifestación visible de un mal más generalizado y arraigado también en otros estratos menos visibles de la sociedad.  Una sociedad sin ética y sin moral no se sostiene.  La nuestra con frecuencia llama a la corrupción astucia y al crimen, muestra de poder.

Ahora hay un clamor de reformas.  En realidad un país con leyes deficientes pero con ciudadanos y funcionarios probos tendrá más probabilidades de prosperar que un país con leyes perfectas pero ciudadanos y funcionarios inmorales.  La corrupción y el crimen siempre encontrarán la rendija por donde entrar.  Hay que cambiar leyes e instituciones.  Pero sobre todo tenemos que cambiar nuestra calidad moral y ética. 

El cambio moral sólo será posible allí donde haya fe en que Dios es misericordioso y perdona.  Por eso, en este día de la Santísima Trinidad oremos por nosotros mismos, por nuestro país, por sus ciudadanos y sus autoridades, para que a la luz de la misericordia de Dios encontremos caminos de conversión, de justicia, de vida y de esperanza.  El pecado nunca desaparecerá sobre la tierra; eso sólo ocurrirá en el cielo.  Pero la fuerza y la extensión del pecado y su maldad sí se pueden reducir con la gracia de Dios y nuestra voluntad de creer y de confiar en Él.  Los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios.  Nuestra contribución a la sociedad como creyentes consiste en dar testimonio del Dios misericordioso que nos invita a ser cada vez más humanos, a comportarnos con coherencia moral y a contribuir al bien común con nuestra esperanza de que siempre es posible dejar atrás el mal que destruye y convertirnos en operadores del bien que construye.

 
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