Horario Parroquial

Misas

Lunes a Sábado:
8: 00 am y 6:30 pm

Domingos y Festivos:

8:00 am, 9:30 am,
11:00 am y 12:30

6:30 pm, 8:00 pm

Confesiones

Lunes, Miércoles, Viernes:
7:45 am - 8: 15 am

Martes, Sábado:
6:00 pm - 6:30 pm

Oficina

Lunes a Viernes

8:30 am - 12:00 m

2:30 pm - 5:00 pm

Adoración al Santísimo

Lunes - Viernes:

7:00 am - 6:00 pm

Domingo 10° Ordinario

Después de las solemnidades de Pentecostés, Santísima Trinidad y Cuerpo y Sangre de Cristo, vuelven los domingos ordinarios en los que celebramos a Cristo y su obra redentora a nuestro favor.

Solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo

La solemnidad de este día es peculiar. Normalmente las fiestas litúrgicas de la Iglesia conmemoran uno de los acontecimientos de la vida de Jesús y de la obra de Dios para nuestra salvación. Este día es diferente. En este día conmemoramos un sacramento. Es decir, que damos gracias a Dios por uno de los medios que él dejó para comunicarnos la salvación, para rememorar su pasión muerte y resurrección. Fijémonos que no tenemos un día para dar gracias a Dios por el sacramento del bautismo o de la confirmación, no hay un día para conmemorar el sacramento de la penitencia o de la unción de enfermos, del orden sacerdotal o del matrimonio. Pero en este día celebramos el sacramento de la eucaristía, el sacramento del Cuerpo y de la Sangre de Cristo. Esta peculiaridad nos indica la singularidad de este sacramento.


Solemnidad de la Santísima Trinidad

En las fiestas de la Navidad y de la Pascua conmemoramos las obras de Dios en nuestro favor, las maravillas de Dios para nuestra salvación. En la solemnidad de la Santísima Trinidad celebramos a Dios en sí mismo, nos alegramos de que Dios sea como es.

Solemnidad de Pentecostés

El Espíritu Santo es el don de Jesús Resucitado a sus discípulos. La comunicación del Espíritu Santo de Jesús a sus discípulos es el modo como él comparte con nosotros la vida resucitada. O dicho de modo negativo, si Jesús Resucitado no hubiera comunicado a los discípulos su Espíritu Santo, la salvación sería solo en beneficio de Jesús, solo él habría resucitado, pero nosotros habríamos quedado en nuestros pecados y cautivos de la muerte. En cambio, al comunicar a los discípulos el Espíritu Santo, Jesús nos comunica la vida divina, la victoria sobre el pecado y sobre la muerte. El don del Espíritu Santo es el inicio de nuestra propia resurrección. Por eso, cuando celebramos la Pascua, celebramos no solo la resurrección de Jesús, sino también la nuestra con él.

El evangelio según san Juan da testimonio de cómo Jesús anunció, de muchas maneras, que después de su resurrección los discípulos de entonces y de ahora recibiríamos el don del Espíritu Santo que realiza en nosotros la salvación de la muerte que él, Jesús, ganó para sí y para nosotros a través de su resurrección. Por eso la fiesta de Pentecostés es, no solo el término y final del tiempo pascual, sino también el culmen y meta de la Pascua.

Domingo 7° de Pascua

Solemnidad de la Ascensión del Señor

El evangelista san Lucas, tanto al final de su evangelio como al comienzo del libro de los Hechos de los Apóstoles, dice explícitamente que después de la resurrección, Jesús visiblemente subió al cielo para no dejarse ver ya más de los Doce. Se apareció después a san Pablo, pero de manera extraordinaria. Otros evangelistas, como san Mateo, no hablan de la ascensión de Jesús al cielo, pero la presuponen. Cuando el evangelista Mateo narra la última aparición de Jesús a sus discípulos, dice que Jesús se presentó ante ellos en Galilea, y les dijo que había recibido todo poder en el cielo y en la tierra, es decir, que ya había sido establecido en la gloria de Dios.

 
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