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Domingo 7° de Pascua
Solemnidad de la Ascensión del Señor

 

El tiempo pascual está para culminar, para llegar a la cima, para alcanzar su plenitud.  Eso será dentro de una semana, con la celebración de Pentecostés.  Hoy celebramos la ascensión del Señor a los cielos, su glorificación final.  La pascua de Jesús es un acontecimiento global, que abarca la resurrección, su glorificación y el don del Espíritu Santo.  Mientras que la fiesta de la resurrección del Señor pone el énfasis en la victoria de Jesús sobre la muerte; la fiesta de la ascensión pone el énfasis en su glorificación junto a Dios en el cielo.  El evangelista san Lucas nos explica que después de su resurrección, por cuarenta días, Jesús se aparecía a los discípulos para instruirlos y confirmarlos en la fe.  Al cabo de cuarenta días, lo vieron subir al cielo y ya desde entonces no hubo más apariciones de Jesús registradas en el Nuevo Testamento, excepto la de Pablo en el camino de Damasco.  Su próxima aparición será cuando vuelva glorioso para llevar a término la salvación iniciada e inaugurar la plenitud del Reino de Dios, cuando resucitarán también quienes han muerto en unión con él.

En la ascensión de Jesús contemplamos también algo extraordinario.  El Hijo de Dios, en su condición humana como la nuestra, comparte la gloria de la Santísima Trinidad.  Nuestra humanidad se muestra capaz de integrarse a Dios.  Hay una afinidad intrínseca, interna, entre Dios y los hombres.  Dios se hizo hombre en Jesús y como tal fue glorificado en el seno de la Trinidad y los seres humanos estamos llamados a compartir la vida del mismo Dios.  Los que estamos unidos a Cristo, y somos parte de su cuerpo, sabemos que allí a donde llegó nuestra Cabeza, llegaremos también nosotros.

La ascensión de Jesús también va acompañada de un mandato.  Jesús envía a sus discípulos a anunciar el evangelio a todo el mundo.  Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda creatura.  El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado.  Son palabras drásticas estas de Jesús.  El sentido y la salvación de toda persona de decide en la fe en él y en el Evangelio.  Por eso la urgencia de divulgarlo, de presentarlo a toda persona.  Todos deben tener la oportunidad de conocer a Jesús y su Evangelio para acogerlo y recibir de Jesús la salvación.  Estas palabras de Jesús no dan lugar a pensar que cada pueblo tiene su camino, que todas las religiones son igualmente válidas.  La salvación o la condenación, es decir, el logro o fracaso final de la vida se deciden para toda persona en referencia a Jesús y su mensaje.  Lo dice él mismo, no como una declaración presuntuosa y arrogante sino como una declaración de revelación que se funda en la conciencia de su origen, de su identidad y de su misión.

La segunda lectura de hoy por otra parte, mira las consecuencias para nosotros de la ascensión de Jesús.  Desglosemos un poco la enseñanza de esta lectura más bien larga que la Iglesia ha elegido para este día.  En primer lugar, san Pablo pide a los creyentes que lleven una vida digna del llamamiento que han recibido.  San Pablo nos pide coherencia entre lo que somos y lo que hacemos; entre nuestra identidad de cristianos y nuestra conducta de cada día.  Entre el llamamiento que nos ha hecho Dios a compartir su vida y el testimonio de Dios que damos con nuestras obras.  Son muchas las cosas que se pueden decir al respecto.  Pablo destaca la humildad y amabilidad mutua, la comprensión y el apoyo que nos damos unos a otros por el amor y la caridad.  Sobre todo destaca la unidad y la paz.  Esfuércense en mantenerse unidos en el espíritu con el vínculo de la paz.

La unidad y la paz en la comunidad cristiana son siempre una tarea pendiente.  El pecado continúa teniendo fuerza entre nosotros y siempre hay quien fomenta y crea división en las comunidades.  Pablo recuerda todos los motivos que sostienen y fundamentan la unidad: No hay más que un solo cuerpo y un solo Espíritu.  En efecto, nuestra unión no se fundamenta en la mera voluntad de los creyentes, sino en el hecho de que compartimos el mismo y único Espíritu Santo y estamos integrados en el único cuerpo de Cristo que es la Iglesia.  Además, estamos encaminados al mismo destino: es también solo una la esperanza del llamamiento que ustedes han recibido.  Dios nos ha llamado para compartir la única vida divina en el único cielo que hay.  No podemos fomentar la división en la tierra, los que esperamos compartir en paz y unidad el único cielo que Dios nos ha prometido.  Los sectarismos, las divisiones, las contiendas y las intolerancias injustificadas no tienen cabida en la Iglesia de Jesús.  Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que reina sobre todos, actúa a través de todos y vive en todo. 

Pero la unidad no es uniformidad, sino comunión.  La unidad no se logra haciendo todos lo mismo.  En la Iglesia hay una diversidad legítima, porque el Espíritu la suscita.  Cada uno de nosotros ha recibido la gracia en la medida en que Cristo se la ha dado.  El que bajó del cielo a lo profundo de la tierra, volvió a subir en su ascensión y glorificación y dio dones a los hombres a través de la efusión de su Espíritu.  El concedió a unos ser apóstoles, a otros ser profetas, a otros ser evangelizadores, a otros ser pastores y maestros.  Pablo, en este pasaje, piensa sobre todo en la diversidad de los ministerios pastorales.  Por eso, esta diversidad está en función del servicio de los fieles.  Y esto para capacitar a los fieles, a fin de que, desempeñando debidamente su tarea, construyan el cuerpo de Cristo. Los ministerios y servicios en la Iglesia no están para que uno se imponga sobre otro, sino para construir el cuerpo de Cristo, para edificar la Iglesia, para ayudar a cada uno a alcanzar la plenitud a la que Dios nos llama.  Hasta que todos lleguemos a estar unidos en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios y lleguemos a ser hombres perfectos.  Es decir, hasta que lleguemos a ser plenamente santos y logremos la vida con Dios en el cielo. 

Gran misión es esta que nos deja Jesús en su ascensión.  Difundir el evangelio, edificar la Iglesia, ayudarnos a crecer mutuamente en santidad, a alcanzar la promesa que Dios nos ha hecho.  Que la celebración de la ascensión del Señor nos motive a la unidad y a la santidad en la Iglesia hasta que lleguemos a compartir la vida de Dios en el cielo.

 
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