Horario Parroquial

Misas

Lunes a Sábado:
8: 00 am y 6:30 pm

Domingos y Festivos:

8:00 am, 9:30 am,
11:00 am y 12:30

6:30 pm, 8:00 pm

Confesiones

Lunes, Miércoles, Viernes:
7:45 am - 8: 15 am

Martes, Sábado:
6:00 pm - 6:30 pm

Oficina

Lunes a Viernes

8:30 am - 12:00 m

2:30 pm - 5:00 pm

Adoración al Santísimo

Lunes - Viernes:

7:00 am - 6:00 pm

Domingo dentro de la Octava de Navidad

Fiesta de la Sagrada Familia

La Iglesia ha instituido la fiesta de la Sagrada Familia de Jesús, María y José, para que demos gracias a Dios por nuestras familias y tomemos conciencia de la importancia de la familia, que es tanta, que hasta el Hijo de Dios para venir al mundo, lo hizo en el seno de una familia, constituida a partir del matrimonio de José y María. Quiero por lo tanto que esta homilía destacar los valores de la familia, anunciar su importancia y su belleza e invitar a todos a formar familias íntegras, sólidas y funcionales como camino de la propia santidad de sus miembros y camino también para una sociedad más sana y más humana.

Solemnidad de la Navidad del Señor
Misa de “Medianoche”

Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado.  La conmemoración de ese nacimiento nos congrega esta noche.  Nuestros abuelos en la fe asistían a esta misa literalmente a la medianoche, pues según cuenta la parábola de las muchachas previsoras y negligentes, a medianoche se oyó un grito: “Ya llega el esposo, salgan a su encuentro”.  Como si de un ensayo final para el encuentro con el Señor que viene a salvarnos, aquellos cristianos de antaño decidieron salir con sus lámparas encendidas y bien provistas de aceite a recibir espiritualmente al Señor que llega a nosotros en la conmemoración de su nacimiento.  Hoy nosotros hemos perdido la sensibilidad a esos símbolos que expresan nuestra esperanza y ya no le vemos mucho sentido a eso de venir medianoche a encontrarnos con Jesús que viene en la misa, como un ensayo para la segunda venida, ―aparte de que tememos el frío y nos preocupa la seguridad.  Pero sí le vemos mucho sentido a santificar el inicio de esta noche con esta santa eucaristía.  A nosotros nos habla mejor el símbolo de la luz en medio de las tinieblas.  Nos aplicamos con gusto la primera frase de las lecturas de hoy: El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz, sobre los que vivían en tierra de sombras, una luz resplandeció.

Domingo 4° de Adviento

Cielos, destilen el rocío; nubes, lluevan la salvación; que la tierra se abra, y germine el Salvador.  Esa es la súplica en la antífona de entrada de la misa de hoy.  Es un texto que no se lee ni se canta usualmente, pero ahí está.  Es una petición al cielo, a las nubes, a la tierra, para que de ellas surja el Salvador.  La tierra de la que surge el Salvador es la Virgen María; el cielo que destila rocío y las nubes que llueven la salvación son el mismo Dios, que al enviar su Espíritu Santo sobre la Virgen María la fecunda con la fecundidad de Dios, para que el hombre que de ella va a nacer sea también el Hijo de Dios.

Domingo de Adviento

El tema de la alegría resuena con particular insistencia en la liturgia de este domingo. Aunque prestamos poca atención a ese texto y casi nunca se lee, la misa de hoy se abre con la antífona de entrada que dice: Estén siempre alegres en el Señor, les repito, estén alegres. El Señor está cerca. Luego, en la primera lectura, el profeta Isaías, después de declarar que ha sido enviado para anunciar buenas noticias, noticias gozosas, declara: Me alegro en el Señor con toda el alma y me lleno de júbilo en mi Dios, porque me revistió de vestiduras de salvación. El estribillo del salmo responsorial, haciéndose eco de las palabras de la Virgen María, nos invitaba a repetir mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador. Finalmente, san Pablo escribe a los tesalonicenses y los anima a la alegría: Vivan siempre alegres, oren sin cesar, den gracias en toda ocasión, pues esto es lo que Dios quiere. El único texto más sobrio, más parco, menos exultante resulta ser el evangelio que nos presenta a Juan el Bautista, que da testimonio de que no es él el enviado, sino otro que viene detrás de él, tan grande, que él no se considera digno de abajarse ante él para desatarle las correas de sus sandalias.

Domingo 2° de Adviento

El apóstol san Pedro, en la segunda lectura de hoy, nos hace una advertencia muy sabia: No olviden que para el Señor, un día es como mil años y mil años, como un día.  Es una advertencia que compara el “tiempo” de Dios con el nuestro.  Dios tiene otro “tiempo”, que no se puede comparar con el nuestro; ese “tiempo” de Dios también lo llamamos “eternidad”.  Es un tiempo que no pasa, que es todo presente y que es todo él plenitud.  Lo que a nosotros nos parece un tiempo largo, como mil años, para Dios es como un día; y lo que a nosotros nos parece un tiempo breve, como un día, para Dios es un presente que no pasa.  La advertencia del apóstol tiene dos propósitos.  Por una parte nos invita a colocarnos ante la eternidad de Dios con humildad, con sencillez, con total disponibilidad; la eternidad de Dios no tiene correlación con nuestro tiempo efímero, fugaz, transitorio. 

 
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