Horario Parroquial

Misas

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Confesiones

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“¿No oímos el clamor de la tierra y el clamor de los pobres? ¿Qué estamos haciendo con la Naturaleza?”, se pregunta el papa Francisco en la encíclica Laudato si’. Sobre el cuidado de la casa común. Francisco nos invita proteger como casa común el mundo en que habitamos, hace una llamada a fortalecer la conciencia de la común familia humana. No hay fronteras ni barreras políticas o sociales que nos permitan aislarnos; y, por eso mismo, tampoco hay espacio para la globalización de la indiferencia.

Francisco denuncia con sentido profético:

– “Los poderes económicos continúan justificando el actual sistema mundial donde priman una especulación y una búsqueda de la renta financiera que tienden a ignorar todo contexto y los efectos sobre la dignidad humana y el medio ambiente. Así se manifiesta que la degradación ambiental y la degradación humana y ética están íntimamente unidas” (56).

– Culpar al aumento de la población y no al consumismo extremo y selectivo de algunos es un modo de no enfrentar los problemas.Además, sabemos que se desperdicia aproximadamente un tercio de los alimentos que se producen, y «el alimento que se desecha es como si se robara de la mesa del pobre» (50).

– Estas situaciones provocan el gemido de la hermana tierra, que se une al gemido de los abandonados del mundo. Nunca hemos maltratado nuestra casa común como en los últimos dos siglos. Pero estamos llamados a ser los instrumentos del Padre Dios para que nuestro planeta sea lo que él soñó al crearlo y responda a su proyecto de paz, belleza y plenitud (53).

– Tenemos la tentación de pensar que lo que está ocurriendo no es cierto. Este comportamiento evasivo nos sirve para seguir con nuestros estilos de vida, de producción y de consumo. Así se las arregla el ser humano para alimentar todos los vicios autodestructivos: intentando no verlos, luchando para no reconocerlos, postergando las decisiones importantes, actuando como si nada ocurriera (59).

La encíclica de Francisco nos invita a una conversión ecológica: una conversión que llegue al corazón y nos lleve a tener “una mirada distinta, un pensamiento, una política, un programa educativo, un estilo de vida y una espiritualidad que conformen una resistencia ante el avance del paradigma tecnocrático” (111).

La ecología humana implica también algo muy hondo: la necesaria relación de la vida del ser humano con la ley moral escrita en su propia na­turaleza. Existe una «ecología del hombre», porque «también el hom­bre posee una naturaleza que él debe respetar y que no puede manipular a su antojo».  En esta línea, cabe reconocer que nuestro propio cuerpo nos sitúa en una relación directa con el ambiente y con los demás seres vivientes. La aceptación del propio cuerpo como don de Dios es necesaria para acoger y aceptar el mundo entero como re­galo del Padre y casa común, mientras una lógica de dominio sobre el propio cuerpo se transforma en una lógica a veces sutil de dominio sobre la creación” (155).

Al final del camino de la vida –concluye Francisco– “nos encontraremos cara a cara frente a la infinita belleza de Dios y podremos leer con feliz admiración el miste­rio del universo, que participará con nosotros de la plenitud sin fin. Jesús nos dice: «Yo hago nuevas todas las cosas» (Ap 21,5). La vida eterna será un asombro compartido, donde cada criatura, luminosamente transformada, ocupará su lugar y tendrá algo para aportar a los pobres definitivamente liberados” (243).

 
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