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Domingo 5° de Cuaresma

 

Este es prácticamente el último domingo de cuaresma; dentro de ocho días celebraremos el Domingo de Ramos y el inicio de la Semana santa.  Es propio de los domingos de cuaresma, que la lectura del evangelio corresponda a un pasaje que nos revela de manera especial la identidad y la misión de Jesús.  Él nos habla hoy del significado de su muerte en la cruz y de su actitud ante ella.

La ocasión para estas declaraciones de Jesús la ofrece la petición de unos griegos que quieren ver a Jesús.  Son los días de la pascua judía.  Jesús ya está en Jerusalén.  Entre los peregrinos hay unos griegos, unos extranjeros, que se interesan por conocer a Jesús y le piden el favor a Felipe, uno de los apóstoles.  Jesús, al oír la petición, declara: Ha llegado la hora de que el Hijo del hombre sea glorificado.  Nos preguntamos: ¿por qué la petición de ver a Jesús que hacen los griegos es la señal que le indica a Jesús que ha llegado la hora de su muerte y glorificación?  El evangelista no lo explica claramente.  Pero quien conoce el desarrollo de la evangelización sabe que la fe cristiana fue acogida por los pueblos no judíos.  Jesús vio en la petición de los griegos el deseo de la fe, de la búsqueda de salvación de parte del mundo pagano.  Mientras los judíos lo rechazaban, los extranjeros lo buscaban.  Pero esa salvación llegaría sólo por medio de su muerte.  Por eso Jesús añade: Yo les aseguro que si el grano de trigo, sembrado en la tierra, no muere, queda infecundo; pero si muere, producirá mucho fruto.  Jesús es el grano de trigo sepultado en la tierra después de muerto y resucitado para dar fruto de vida a quien creen en él y se alimenta de él.  ¿Buscamos nosotros a Jesús como aquellos griegos que reconocen que Jesús es el que tiene palabras de vida?  ¿Es Jesús quien nos da vida también a nosotros?

A continuación Jesús enuncia un principio general que él es el primero en seguir: El que se ama a sí mismo, se pierde; el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se asegura para la vida eterna.  Amarse a sí mismo o aborrecerse a sí mismo expresan dos actitudes que una persona puede tomar ante sí misma y ante Dios.  Amarse a sí mismo significa tenerse a sí mismo como referencia suprema: es el egoísta que busca sólo su propio beneficio, ventaja e interés en todo, como si nadie más existiera en el mundo.  Quien vive así, efectivamente se pierde, se malogra.  Aborrecerse a sí mismo en este mundo, en cambio, significa vivir en referencia al prójimo y a Dios.  Significa ver que en realidad el logro de la propia vida está en el servicio al otro, en el bien del otro.  El que vive dándose, se asegura para la vida eterna.  Es lo que ha hecho Jesús.  Por eso Jesús también añade: El que quiera servirme, que me siga.  Nos viene a la mente la otra sentencia de Jesús: “El que quiera seguirme, que tome su cruz”.  Pero aquí se trata de otro pensamiento: El servicio a Jesús consiste en adoptar su misma actitud de vida, de darse a sí mismo hasta la muerte por los demás.  Entonces quien así sirve a Jesús, también será honrado por mi Padre.  Esa honra recibida del Padre será la vida eterna, la resurrección de entre los muertos, como Jesús.

El pensamiento de su próxima muerte estremece a Jesús.  Lo que él dice a continuación evoca en cierto modo la oración en el huerto.  Ahora que tengo miedo, ¿le voy a decir a mi Padre: “Padre, líbrame de esta hora?”  En el huerto Jesús oró pidiendo que si fuera posible pasara de él el trance de su pasión y muerte, pero Jesús en todo momento se sometió a la voluntad del Padre.  Que no se haga mi voluntad, sino la tuya.  En esta reflexión previa, Jesús afirma claramente, llegada su hora, no puede echarse para atrás.  Precisamente para esta hora he venido.  ¡Cuántas veces, con toda lucidez y después de seria reflexión, hacemos promesas, hacemos opciones de vida, asumimos responsabilidades!  Y cuando el cumplimiento de esas promesas, cuando la fidelidad a esas opciones de vida, cuando el desempeño de esas responsabilidades se hace arduo, desistimos, nos arrepentimos, cambiamos de parecer.  Eso no lo hizo Jesús, pues ese modo de proceder no conduce a la plenitud de vida.  Precisamente para esta hora he venido, afirma Jesús.  Y ora:  Padre, dale gloria a tu nombre.

La Carta a los hebreos reflexiona también sobre la actitud de Jesús ante su muerte.  Durante su vida mortal, Cristo ofreció oraciones y súplicas, con fuertes voces y lágrimas, a aquel que podía librarlo de la muerte, y fue escuchado por su piedad.  Según el autor de esta carta, Jesús en su oración no pidió verse libre de morir, pues para eso había venido al mundo.  Precisamente para esta hora he venido.  Jesús lo que pedía en la oración era no quedarse muerto.  Por eso añade que Jesús fue escuchado por su piedad.  A pesar de que era el Hijo, aprendió a obedecer padeciendo.  Jesús, con su actitud ante la vida y ante su muerte, también nos enseña a asumir la nuestra, con confianza, con sentido de propósito, con actitud de obediencia a Dios.  Llegado a su perfección, se convirtió en la causa de la salvación eterna para todos los que lo obedecen.  Cuando adoptamos la misma actitud de Jesús, y unidos a él, alcanzamos también la perfección de la vida eterna.

La primera lectura presenta un tema diferente.  En este último domingo de cuaresma, hemos escuchado un pasaje de los profetas.  Nos ha hablado el profeta Jeremías, que anuncia una alianza nueva.  La antigua alianza, que Dios había sellado con el pueblo por la mediación de Moisés y en base a los Diez Mandamientos, había quedado denegada por el pueblo con su desobediencia y derogada por Dios con la destrucción de la ciudad de Jerusalén y el exilio del pueblo a Babilonia.  Pero el profeta Jeremías vislumbra un nuevo inicio.  Dios es fiel a sus promesas, que se realizan de manera nueva y creadora.  Se acerca el tiempo, dice el Señor, en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva.  Voy a poner mi ley en lo más profundo de su mente y voy a grabarla en sus corazones.  Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo.  Jesús interpretó su muerte en la cruz como el sacrificio que selló y estableció esa nueva alianza.  En sus palabras sobre el cáliz, lo expresó claramente: Este es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por ustedes y por muchos para el perdón de los pecados.  Con estas palabras antes de su muerte real en la cruz, Jesús anticipa el significado de su sacrificio.  Dios otorga su perdón como fundamento de nuestra relación con Él.  No son ni nuestra justicia ni nuestra santidad las que nos acercan a Dios; es Dios con la mano tendida de su perdón el que hace posible que nos acerquemos a él, que hagamos alianza con él.  Además, Dios escribe su ley en lo más profundo de nuestro corazón al darnos su Espíritu Santo, que nos transforma en creaturas nuevas.

Al término de la cuaresma nos acercamos a celebrar los acontecimientos de nuestra salvación.  Ponemos la mirada fija en Jesús.  Él ha muerto para que tengamos vida.  Él ha establecido con su muerte la alianza nueva, por la que Dios nos acoge en su perdón.  Con su resurrección, Cristo abre para nosotros la puerta de la vida más allá de la muerte y así da consistencia incluso a nuestra vida antes de la muerte.  Nos disponemos a celebrar la Semana Santa con arrepentimiento y acción de gracias, con esperanza y gozo, con la certeza de que Dios nos ama sin medida y por eso es posible creer.

 
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