Horario Parroquial

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Solemnidad de Pentecostés

 

 

Dice el evangelista san Lucas, que después de la ascensión del Señor a los cielos, los Doce, junto con los otros discípulos de Jesús, su madre y sus hermanos, se congregaron y permanecían en oración, hasta cuando recibieron el Espíritu Santo el día de Pentecostés.  A imitación de ellos, en los días entre la solemnidad de la Ascensión del Señor y el día de hoy, la liturgia de la Iglesia ha puesto en nuestros labios palabras de súplica para que Dios envíe el Espíritu Santo.

Quienes hemos recibido el sacramento del bautismo y de la confirmación ya hemos recibido el Espíritu Santo.  Pero ese regalo de Cristo resucitado no se da de una vez para siempre.  Más bien hay que pensar que cuando recibimos la fe y los sacramentos, comenzó a fluir como un manantial el don del Espíritu, que continúa dándosenos para el resto de nuestra vida.  Solo cuando ponemos obstáculos, cuando por el pecado le damos la espalda a Dios, cesa la comunicación.  Y con el arrepentimiento y el perdón, se reanuda ese flujo vital que nos sostiene y anima.

Por eso oramos y pedimos para que Dios no cese de dárnoslo y sobre todo para que nosotros no le cerremos la entrada.  Hoy hemos escuchado la recitación de la secuencia, de un poema, que es una oración que pide y suplica el don del Espíritu.  La homilía de hoy será un repaso a las estrofas de ese cántico.  Al meditar sobre el cántico se ensanchará nuestro corazón para acoger al Espíritu con mayor alegría. 

La oración se dirige directamente al Espíritu Santo.  Lo llama Dios, porque es Dios mismo quien se nos da.  Viene desde cielo como luz, porque su presencia por la fe es como una luz que nos hace ver el sentido de la vida, el rumbo de nuestra existencia.  El Espíritu Santo también abre como un espacio de luz en el mundo, y en ese claro de luz se congregan las personas y los pueblos que formamos la Iglesia.

Es el “padre de los pobres”, porque quienes se reconocen pobres e indigentes ante Dios se capacitan para recibirlo.  Quien cree que ya tiene todo, y no necesita de nada, no tiene espacio en su corazón para Él.  El que reconoce que necesita el don de Dios, ese lo desea y se dispone a recibirlo.  En el bautismo el Espíritu nos hace hijos adoptivos de Dios y herederos de su Reino.

“Fuente de todo consuelo”, “amable huésped del alma”, “paz en las horas de duelo”.  Son nombres que recibe el Espíritu, y lo describe por sus efectos en el corazón humano.  El Espíritu da sosiego, alegría, llena de esperanza y de gozo.  Su presencia nos santifica y es el inicio de la salvación. 

“Eres pausa en el trabajo; brisa, en un clima de fuego; consuelo, en medio del llanto”.  Con estas palabras evocamos el sosiego, la paz, la serenidad que nos da el Espíritu y que es el anhelo y el deseo de todo hombre.  El Espíritu Santo sostiene nuestra oración y nos capacita para llamar a Dios Padre.

“Entra hasta el fondo del alma de todos los que te adoran”.  Cuando el Espíritu entra hasta los más íntimo nos transforma desde dentro, irradia todo nuestro ser.  Hasta la misma exterioridad corporal irradia el don interior y se convierte en principio de resurrección.

“Sin tu inspiración divina, los hombres nada podemos y el pecado nos domina”.  Así de profunda es nuestra dependencia en Él.  El Espíritu no solo transforma nuestro ser, también dinamiza nuestra conducta, nos motiva a la caridad y al servicio al prójimo, nos establece en la verdad, da la belleza de Dios a nuestras obras.

“Lava nuestras inmundicias, fecunda nuestros desiertos y cura nuestras heridas”.  Nuestras inmundicias son nuestras maldades que el Espíritu perdona en el bautismo y la penitencia.  Nuestros desiertos son la falta de sentido, la tristeza y fastidio de la vida, que el Espíritu Santo riega como lluvia y hace florecer por la fe.  Nuestras heridas son los resentimientos, los rencores, las envidias, los deseos de venganza que nos enferman y debilitan.  El Espíritu Santo vuelve íntegro nuestro corazón: nos da la fuerza para perdonar, nos capacita para contentarnos con Dios, nos devuelve la paz interior.

“Doblega nuestra soberbia, calienta nuestra frialdad, endereza nuestras sendas”.  La soberbia es el pecado primero del hombre.  Es el pecado del que quiere ser igual a Dios, de la autosuficiencia, del orgullo y la prepotencia.  El Espíritu nos capacita para la humildad.  La frialdad es la indiferencia, la ausencia de sentimiento religioso, la falta de amor y de piedad.  El Espíritu enciende en nosotros el amor de Dios y nos llena de gozo en el Señor.  Andamos por sendas torcidas cuando desconocemos nuestra meta, cuando vivimos desorientados sin saber cuál es el camino de la vida.  El Espíritu Santo nos pone en el camino de Jesús, en el camino del Evangelio.

“Concede a aquellos que ponen en ti su fe y su confianza tus siete sagrados dones”.  Los siete dones del Espíritu son los que el profeta Isaías (11, 1-2) anunciaba que se posarían sobre el Mesías: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios.  Jesucristo los comparte con nosotros.  Son dones que disponen para la comprensión del Evangelio, para ser discípulos de Jesús, para anunciarlo a los demás, para el culto a Dios.

“Danos virtudes y méritos, danos una buena muerte y contigo el gozo eterno”.  La última estrofa de este poema mira hacia el final.  Una buena muerte y el gozo del cielo.  Desde el inicio de la fe hasta la plenitud de la gloria el Espíritu Santo es quien suscita, sostiene y da plenitud a la vida divina en nosotros.  Esa es nuestra salvación.

En este día de Pentecostés llega a plenitud el tiempo pascual.  Pentecostés es anticipo del mismo cielo.  Mientras llega esa realidad, vivamos en este mundo con la mirada puesta en la meta, de modo que nuestras palabras y nuestras obras en este mundo contribuyan a ordenar y orientar las realidades temporales hacia el Reino de Dios.

 
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