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DOMINGO DE CUARESMA 

 

La Iglesia nos propone en este domingo un pasaje del evangelio según san Juan, que a mi juicio condensa en pocas frases el significado y el contenido de la obra de Dios a nuestro favor por medio de Jesucristo. Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Esa frase expresa el origen de nuestra salvación: es el amor de Dios por nosotros. Expresa el contenido de la salvación: que quien cree en Jesucristo tenga la vida eterna que vence la muerte. Expresa el significado de la misión de Jesús: él es el Hijo de Dios, entregado a la muerte en la cruz y levantado a la gloria por la resurrección. Quien pone la fe en él, es levantado con él también a la vida eterna, desde ahora y para siempre. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él. 

Dios quiere la salvación de todos. Ante el hecho de que tenemos que morir, Dios ofrece la vida consistente. Pero hay que optar, hay que tomar la decisión de ponerse bajo la luz de Jesús. La salvación no es automática ni se impone contra la voluntad de nadie. Jesús es una luz que brilla en el mundo, pero, en lo que se refiere a la salvación, no es como el sol, que brilla por igual sobre buenos y malos. A la luz de Jesús hay que acogerse. Jesús es como un haz de luz que define un ámbito luminoso, como cuando la luz del sol entra en un cuarto por una apertura en el techo y define un espacio luminoso en el suelo, mientras que el resto del ambiente permanece en sombras. Para quedar iluminado por el haz de luz solar hay que ingresar en el espacio luminoso. El que no entra queda en sombras. Por eso dice el evangelio, que la causa de la condenación es ésta: habiendo venido la luz al mundo, los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. En cambio, el que obra el bien conforme a la verdad, se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios. 

Obrar el bien, conforme a la verdad es una expresión propia del evangelista san Juan. No se refiere a las acciones moralmente buenas o malas que una persona pueda hacer; se refiere a la apertura o al bloqueo que una persona pueda poner a la obra de Dios. El que obra mal es el que tiene sus esquemas previos acerca de lo que Dios puede o no puede hacer, acerca de cómo debe o no debe ser Dios, y por lo tanto no reconoce en Jesús al enviado de Dios, porque no cuadra con sus expectativas. En cambio el que obra el bien conforme a la verdad es el que permanece en su mente y en su corazón abierto a las inicia-tivas divinas, reconoce la realidad de Dios, su verdad, donde se presente y por lo tanto acoge a Jesús su enviado. 

Con este evangelio, la liturgia nos presenta a Jesús como aquel en quien el amor de Dios se nos ha manifestado para darnos vida. Ese es un amor que llega a tal magnitud, que tuvo como precio la vida del Hijo de Dios. Es un amor que debe ser acogido por medio de la fe en el Hijo de Dios, y que tendrá como fruto la vida consistente y eterna del que cree.

San Pablo reitera la misma idea en la segunda lectura de hoy. La misericordia y el amor de Dios son muy grandes; porque nosotros estábamos muertos por nuestros pecados, y él nos dio la vida con Cristo y en Cristo. Por pura generosidad suya hemos sido salvados. Así, en todos los tiempos, Dios muestra, por medio de Jesús, la incomparable riqueza de su gracia y de su bondad para con nosotros. Ante tanta gracia, ante una manifestación del amor de Dios tan clara, ¿cuál puede ser nuestra respuesta si no es la de la entrega de nuestra vida a él? 

Pasemos al segundo tema de este domingo. La primera lectura de los domingos de cuaresma relata un episodio de la historia del Antiguo Testamento. En este cuarto domingo el episodio elegido es el de la destrucción de la ciudad y del templo de Jerusalén en el año 587 antes de Cristo. Ese fue un acontecimiento que puso término a la dinastía de David en Jerusalén, acabó con Judá como reino independiente, puso fin al culto en el templo de Jerusalén, y condujo al pueblo al exilio en Babilonia. Fue el fin del mundo, de aquel mundo, que se fundaba sobre la promesa hecha por Dios a David de que su trono y su dinastía durarían para siempre. Así como se había entendido hasta entonces, la promesa caducó. 

El libro de las Crónicas pone la responsabilidad de esa destrucción no en quienes la ejecutaron materialmente, los babilonios, sino en quienes fueron sus responsables morales, los jefes de los sacerdotes y en el pueblo. Ellos pecaron. Pero esa no fue la causa de la destrucción. La causa del desastre vino por la resistencia a reconocer el pecado y a con-vertirse. Dios les envío profetas para urgirlos a la conversión y se mofaron de ellos y se burlaron. Dios decidió entonces una sanción radical. Si no fue suficiente la predicación profética para suscitar el cambio, entonces no quedaba más camino que el fracaso histórico, para provocar la reflexión y la conversión. Por medio de los caldeos, es decir, los babilo-nios en tiempos del rey Nabucodonosor, la ciudad y el templo de Jerusalén fueron destrui-dos y el pueblo llevado al exilio. Sólo así el pueblo recapacitó y volvió al Señor. Por eso, porque Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y que viva, la conver-sión del pueblo en el exilio, propició un nuevo comienzo. Setenta años después de la des-trucción de la ciudad, un nuevo imperio, el de los persas, liderados por Ciro, significó el cambio de los tiempos. Ciro liberó a los judíos para que volvieran a su país desde el exilio, y ordenó la reconstrucción de la ciudad y del templo. Pero reyes descendientes carnales de David ya no reinaron más sobre Israel. Fue entonces cuando se comenzó a entender que el trono de David que duraría para siempre sería el trono de un futuro rey enviado por Dios. La resurrección de Jesús lo acreditó como ese enviado de Dios, cuyo trono durará para siempre. 

La destrucción de Jerusalén se convirtió también en anticipo del fin del mundo. Jesús durante su ministerio anunció una nueva destrucción de la ciudad y del templo, la que realizaron los romanos en el año 70 después de Cristo. Así nos enseñó también que el futuro que Dios nos tiene preparado supera los cálculos históricos. La historia del reino de Judá llegó a su fin y humanamente parecía que no sería ya posible el futuro. Sin embargo, Dios supo resucitar al pueblo de la muerte, y llevarlo de nuevo a Jerusalén para un nuevo comienzo. Así también esperamos nosotros, que tras la cuaresma de esta vida, se abra la pascua de un nuevo mundo en que Dios será todo en todos. 

 
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