Horario Parroquial

Misas

Lunes a Sábado:
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Confesiones

Lunes, Miércoles, Viernes:
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Martes, Sábado:
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Adoración al Santísimo

Lunes - Viernes:

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Domingo de Ramos
de la Pasión del Señor

 

Acabamos de escuchar el relato de la pasión y muerte de Jesús según el evangelista san Marcos.  No necesita explicación.  Necesita contemplación.  Volver a recordar los episodios, ponerlos en la memoria, identificar las dinámicas que mueven la historia.  Desde la primera frase del relato se señala una fecha, la próxima celebración de la pascua judía, y una trama: las autoridades buscan el modo de apresar a Jesús y darle muerte.

Hay una mezcla de maldad y de gracia en esta historia.  La maldad humana que se empeña en la destrucción del inocente; la gracia de Dios que abre ventanas y puertas de esperanza.  La fiesta que celebraba la libertad, se convierte en ocasión para tramar la muerte de Jesús.  Su delito fue que habló palabra de Dios para confortar al abatido con palabras de aliento divino.  Dios le hizo oír sus palabras, y él no opuso resistencia, sino que fue obediente a la voluntad de Dios.  Eso no lo quisieron comprender las autoridades que buscaban su muerte.  Una mujer sin nombre presagia la sepultura de Jesús ungiéndolo en la cabeza.  Este es un gesto de gracia.  Jesús dice que es un anticipo de mortaja; también pareciera ser un anticipo de su unción como Mesías por la resurrección.  La mujer tiene fe.  Su acción será recordada donde quiera que se anuncie el evangelio.  Jesús y sus discípulos preparan la cena pascual, y durante la cena, Jesús establece el memorial de su sacrificio en la cruz.  Su muerte será don de vida.  El pan y el vino son sacramento de su Cuerpo entregado y de su Sangre derramada para establecer la nueva alianza, un nuevo estatuto para su relación con los hombres: su perdón previo, su amor sin condiciones. Esta es la gracia original.  Jesús anuncia que uno de los Doce lo delatará a las autoridades que lo quieren matar.  Es otro gesto de maldad, de deslealtad.  Pedro hace alarde de una falsa valentía y Jesús le anuncia que cometerá otro tipo de traición: lo negará.  Pedro habló desde la presunción humana, y deberá aprender a hablar desde la confianza en Dios.  Jesús se retira con los suyos para orar, y en su oración acepta su muerte inminente como parte de la misión a la que el Padre le había enviado.  Confía en su Padre.  Llega Judas con una banda de gente armada enviada por las autoridades, capturan a Jesús.  Sus discípulos huyen.  Queda solo; se siente solo.  Comienza un interrogatorio que tiene el propósito de hacer que Jesús incurra en alguna blasfemia para tener de qué acusarlo.  Jesús guarda silencio.  Excepto en una pregunta.  La que tiene que ver con su identidad.  ¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios bendito?  Jesús asiente e incluso amplía la respuesta.  Un día verán cómo el Hijo del hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso y cómo viene entre las nubes del cielo.  Él es el Mesías, él es el enviado de Dios, él es el que viene del cielo.  Él es quien tiene el juicio sobre el mundo.  Lo declaran blasfemo y deciden su muerte.  Lo someten a burlas y escarnios.  Pedro que sigue de incógnito los acontecimientos, niega con juramento cualquier vinculación con Jesús.  La fidelidad fundada en la autosuficiencia puesta a prueba, se quiebra.  Las autoridades deciden acusar a Jesús de sedición ante la autoridad romana para obtener una condena a muerte oficial.  Pilato vacila si dictar la sentencia, intenta liberarlo, pero dejando de lado toda justicia, cae en el populismo y complace a la turba.  No le interesa la verdad, sino quedar bien, recibir la aprobación.  Aquí hay corrupción.  Los soldados se mofan de la condición de rey con la que Jesús ha sido acusado, y por eso le ponen una corona de espinas y lo visten con una túnica roja.  Ofreció su espalda a los que lo golpeaban, la mejilla a los que tiraban de su barba.  No apartó su rostro de los insultos y salivazos.  Lo llevan a crucificar entre burlas.  La tierra se cubre de tinieblas, como signo de la conmoción del universo ante lo que está para acontecer.  Jesús clama a Dios y expira.  Endureció su rostro como roca sabiendo que no quedaría avergonzado.  El velo del templo se rasga, para significar el fin de su vigencia como lugar de culto.  El verdadero sacrificio es el de la cruz.  Un centurión romano, un pagano, aclama a Jesús como Hijo de Dios y se anticipa a la multitud de gentiles, incluyéndonos a nosotros, que más tarde pondríamos nuestra fe en Jesús.  José de Arimatea, un miembro del Sanedrín, quien evidentemente no compartió la decisión de sus colegas, gestiona ante Pilato la devolución del cadáver de Jesús.  Lo envuelven en una sábana y lo depositan en un sepulcro excavado en una roca, cuya entrada cierran con una piedra.  Es el punto final.  No esperan que ocurra nada.  Las mujeres del grupo de Jesús, que estuvieron con él hasta el final, se fijan bien cuál es su tumba.  Serán después testigos de su resurrección.

San Pablo, al rememorar los acontecimientos, destaca la humildad y la obediencia de Jesús.  No se aferró a su condición divina.  Se abajó hasta la condición humana, y como hombre se humilló hasta el extremo.  Por obediencia aceptó la muerte, y no una muerte cualquiera, sino una muerte de ajusticiado, una muerte cruel, una muerte ignominiosa, una muerte de cruz.  ¿Por qué la aceptó?  Para redimir la maldad humana, que se muestra de múltiples formas.  Menciono dos, que han ocurrido lejos de nosotros, y por eso las podemos ver con menor pasión.  La barbarie de los yijadistas de ISIS que matan a cristianos por serlo y destruyen iglesias y los vestigios de la civilización y la incomprensible decisión de un piloto aparentemente normal de estrellar un avión con 150 pasajeros contra una montaña.  ¿Qué misterio de iniquidad se manifiesta en estos actos?  Jesús sufrió en carne propia esa maldad y con su muerte y resurrección nos mostró que a pesar de ella hay esperanza.  Dios resucitó a Jesús de entre los muertos, y le concedió el nombre, es decir, la dignidad de Señor, igual al Padre.  De esa cuenta todos debemos doblar la rodilla ante él en adoración, en el cielo, en la tierra, y en los abismos, porque él es Señor y salvador de cuanto existe.  Y así damos gloria al Padre.  La historia de la pasión y muerte de Jesús pone en evidencia el precio de la salvación.  Que también nuestra fe y nuestra adhesión a Jesucristo, muerto y resucitado, se renueve y fortalezca.

 
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