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Domingo 6° Pascua

 

Ahora caigo en la cuenta de que Dios no hace distinción de personas, sino que acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que fuere.  Esa fue la conclusión a la que el apóstol Pedro llegó, cuando se vio guiado por Dios para anunciar el evangelio a un militar romano llamado Cornelio.  Realizar ese mandato divino supuso para Pedro una transformación radical de sus esquemas mentales. 

Pedro tuvo que superar varios prejuicios.  Primero, el prejuicio religioso según el cual los judíos eran preferidos por Dios de entre todos los pueblos del mundo y que por esa preferencia el resto de la humanidad era de segunda categoría y era impura.  Tuvo que superar el prejuicio nacionalista.  Pedro tuvo que llevar el evangelio y la salvación a un militar romano, responsable de hacer efectiva la ocupación romana de Judea.  Finalmente tuvo que superar el prejuicio étnico según el cual lo determinante de la identidad humana es la cultura; Pedro tuvo que caer en la cuenta que lo determinante de la identidad humana es la naturaleza.  La cultura es instrumental y funcional.  La cultura es un instrumento al servicio de las personas y de la sociedad humana.  Por eso las culturas crecen, se modifican y se transforman según las necesidades y a veces los gustos y preferencias de las personas.  Lo que vale para Dios es que somos humanos, y esa cualidad la tienen todas las personas, de cualquier cultura.

Los seres humanos, en cuanto humanos, tenemos muchas cosas en común.  Pero dos cosas nos agobian.  Todos morimos y todos cometemos errores y equivocaciones que arruinan la vida.  Frente a esas dos realidades nos planteamos preguntas y confrontamos problemas, las mismas preguntas y los mismos problemas cualquiera que sea nuestra cultura, nuestra raza, nuestro idioma o nuestra nación.  Frente a la muerte nos preguntamos: ¿Qué valor tiene la vida si debemos morir? ¿Es la muerte el final de la existencia?  Otras preguntas tienen que ver con el valor de la vida frente al mal que hacemos o padecemos: Si he cometido errores y tomado decisiones equivocadas en mi vida, ¿es posible comenzar de nuevo? ¿Sigue teniendo valor mi vida?  Son preguntas personales.  Por supuesto que toda persona vive en una sociedad y nadie es una isla incomunicada.  Pero el que piensa siempre es la persona, el que actúa es siempre la persona, quien decide sobre sí mismo es el individuo.  La respuesta más satisfactoria a esas preguntas las ofrece Jesús por su muerte y su resurrección.  Por eso la fe cristiana no conocer límites o condicionamientos culturales, porque no responde a problemas de una cultura o de una sociedad concreta, sino a problemas humanos propios de cualquier persona de cualquier cultura o nación.  Eso fue lo que descubrió Pedro en aquella visita evangelizadora a Cornelio.  Descubrió que el evangelio de Jesús es salvación, no sólo para los judíos, sino también para los romanos.  Dios no hace distinción de personas.

La segunda lectura y el evangelio de hoy nos hablan de lo mismo, pero con otro enfoque y con otras palabras.  Tanto Jesucristo en el evangelio como el apóstol Juan en la segunda lectura inculcan la importancia y el significado del amor de Dios, del amor a Dios y del amor mutuo de los discípulos de Jesús.  Lamentablemente el verbo “amar” y el sustantivo “amor” tienen tal variedad de significados, que las palabras de Jesús requieren aclaraciones.  Esas palabras también se usan con significados eróticos y sexuales que tienen poco que ver con lo que Jesús enseña en este lugar.  Para evitar tales equívocos, los cristianos se han rebuscado palabras o incluso han inventado palabras para designar la realidad de la que se habla.  La palabra “caridad”, que significa “favor gratuito hacia el prójimo” es una de ellas.  Hoy día hay una especie de resistencia a utilizarla porque pareciera que se queda corta para expresar la integridad y profundidad del “amor” cristiano.  Pero la palabra “caridad” evita equívocos.

Cuando Jesús habla de “amar” y de “amor” se refiere a acciones que tienen su prototipo en Dios.  Él ama y por eso creó el mundo y a la humanidad, para compartir con quien no es Dios la abundancia de su ser y de su vida.  Dios ama a sus creaturas y al hombre, incluso cuando se vuelve contra Él, y por eso amonesta, corrige, anima, perdona, acoge.  Dios ama y por eso envió a su Hijo al mundo para que todo el que crea en él no perezca sino que alcance la vida eterna.  El amor que Dios nos tiene se ha manifestado en que envió al mundo a su Hijo unigénito, para que vivamos por él.  Jesucristo a su vez, como testimonio y sello del amor de Dios, anunció el perdón, llamó al arrepentimiento, señaló el camino de la vida, asumió la muerte en la cruz y resucitó de entre los muertos.  Por eso también quienes son sus discípulos aman como él, dan la vida para el bien de otros.  Vienen a la mente figuras como Teresa de Calcuta quien se volcó a servir a los desahuciados para que tuvieran un final digno de personas creadas a la imagen de Dios.  Vienen a la mente los nombres de personas menos notorias y conocidas y que igualmente inspiradas por el amor que reciben de Dios dan su tiempo, su talento, su esfuerzo para atender enfermos, ofrecer esperanza a los huérfanos de las guerras, auxiliar a los migrantes, educar a quienes no han tenido oportunidad.  El amor del que habla Jesús es la actitud que fomenta la vida, promueve a las personas, reconcilia adversarios, abre futuro.

Abrir futuro es tarea política.  El país atraviesa una crisis política grave a causa de que la corrupción de los funcionarios socavó la estructura del Estado y el aguante de los ciudadanos.  En la exhortación apostólica La alegría del evangelio (205), el papa Francisco afirma: “La política, tan denigrada, es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común.  ¡Ruego al Señor que nos regale más políticos a quienes les duela de verdad la sociedad, el pueblo, la vida de los pobres!”.  El servicio a la comunidad con honestidad, con sacrificio, empeñados en la búsqueda del bien común, sin afán de enriquecimiento es el servicio político que necesitamos.  Pero necesitamos también ciudadanos que elijan y promuevan políticos que quieran servir y no ciudadanos que apoyen tal o cual político pensando que ahora es su oportunidad de sacar beneficio.  Si actuamos así nos convertimos en ciudadanos que apoyan la corrupción y la impunidad.  Y así no camina nuestro país.  El Señor nos ayude a lograrlo.

 
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