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Domingo 3° de Pascua

 

El evangelio de hoy narra la aparición de Jesús resucitado a los Once apóstoles y a otros discípulos en Jerusalén.  San Lucas relata esta aparición inmediatamente después de la historia del encuentro de Jesús con dos discípulos en el camino hacia Emaús.  La aparición tiene dos propósitos.  El primero es demostrar la realidad de la resurrección.  Jesús da prueba de su consistencia corporal.  Invita a sus discípulos a tocarlo, les muestra las manos y los pies para que vean la cicatriz dejada por los clavos.  Y como todavía no se acaban de convencer, pide comida, le dan un trozo de pescado, y se pone a comer ante ellos.  La persona que los discípulos tienen delante, aunque se presentó sin entrar por ninguna puerta, tiene consistencia y realidad en sí misma.  No es una imaginación, no es un fantasma.

Varios pasajes del Nuevo Testamento tienen el propósito de enseñar y afirmar la realidad objetiva de la resurrección.  La resurrección es algo que le pasó a Jesús.  No es una construcción mental que los discípulos han hecho para expresar figurativamente la importancia de su mensaje, la pervivencia de sus enseñanzas, o el significado perenne de su persona.  Y porque la resurrección de Jesús es real en él, será también real en nosotros. 

Esta aparición de Jesús tiene también un segundo propósito: explicar el significado de la pasión y muerte de Jesús.  El problema que se plantea es el siguiente: si la resurrección de Jesús es real, y por lo tanto Jesús es el Mesías de Dios, ¿cómo es posible que tuviera que padecer y morir en la cruz?  ¿Cómo pudo el Mesías de Dios sucumbir al poder arbitrario de los hombres?  ¿No es la muerte en la cruz del Mesías la demostración de su impotencia para salvar?  Para responder a esta pregunta Jesús recorre las Escrituras para explicarles que, contrariamente a las expectativas de que el Mesías sería rey victorioso según el poder humano, la Escritura da testimonio de que el Mesías tenía que padecer y había de resucitar de entre los muertos al tercer día.  Tenía que cumplirse todo lo que estaba escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos.  La pasión y muerte de Jesús ocurrieron según la disposición de Dios consignada en el Antiguo Testamento.  Por lo tanto, la cruz de Cristo no es una incongruencia con su condición de Mesías e Hijo de Dios, sino que la cruz es la realización de esa identidad y misión según unos criterios que hasta entonces no se habían comprendido y entendido.

Jesús asume el Antiguo Testamento como testimonio de su propia misión.  Muchas instituciones y leyes del Antiguo Testamento, encaminadas a preparar la venida del Mesías, perdieron vigencia con su llegada.  Pero el texto del Antiguo Testamento adquirió una nueva significación como testimonio del Evangelio de Jesús.  El Antiguo Testamento debe ser leído y entendido en función de Jesús y su misión.  Jesús no descarta el Antiguo Testamento, sino que lo reinterpreta a la luz del significado de su persona y de su misión.  Este es sin duda un acto que funda el significado del Antiguo Testamento sobre nuevas bases.  Desde entonces, la Iglesia ha permanecido fiel a esta disposición de Jesús, y sigue leyendo el Antiguo Testamento en función de la persona y el evangelio de Jesús.  La interpretación de los salmos, de los profetas e incluso de los libros del Pentateuco en clave cristiana fue la tarea a la que dedicaron su inteligencia y su fe los padres de la Iglesia.  Esa sigue siendo la tarea de los creyentes: hacer de la lectura y de la interpretación de la Escritura una obra de la fe.  La interpretación de la Biblia como un documento histórico o literario es válida y hasta necesaria, porque la Biblia es documento histórico y literario.  Pero nosotros la recibimos como Palabra de Dios y la Biblia muestra esa dignidad e identidad cuando se lee y se interpreta en la Iglesia a la luz de la fe para descubrir en ella el Evangelio de Jesús.

Jesús es efectivamente el centro de nuestra fe, de nuestra catequesis, de nuestra lectura de la Palabra de Dios.  Él es nuestro único salvador.  Él es también el contenido principal de la Escritura.  Es más, como Palabra de Dios personal, él es el contenido de la Palabra de Dios hecha texto.  Por lo tanto, la interpretación correcta y creyente de la Biblia es la que nos lleva siempre a Jesús y al Evangelio como su contenido más profundo.

Los otros pasajes que hemos leído hoy como primera y segunda lectura también nos hablan de la centralidad de Jesús.  La primera lectura recoge un fragmento del discurso de san Pedro el día de Pentecostés, que evoca la pasión y muerte de Jesús.  Pedro echa en cara a quienes lo escuchan que ellos son los responsables de haber dado muerte a Jesús.  Pero Dios lo ha resucitado y concede la oportunidad, incluso a quienes mataron a Jesús, de arrepentirse y creer en él.  Arrepiéntanse y conviértanse para que se les perdonen los pecados.  El anuncio de la muerte redentora y de la resurrección salvadora de Jesús exige una respuesta de parte nuestra.  La respuesta es la conversión a la fe en Cristo, lo que supone el abandono de una vida al margen de Dios.  Esta sigue siendo una invitación vigente todavía hoy.  Vuélvanse a la luz que es Cristo resucitado.

El apóstol san Juan también nos anuncia a su estilo el mensaje de salvación fundamental: Él se ofreció como víctima de expiación por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino por los del mundo entero.  El pecado conduce a quien lo comete a opciones de vida alejadas de Dios, al rechazo de Dios.  Esa ruptura no se puede subsanar con el solo arrepentimiento humano.  El pecado debe ser expiado y saldado.  Quien comete un delito debe asumir sobre sí el daño que ha hecho y entonces está capacitado para recibir el perdón.  Eso es lo que ha hecho Jesús con su muerte en la cruz.  Asumió sobre sí el pecado del mundo, capacitándonos así para recibir el perdón de Dios, que nunca podríamos merecer por nosotros mismos.  Por lo tanto, a partir del sacrificio de Cristo, estamos capacitados para recibir el perdón que Dios nos otorga gratuitamente.  Por eso agradecemos a Cristo el sacrificio de la cruz y reconocemos en la cruz el instrumento de nuestra salvación.

Celebremos, pues, esta Pascua con alegría, con esperanza, con fe renovada en Jesucristo nuestro Salvador.  Y que él nos colme con su paz.

 
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