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Domingo 1º de Adviento

 

Hoy comenzamos el tiempo del adviento. Es un tiempo lleno de esperanza. Es un tiempo en el que Dios mismo despierta en nosotros el anhelo de un futuro que no es tanto obra nuestra como don suyo. Este tiempo del adviento es una llamada que Dios nos hace para levantar la cabeza y mirar con confianza el futuro, que tantas veces lo imaginamos difícil, impenetrable, amenazador.

Miramos a nuestro alrededor, hacemos el recuento de la situación en que nos encontramos y nos desanimamos. La violencia, la inseguridad, la pobreza, la falta de oportunidades, la corrupción, la insolidaridad nos agobian. Los problemas parecen mayores que los recursos y las energías con que contamos para hacerles frente. Pero el adviento es tiempo en que recordamos que Dios está con nosotros para alentarnos en los esfuerzos que realizamos. Dios está con nosotros para suscitar en nuestras mentes la imagen del futuro que Él quiere para nosotros sus hijos amados.

Vengan, subamos al monte del Señor, al templo del Dios de Jacob, nos invita hoy el profeta Isaías. Él nos enseñará sus caminos e iremos por sus sendas. Es como si nos dijera: “No se desalienten ante las adversidades del presente; agucen su mirada para ver cómo Dios quiere para ustedes otra cosa que lo que ustedes mismos han sido capaces de crear y de formar”. De las espadas forjarán arados; de las lanzas, podaderas. No alzará la espada nación contra nación, ni se prepararán más para la guerra. No piensen ya más el futuro según los mezquinos cálculos humanos, sino confíense al poder creador de Dios. El mismo salmo responsorial nos ha animado en este sentido: Vayamos con alegría al encuentro del Señor. La palabra “paz” resume y condensa nuestros deseos y esperanzas, y el salmo nos ha enseñado a desearnos la paz: Por el amor que tengo a mis hermanos, voy a decir: “La paz esté contigo”.

¿Es acaso esta esperanza una ilusión? ¿Podemos proponer esta visión de futuro sin ser acusados de ser ilusionistas que nos aprovechamos de la ingenuidad de los crédulos? ¿Podemos creer en un futuro que está más allá de las propias realizaciones humanas? ¿No es acaso el presente de hoy el futuro por el que trabajaron las generaciones pasadas? ¿No soñaron nuestros abuelos para sus nietos, que somos nosotros, algo mejor que el presente que ellos tenían? ¿Y no comprobamos nosotros que en muchas cosas estamos peor que aquel pasado que era el presente de ellos? ¿Qué significa toda esta esperanza en el futuro a que nos llama el adviento? ¿No será que mientras nosotros nos ilusionamos con la idea de que el futuro será mejor, nuestros nietos se sentirán agobiados también por un presente tan insatisfactorio como el nuestro?

Si permanecemos en el ámbito de las realidades históricas, si nuestro horizonte se cierra sobre el tiempo y la tierra de los hombres, nuestras proyecciones pueden ser meras ilusiones. Pero el adviento quiere abrirnos los ojos a otra dimensión de la existencia. Tras nuestro empeño por lograr un futuro mejor para nuestros hijos, en nuestro esfuerzo por lograr mayor justicia y bienestar, en nuestra búsqueda de mejores condiciones de vida para todos, se esconde una fe, una confianza, una esperanza. Sabemos que estamos llamados a una plenitud de vida, de gozo y de felicidad, y cada esfuerzo por lograr un futuro mejor aquí, cada empeño y sacrificio por crear la paz, está sostenido por ese deseo y ese empuje interior, que Dios mismo enciende en nuestros corazones, de algo que está más allá de lo que nosotros mismos podemos construir.

Si es Dios mismo el que suscita en nosotros la esperanza hacia el futuro, entonces tomemos conciencia del futuro de Dios. Si es Dios el que alumbra nuestro camino hacia mañana, caminemos con confianza iluminados por la Palabra de Dios. La noche está avanzada y se acerca el día. Desechemos, pues, las obras de las tinieblas y revistámonos con las armas de la luz. Comportémonos honestamente, como se hace en pleno día. Esta es la instrucción de san Pablo en la segunda lectura de hoy. Ya es hora que despierten del sueño, porque ahora nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer. Nuestra salvación está más cerca, porque hemos conocido mejor a Cristo y su Evangelio; la salvación está más cerca, porque nos hemos dejado transformar por su Palabra; la salvación está más cerca, porque hemos comenzado a experimentar su presencia salvadora en nuestras vidas.

El Señor Jesús nos enseñó a esperar su futura venida. La venida de Cristo es el inicio de ese futuro que sobrepasa nuestra imaginación, pero que ilumina nuestra senda. La venida de Cristo señala la realización del don de Dios en nosotros. Jesús nos enseñó a estar preparados siempre y en todo lugar para acogerlo cuando llegara. Velen, pues, y estén preparados, porque no saben qué día va a venir su Señor. También ustedes estén preparados, porque a la hora que menos lo piensen, vendrá el Hijo del hombre. No nos indicó la fecha de esa venida, porque quería que viviéramos cada momento de nuestra vida como si fuera el momento del encuentro con él. Vivir esperando la venida del Señor, es vivir con responsabilidad, es vivir nuestra vida con sentido religioso, como quien sabe que debe dar cuenta a Dios de todo lo que hace. Pero vivir esperando la venida del Señor, es vivir con la convicción de que caminamos hacia una meta que no es obra nuestra, sino don de Dios. Todos llevamos anhelos de cielo en el corazón.

Queremos ser felices, queremos la paz, queremos que haya amor en el corazón y acogida mutua en la fraternidad, queremos que todos vivan la vida en plenitud y que la vida venza definitivamente la muerte. Ese deseo es una llama que Dios mismo plantó en nuestro corazón. Y en este tiempo de adviento el Señor nos asegura que Él lo cumplirá. Ese deseo nos impulsa a comprometernos en tantas obras y tareas que buscan realizar la justicia, la paz, la solidaridad. Esto es bueno y necesario. Pero en adviento tomamos conciencia que esa realización plena que deseamos será en definitiva don de Dios.

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