Horario Parroquial

Misas

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Domingo 2° de Pascua

 

Todos los años, en el segundo domingo de pascua leemos el relato de la primera y la segunda aparición de Jesús a sus discípulos según el evangelista san Juan.  Entre una y otra aparición transcurren ocho días.  En su primera aparición, el día en que se descubrió que la tumba estaba vacía, Jesús se identifica ante sus discípulos como el mismo que murió en la cruz mostrándoles las manos y el costado, con las cicatrices de los clavos y la lanza.  Les desea la paz y los envía con la misma misión con la que él había sido enviado por su Padre.  Les da el don del Espíritu Santo soplando sobre ellos y con el Espíritu, poder para perdonar los pecados.

La segunda aparición, el domingo siguiente, tiene el propósito de resolver una duda.  Tomás, uno de los Doce, no estaba con sus compañeros cuando vino Jesús y se resistía a creer el testimonio de sus compañeros que le decían: Hemos visto al Señor.  Él no quiere aceptar el testimonio a menos que pueda comprobar su veracidad: Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.  ¿Es válida la pretensión de Tomás?  Podemos decir que no fue una exigencia desmesurada o blasfema, puesto que Jesús lo complació, ya que ocho días después, Jesús se hizo presente en medio de sus discípulos, con el propósito explícito de satisfacer la exigencia de Tomás.

¿Qué significa la duda de Tomás para nosotros hoy?  En primer lugar significa que es legítimo preguntarse acerca de la consistencia de la historia de la resurrección.  Un hecho único como el de la resurrección de Jesús, que rompe todos los esquemas, que abre horizontes de realidad desconocidos, necesita mostrarse como verosímil.  Los cristianos no somos crédulos, ni pensamos que la resurrección de Jesús es un mito, como puede ser la resurrección de Junajpú y de Ixbalamké en el Popol Wuj.  Jesús es un personaje histórico, su resurrección es real, es algo que le aconteció a él y que también nos alcanza a nosotros.  No ocurrió en un tiempo inmemorial, sino al tercer día después de su muerte en la cruz, en tiempos de Poncio Pilato, en Jerusalén.  Pero, también hay que agregar, el modo como se resuelve la duda de Tomás, y el reproche que Jesús le hace al final, nos indica que la oportunidad de Tomás fue única, personal e irrepetible.  Jesús se le aparece y lo invita a tocar: Aquí están mis manos, acerca tu dedo. Trae acá tu mano, métela en mi costado.  No sigas dudando, sino cree.  Yo siempre me he hecho la pregunta de si Tomás tocó o no.  Pienso que no.  La visión es la prueba fundamental.  Al final Jesús le reprocha y le dice: Tú crees porque me has visto. No dice, “porque me has tocado”.  Y añade una bienaventuranza: Dichosos los que creen sin haber visto.  Esos somos nosotros, que creemos sin haber visto.

Entonces, ¿cómo podemos nosotros comprobar la consistencia y la realidad de la resurrección de Jesús, puesto que ni tocamos ni vemos, y sin embargo tenemos dudas como las de Tomás?  Son dos los testimonios que desde el principio han dado credibilidad al acontecimiento de la resurrección, dos testimonios que van siempre juntos y se apoyan uno al otro.  Uno es el testimonio de los apóstoles y de quienes vieron y experimentaron que Jesús estaba vivo después de muerto.  El testimonio de Tomás es importante y necesario.  Este testimonio ha quedado consignado en el Nuevo Testamento y en la fe de la Iglesia y es irrenunciable.  Puesto que la resurrección de Jesús es un acontecimiento singular, único, irrepetible, sus testigos también son únicos, irrepetibles, singulares.  Aquellos hombres y mujeres encontraron la tumba vacía y tuvieron encuentros con Jesús resucitado que se les mostró vivo.  Enfrentaron a quienes se oponían a aceptar su testimonio y murieron antes que negarlo.  El evangelista es consciente del valor de su testimonio, cuando escribe al final: Estas cosas se han escrito para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida en su nombre.  El segundo testimonio de la resurrección de Jesús consiste en que también nosotros la experimentamos como transformación de nuestra vida, que encuentra sentido y consistencia, motivación para una conversión moral, fundamento para confiar en Dios.  La resurrección de Jesús no fue un simple acontecimiento cerrado en sí mismo.  Es un acto salvador que nos alcanza hasta el día de hoy, de modo que también nosotros resucitamos con Jesús por el don del Espíritu Santo.  Esa experiencia de la propia transformación personal a la luz de la historia de Jesús es el testimonio que, en todos los tiempos, ha sostenido la convicción de que resurrección de Jesús es un hecho real, porque es una realidad vivida por cada creyente. 

Ya desde los orígenes, la fe en Jesucristo resucitado transformó la vida de las personas y de las comunidades.  Hoy nos da testimonio de ello la primera lectura: La multitud de los que habían creído tenía un solo corazón y una sola alma; todo lo poseían en común y nadie consideraba suyo nada de lo que tenía.  La transformación de la propia vida se compara a un nuevo nacimiento: Todo el que cree que Jesús es el Mesías, ha nacido de Dios, nos dice hoy el apóstol san Juan en la segunda lectura.  Y el Espíritu es el que da testimonio, porque el Espíritu es la verdad.  Por eso también la alegría y el júbilo con que celebramos la resurrección; porque celebramos no solo la de Jesús, sino también la nuestra con la de él.  Los verdaderos creyentes siempre dan testimonio de cómo Jesús los ha transformado.

Debemos fijarnos también en que las apariciones de Jesús ocurrieron en domingo.  Las dos que narra el evangelio de hoy se dieron, la primera el domingo de la resurrección y la segunda ocho días después.  De ese modo Jesús instituía el domingo como día del encuentro con él.  Por eso el domingo se convirtió en el día en que la comunidad cristiana se reúne para celebrar la resurrección y encontrarse con Jesús.  Lo encontramos en la escucha de la Palabra de Dios y en la participación en la eucaristía cuando parte para nosotros el pan de vida.  La misa dominical no es una simple asamblea o reunión.  Es la celebración en la que nos encontramos con Jesús presente de tantas maneras.  Por eso el modo como el sacerdote la preside y la homilía que pronuncia, el modo como canta el coro y los cantos que canta, las lecturas que hacen los ministros, la ambientación propia del lugar tienen que ser acciones que faciliten la acción del Espíritu y nos ayuden a todos a encontrarnos con Jesús resucitado.

Quien sale a nuestro encuentro es Jesús misericordioso.  Este domingo se ha llamado “Domingo de la divina misericordia”.  En el salmo responsorial hemos declarado: La misericordia del Señor es eterna.  Dios se ha apiadado de nosotros no solo para darnos su perdón, sino para llenar nuestra mente y nuestro pecho de alegría y de esperanza, para abrir para nosotros horizontes de vida eterna, para dar consistencia a nuestros días y sentido a nuestro camino en este mundo, pues ahora sabemos que es un camino que llega hasta el cielo, hasta la vida eterna, hasta el mismo Dios. Alegrémonos porque el Señor ha sido bueno con nosotros.

 
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