Horario Parroquial

Misas

Lunes a Sábado:
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Domingos y Festivos:

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Oficina

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Adoración al Santísimo

Lunes - Viernes:

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Domingo 4° de Adviento

Cielos, destilen el rocío; nubes, lluevan la salvación; que la tierra se abra, y germine el Salvador.  Esa es la súplica en la antífona de entrada de la misa de hoy.  Es un texto que no se lee ni se canta usualmente, pero ahí está.  Es una petición al cielo, a las nubes, a la tierra, para que de ellas surja el Salvador.  La tierra de la que surge el Salvador es la Virgen María; el cielo que destila rocío y las nubes que llueven la salvación son el mismo Dios, que al enviar su Espíritu Santo sobre la Virgen María la fecunda con la fecundidad de Dios, para que el hombre que de ella va a nacer sea también el Hijo de Dios.

Domingo de Adviento

El tema de la alegría resuena con particular insistencia en la liturgia de este domingo. Aunque prestamos poca atención a ese texto y casi nunca se lee, la misa de hoy se abre con la antífona de entrada que dice: Estén siempre alegres en el Señor, les repito, estén alegres. El Señor está cerca. Luego, en la primera lectura, el profeta Isaías, después de declarar que ha sido enviado para anunciar buenas noticias, noticias gozosas, declara: Me alegro en el Señor con toda el alma y me lleno de júbilo en mi Dios, porque me revistió de vestiduras de salvación. El estribillo del salmo responsorial, haciéndose eco de las palabras de la Virgen María, nos invitaba a repetir mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador. Finalmente, san Pablo escribe a los tesalonicenses y los anima a la alegría: Vivan siempre alegres, oren sin cesar, den gracias en toda ocasión, pues esto es lo que Dios quiere. El único texto más sobrio, más parco, menos exultante resulta ser el evangelio que nos presenta a Juan el Bautista, que da testimonio de que no es él el enviado, sino otro que viene detrás de él, tan grande, que él no se considera digno de abajarse ante él para desatarle las correas de sus sandalias.

Domingo 2° de Adviento

El apóstol san Pedro, en la segunda lectura de hoy, nos hace una advertencia muy sabia: No olviden que para el Señor, un día es como mil años y mil años, como un día.  Es una advertencia que compara el “tiempo” de Dios con el nuestro.  Dios tiene otro “tiempo”, que no se puede comparar con el nuestro; ese “tiempo” de Dios también lo llamamos “eternidad”.  Es un tiempo que no pasa, que es todo presente y que es todo él plenitud.  Lo que a nosotros nos parece un tiempo largo, como mil años, para Dios es como un día; y lo que a nosotros nos parece un tiempo breve, como un día, para Dios es un presente que no pasa.  La advertencia del apóstol tiene dos propósitos.  Por una parte nos invita a colocarnos ante la eternidad de Dios con humildad, con sencillez, con total disponibilidad; la eternidad de Dios no tiene correlación con nuestro tiempo efímero, fugaz, transitorio. 

Domingo 1° de Adviento

Iniciamos con este domingo el hermoso tiempo del adviento.  Digo que es hermoso porque es un tiempo de esperanza, y la esperanza es la principal causa de la alegría del hombre.  Quien tiene esperanza sabe que tiene futuro y quien sabe cuál es su futuro vive seguro, y quien tiene seguridad, disfruta de la alegría.  Mientras que el futuro normalmente nos resulta amenazante, porque no sabemos lo que traerá, para el creyente, el futuro tiene una certeza: Dios nos dará la vida, nos colmará con su plenitud y se verá cumplida nuestra alegría.  Adviento es el tiempo para contemplar esas promesas de Dios y alegrarnos anticipadamente en ellas.  Es verdad que el adviento es el tiempo para preparar la Navidad.  Pero nos preparamos a conmemorar el nacimiento de Jesús, deseando estar con él, deseando que él venga a nosotros, anhelando que se cumplan sus promesas, anticipando su venida futura acogiéndolo en su Palabra y en la Eucaristía.


Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo

 

Una de las escenas más significativas del relato de la pasión de Jesús es la de su comparecencia ante la autoridad política, el procurador romano Poncio Pilato.  El interrogatorio de parte de Pilato está centrado en el cargo con que le han presentado a Jesús, el de pretender ser rey de los judíos.  En la calidad de rey de los judíos, Jesús sería antagonista del emperador romano y de su representante, el procurador Pilato, y representaría una amenaza a la autoridad en funciones.  Pilato debió sentirse asombrado de que Jesús pudiera ser acusado en serio de pretender ser rey. 

 
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