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Domingo 5° de Pascua

 

El evangelio recoge un pasaje de los discursos de despedida y enseñanzas de Jesús a sus discípulos durante la última cena.  Es un discurso que encontramos solo en el evangelio según san Juan.  Jesús declara cómo es la relación de él con sus discípulos: es semejante a la que se da entre la vid y los sarmientos.  Y ¿cómo se relacionan la vid y los sarmientos?  Igual que las ramas de un árbol y el tronco.  Las ramas tienen vida mientras permanecen unidas al tronco; mientras están unidas al tronco dan hojas, flores y frutos; cuando se desgajan del tronco se secan y se mueren.

Ahora bien, ¿cómo se realiza esa unión de los discípulos con Jesús?  Eso no lo explica Jesús en el evangelio.  Jesús sólo da unos indicios cuando dice: Ustedes ya están purificados por las palabras que les he dicho.  Permanezcan en mí y yo en ustedes.  Pero sabemos que recibimos de Jesús el don de su Espíritu, que nos da vida, que nos hace hijos de Dios, que es semilla de vida eterna en nosotros.  Nos unimos a Jesús por el bautismo y por la eucaristía.  Jesús habita en nosotros y nosotros en él.  Y el signo visible de nuestra unión con Jesús es nuestra unión en la Iglesia.  Por eso Jesús explica: Al que no permanece en mí se le echa fuera, como al sarmiento, y se seca.  La pertenencia a Jesús, la unión con Jesús, no es una realidad puramente espiritual.  Es espiritual e institucional.  No puede haber unión con Jesús si no hay unión con y en la Iglesia y la unión con Jesús necesariamente implica unión en y con la Iglesia, que es el cuerpo visible de Cristo.  Porque es la Iglesia la que nos ofrece los medios para la unión con Jesús: ella es el ámbito del Espíritu Santo; ella nos transmite la Palabra de Dios y la fe; ella celebra los sacramentos que nos unen a Jesús y nos transmiten la salvación.

La unión con Jesús hace que las ramas no solo tengan vida, tengan follaje, sino que tengan frutos.  Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante, porque sin mí nada pueden hacer.  Los frutos de la unión con Jesús son la santidad, el amor a Dios y al prójimo, el cumplimiento de los mandamientos, la vida eterna.  Ninguna de estas cosas se obtiene separado de Jesús.  La gloria de mi Padre consiste en que den mucho fruto y se manifiesten así como discípulos míos.  La unión con Jesús es una realidad invisible y espiritual, ciertamente; pero la unión con Jesús se manifiesta en signos y obras visibles y comprobables, hasta el punto de que a través de esas obras nos manifestamos como discípulos de Jesús y el Padre recibe la gloria.  Viene a la mente la sentencia de Jesús en el evangelio según san Mateo (5,16): Brille la luz de ustedes delante de los hombres de modo que, al ver las buenas obras de ustedes, ellos den gloria al Padre de ustedes que está en los cielos.

Jesús añade una sentencia inquietante.  Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador.  Al sarmiento que no da fruto en mí, él lo arranca, y al que da fruto lo poda para que dé más fruto.  ¿Cómo es posible no dar fruto si uno está unido a Jesús?  Pienso que Jesús se refiere a quienes dan la apariencia de estar unidos a él porque están en la Iglesia, pero no tienen ninguna unión espiritual con Jesús.  El Padre lo arranca en el sentido de que ejerce el juicio sobre él.  Permanecer físicamente en la Iglesia, pero con el corazón y la mente alejados de Jesús es hipocresía y engaño sujeto al juicio de Dios. Por otra parte, al que está unido a Jesús y da fruto lo poda.  Pienso que aquí Jesús se refiere a las pruebas por las que pasamos tantas veces los discípulos de Jesús, por las cuales maduramos y somos purificados en nuestra condición de discípulos de Jesús.

En este evangelio de hoy, pues, Jesús nos ha enseñado cómo nuestra condición de discípulos establece una relación vital con Jesús.  No somos discípulos que imitamos externamente a Jesús o aprendemos de sus palabras.  Entre Jesús y sus discípulos se establece una relación interior, íntima y estrecha, porque es comunicación de vida.  Pero esa comunicación de vida tiene una dimensión exterior, visible, que es la pertenencia a la Iglesia como ámbito del Espíritu.  Así se enriquece, así florece y fructifica nuestra condición de discípulos de Jesús.  Así también debemos entender nuestra pertenencia a la Iglesia.  La Iglesia no es una simple asociación de personas que piensan o creen las mismas cosas.  La Iglesia es la comunión de todos los discípulos que están unidos cada uno con Jesús y por eso también están unidos entre sí.  Por eso se dice que la Iglesia es el sacramento de la unión de los hombres con Dios y de los hombres entre sí.  Por eso también, toda separación de la Iglesia visible implica también una separación espiritual de Cristo.  Y Cristo fundó una sola Iglesia, no muchas, por lo que para estar unidos plenamente a Cristo hace falta estar en la única Iglesia de Cristo.

Por otra parte, tanto en el evangelio como en la carta de Juan, se hace una declaración en torno a la oración.  Dice Jesús: Si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y se les concederá.  Y el apóstol san Juan se hace eco y dice: Puesto que cumplimos los mandamientos de Dios y hacemos lo que le agrada, ciertamente obtendremos de él todo lo que le pidamos.  Cuando escuchamos esas frases, alguien puede pensar que la oración será algo así como una palabra mágica para producir cuanta ocurrencia pase por nuestra mente.  Es evidente, que aunque Jesús utiliza las palabras más genéricas, la realidad no es así.  Las palabras de Jesús hay que entenderlas a la luz de lo que ha sido la experiencia de los cristianos.  Lo que sabemos es que los santos, cuanto más unidos están a Jesús, menos cosas quieren y piden.  Lo único que quieren es estar más compenetrados con Jesús y alcanzar la vida eterna.  Mientras más unidos estamos a Jesús, nuestros deseos se concentran más en su Reino y la vida eterna.  Y entonces sí, quienes piden eso en la oración, seguro que lo obtienen.

En fin, podemos concluir hoy con un pensamiento del apóstol san Juan, en su carta: Este es el mandamiento de Dios: que creamos en la persona de Jesucristo, su Hijo, y nos amemos los unos a los otros, conforme al precepto que nos dio.  Allí está nuestra identidad como discípulos de Jesús, en ello está el sentido de nuestra fe.

 
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